Tribuna
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Políticos a la altura (escasa) de su tiempo

Algunos representantes conciben la política como un espectáculo y a los ciudadanos como meros espectadores. La frivolidad juega una parte importante en la desafección de los votantes

Raquel Marín

Para un político hay algo todavía peor que ser banal, y es ser banal en tiempos dramáticos. Probablemente porque entonces su banalidad pasa a ser culpable y deviene frivolidad sin más. No parece una hipótesis muy aventurada suponer que en los actuales momentos la rampante desafección de la ciudadanía de este país respecto a sus representantes públicos sea debida, a partes desiguales, tanto al empeño de estos en crispar y polarizar en vez de en resolver, como a su frivolidad, efecto de una banalidad que, lejos de resultar ocasional o anecdótica, tiene todo el aspecto de ser estructural, constituyente, de su manera de funcionar.

Al igual que nada hay más viejo en la historia que la obsesión por empezar de nuevo (a ser posible desde cero), nada se hace más cansino que la obstinación, por parte de quienes llevan a cabo un remake del pasado, en convencernos de que son rigurosamente inaugurales. A que ello no sea percibido con claridad contribuye de manera notable la turboaceleración en la que vivimos y que no concede ni un respiro de tiempo para preguntarse: ¿Dónde he visto esto ya antes?, ¿quién pronunció estas mismas palabras hace varias décadas? Me apresuro a advertirlo para evitar interpretaciones equivocadas: no hay en las preguntas anteriores sombra alguna de lamento encubierto, más o menos nostálgico. En el fondo, tanto da que se formulen o no: el escaso recorrido que van a tener tales remakes hace que no valga la pena entretenerse en desenmascararlos en su condición de tales.

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Baste con dejar constancia de que lo que se anunció como nuevo en política ha mutado, a inusitada velocidad, no ya en viejo, sino directamente en rancio. Hemos pasado del vino viejo en odres nuevos al vino picado en odres relucientes, al discurso antiguo en envoltorio 5.0., al contenido vetusto en formato posmoderno (incluyendo en este apartado alguna nueva versión del cine en blanco y negro como la consigna “fascismo o democracia”): disponen ustedes de mil fórmulas para expresar esta misma idea. Con el añadido de lo que ya anunciara el clásico: cuando la historia se repite, lo que era tragedia se torna farsa. Un principio que, aplicado a lo ocurrido en la esfera de la política en la pasada década, bien podría traducirse como: lo que era, en generaciones anteriores, iconoclasta y disruptivo, ahora es simplemente modernillo. Bravuconadas o exabruptos sin el menor recorrido político real o, peor aún, boutades de estilismo que como mucho proporcionan a los ciudadanos unos pocos minutos de conversación en una sobremesa distendida.

No era este el destino al que aquellos aspiraban. Por el contrario, declaraban fantasear las más altas metas. Pero tal vez no pudieran aspirar a alcanzar otra cosa, visto el escaso bagaje que traían consigo. Decía Borges que los libros se hacen para la memoria y los diarios, para el olvido. Podríamos añadir: y algunos digitales, ni les cuento. Quienes lo cifraban todo en la presencia permanente en el espacio público, en la visibilidad interminable, quienes pretendían convencer a los suyos de que hoy no se es de un partido sino de una radio o de un diario para justificar así su obsesión, rayana en lo patológico, por aparecer en todos ellos el máximo tiempo posible (hubo el que incluso, siendo vicepresidente del gobierno de la nación, no dejó de oficiar de entrevistador en el espacio público), olvidaron, o quizá simplemente ignoraban, lo más básico. La advertencia, lanzada por McLuhan hace más de medio siglo, de que el medio es el mensaje.

No era una advertencia genérica, o de interés exclusivo de semiólogos o académicos de facultades de ciencias de la comunicación, sino que se desprendía de ella una consecuencia de orden práctico particularmente relevante para lo que estamos comentando. Porque cuando la vida pública se convierte en un espectáculo banal, ser protagonista del mismo implica contaminarse de dicha banalidad. Sin que sea de recibo justificar tal aspiración a protagonismo en términos de principio de realidad (el argumento les sonará familiar: hay que estar en ciertos medios porque son “los que ve la gente”). No parece que resulte muy coherente que se acojan a semejante argumento precisamente aquellos a quienes tanto se les llenaba la boca anunciando su aspiración a transformar de manera radical esa misma realidad, medios de comunicación incluidos por cierto.

Con lo que nos encontraríamos ante la aparente paradoja de que, por recuperar los términos del clásico título de Umberto Eco, los más apocalípticos en el plano de lo político serían al mismo tiempo los más integrados en el espectáculo comunicativo de la banalidad en el que hoy vivimos inmersos (hasta el punto de constituir su plan B profesional). Solo que esta banalidad, que en épocas de relativa normalidad podría ser llevadera para la ciudadanía, en épocas de crisis genera una notable irritación en ella, que pasa a ver a los banales como unos frívolos insoportables que, habiendo gravísimos problemas pendientes de resolver, se convierten, con su ruido inane (por seguir con Eco), en un auténtico estorbo para la sociedad.

En efecto, quienes participan de esta concepción espectacular de la política acaban acomodando sus iniciativas a la lógica del espectáculo, y no a la de la resolución de problema alguno. Como se trata de que no decaiga la atención del espectador, entienden que tomar la delantera equivale a imprimir a cada poco giros imprevistos en el guión (cuanto más sorprendentes, mejor). Pase revista, quien considere esto como una injustificada atribución de intenciones, a las iniciativas y declaraciones de los últimos años de aquellos de los que venimos hablando, y analice hasta qué punto tuvieron alguna repercusión real o, por el contrario, fueron puro fuego fatuo destinado a mantener el foco de los medios de comunicación sobre ellos de manera permanente.

Tanto repetir, durante tanto tiempo, que la democracia no se puede reducir a que los ciudadanos acudan a votar cada cuatro años y ahora resulta que el remedio contra semejante vaciamiento democrático consiste no en que aquellos participen activamente de la cosa pública, sino en que, borrada la frontera entre precampaña y campaña electoral, la sociedad viva instalada en una campaña permanente. Pero repárese en que nada hay de contradictorio en este cambio de perspectiva. Porque, para quienes viven la política como si de una serie de televisión se tratara (y, a los efectos, tanto da que sea Juego de tronos como Baron Noir), el desenlace de unas elecciones equivale tan solo al final de una temporada, a la que, indefectiblemente, seguirá otra, tal vez en otro escenario, pero con la misma lógica del espectáculo permanente.

En todo caso, el momento culminante de dicho espectáculo es el que se produce poco antes de que la ciudadanía acuda a las urnas, cuando en prime time tiene lugar el debate entre candidatos en alguna cadena de televisión de alcance nacional. Es entonces cuando se hace patente no solo en general el concepto espectacularizante de democracia que manejan tales líderes, sino también el papel concreto que atribuyen tanto a los ciudadanos (el de meros espectadores) como a los propios políticos (el de protagonistas de la función). Una pregunta final deja abierta un planteamiento semejante: si quienes ven reducida su condición de ciudadanos a la de simples espectadores pueden ser considerados víctimas de una planificada y constante devaluación, ¿Cómo calificar a esos políticos empeñados, obstinadamente, en provocarla?

Manuel Cruz es filósofo y expresidente del Senado. Autor del libro Transeúnte de la política (Taurus).

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