Columna
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Pongámonos la camiseta, los tiempos cambiarán

A menudo nuestras simpatías definitivas con un artista arraigan por razones ajenas a su arte

Franco Battiato, en 2010.
Franco Battiato, en 2010.LEONARDO CENDAMO (GEtty)
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Cinco años después del bombazo de la Cosa Nostra contra el juez Giovanni Falcone, su mujer y ocho escoltas, todos despedazados por orden de Totò Riina, se organizó en 1997 un concierto de homenaje a las víctimas en Palermo. El agente de David Bowie rehusó la invitación por la misma razón por la que debería haberla aceptado: “¿Un concierto en Palermo contra la Mafia? Cosa de locos. Sería como hacer un concierto contra el IRA en Londonderry”. Las figuras musicales italianas se dieron de baja con excusas que oscilaban entre el miedo y la desidia: problemas de agenda, una aparición televisiva, falta de tiempo… En definitiva, fue Franco Battiato, siciliano de Catania. Yo recordaba vagamente esa historia mínima —di ayer con ella en la hemeroteca de EL PAÍS— porque me impactó en su momento, y con ella empecé a aprender que a menudo nuestras simpatías definitivas con un artista arraigan por razones ajenas a su arte; terminé de aprenderlo cuando supe que en ocasiones su arte no se entiende sin razones ajenas a él.

Cuando en 2020 Daniel Verdú escribió de Battiato que había abandonado la vida pública en un “viaje silencioso y tan misterioso como el universo del que se sirvió para construir su obra” preferí pensar en Giovanni Morifet antes que en la enfermedad. En 1520 el fraile Morifet, con voluntad y propósito más ortodoxo, cavó una pequeña cueva en la que pasar el resto de sus días sin volver a tener relación nunca con humanos. Esta historia la supo Battiato porque veraneó varias veces en Scicli, el pueblo siciliano en el que Giovanni Morifet fundó el convento de la Cruz y, después, su radical soledad, y el músico quedó impresionado, según la prensa local, por la historia de Morifet (bien es cierto que al estar veraneando con Willem Dafoe, cualquiera es propenso a que las cosas le impresionen).

Para entonces Battiato ya había entrado y salido de la política por las bravas, cuando como consejero de Cultura de Sicilia dijo que el Parlamento estaba lleno de “putas capaces de cualquier cosa”. Sólo las parlamentarias se dieron por aludidas para enfado de Battiato, que aclaró, en la mejor rectificación de todos los tiempos, que se refería a ellas y ellos. Le llamaron “sexista”, e Isabel Ibáñez, periodista de El Correo, escribió un titular primoroso: “Si Battiato es sexista, Italia se merece a Berlusconi”.

Nómadas fue el primer disco del que me enamoré y Prospettiva Nevski la canción de la que moriré enamorado. Tenía 10 años y no sabía que escuchar a Battiato era guay, así que con el tiempo he explotado esa casualidad hasta el extremo de escribir un libro. En realidad había empezado a poner el disco porque el de la portada se parecía a mi padre, un tipo de gafas y nariz grande. Fue la compañía más fiel que tuve durante los años que pasé ayudando en la recepción de un hotelito que mi familia tiene en el pueblo. Cuando a lo lejos suena alguna de sus canciones no solo puedo recordar los versos sino los nombres y apellidos de los huéspedes del hotel a los que en ese momento les estaba haciendo la ficha de entrada. De aquel tiempo guardo una admiración insobornable por Battiato, y cuando estuve preparado escribí una novela alrededor de la sombra de aquel padre y el disco de aquel artista, y a los protagonistas les llamé Tamburino, no por Dylan sino por el Bandiera Bianca de Battiato, y Elvis no por Presley sino por Elvis Karlsson de María Gripe porque cuando somos niños a veces sólo podemos elegir quién nos quiebra.

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Sobre la firma

Manuel Jabois

Es de Sanxenxo (Pontevedra) y aprendió el oficio de escribir en el periodismo local gracias a Diario de Pontevedra. Ha trabajado en El Mundo y Onda Cero. Colabora a diario en la Cadena Ser. Sus dos últimos libros son las novelas Malaherba (2019) y Miss Marte (2021). En EL PAÍS firma reportajes, crónicas, entrevistas y columnas.

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