Editorial
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Francia en el Sahel

Para que la intervención militar no sea en vano, es exigible un cuidado extremo en el uso de la fuerza y la máxima transparencia

El lugar del ataque francés en Malí en una imagen de vídeo tomada a finales de enero.
El lugar del ataque francés en Malí en una imagen de vídeo tomada a finales de enero.- (AFP)
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Un informe de la ONU concluye que Francia mató a 19 civiles durante una operación antiterrorista en Malí

Un informe de la ONU publicado esta semana concluye que el pasado 3 de enero las fuerzas armadas francesas mataron durante un bombardeo aéreo en el centro de Malí a 19 personas no armadas que asistían a una boda. La acusación es grave. Si se confirmase, revelaría un error fatal en la preparación de la operación y una posible violación del derecho internacional que alimentará los recelos ante la antigua potencia colonial. París refuta de plano la acusación: sostiene que los testimonios en los que se han basado los investigadores de Naciones Unidas no son fiables y asegura que el objetivo del bombardeo eran hombres armados.

Es urgente una investigación más detallada para aclarar este episodio que añade una nueva complicación a la misión francesa. Ocho años después de enviar tropas a petición del Gobierno de Malí para impedir el avance yihadista, Francia busca sin éxito una vía de salida ante el riesgo de empantanarse en una guerra en la que nadie sabe definir con exactitud qué representaría una victoria. El presidente Emmanuel Macron, después de aumentar hace un año hasta 5.100 el número de soldados franceses, se ha dado más tiempo antes de iniciar el repliegue. El plan contempla europeizar la presencia internacional y reforzar las responsabilidades de las fuerzas de los Estados de la región.

Ni Francia, que carga con el peso de la intervención militar, ni los socios europeos pueden permitirse una retirada precipitada que dejaría un rastro de Estados desprotegidos en los que los yihadistas aspiran a imponer su ley. Otras potencias, como China o Rusia, podrían ocupar el vacío. En el Sahel está en juego la capacidad europea para hacer valer sus intereses y defender sus valores. Es decir, actuar como potencia geopolítica. Para ello, es exigible un cuidado extremo en el uso de la fuerza y la máxima transparencia cuando se cometan errores. Sin la aceptación de la población de estos países y sin una perspectiva de estabilidad política y económica, cualquier esfuerzo bélico resultará vano.

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