tribuna
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Libertad, divino gancho electoral

A la izquierda le han arrebatado este concepto utilizando los bares después de una gestión de la pandemia titubeante y percibida como arbitrario autoritarismo

Isabel Díaz Ayuso, candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid por el PP, cierra su campaña electoral en el barrio de Salamanca con el lema 'Libertad'.
Isabel Díaz Ayuso, candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid por el PP, cierra su campaña electoral en el barrio de Salamanca con el lema 'Libertad'.Jesús Hellín (Europa Press)

Hace ya casi un mes tuvieron lugar las elecciones de la Comunidad de Madrid. Tiempo suficiente para reflexionar y distinguir evidencias y causas. El PSOE lleva años con problemas en Madrid, la campaña electoral ha sido desastrosa, y esto ha incrementado la tendencia, pero hay más, y casi todo relacionado con la pandemia. El Partido Popular de Ayuso ganó las elecciones en Madrid con un eslogan de impacto: “Libertad o Comunismo”. Hace 47 años, el PSOE obtuvo un magnífico resultado en las primeras elecciones democráticas con otro igualmente contundente: “Socialismo es libertad”. Entre ambas convocatorias electorales, además de los correspondientes cambios partidarios, hay una redefinición del ethos político, perceptible también en otros países. Herbert Kitschelt, analizaba a finales del pasado siglo la reconfiguración política de Europa explicando que la izquierda redistributiva había ganado la baza a la derecha por ser la primera liberal, y la segunda, autoritaria en términos morales. La caída del muro invalidó el aserto en el este de Europa, y ahora la pandemia ha acabado con esta asociación en el oeste.

La covid-19, por primera vez en la historia de las emergencias sanitarias, no ha tenido en Europa un efecto más perceptible entre los más pobres, sino en los propietarios y trabajadores de establecimientos abiertos al público, los que hacían negocio a través de la socialización. Los funcionarios y pensionistas han mantenido sus rentas, los asalariados han recibido protección (ERTE), pero los autónomos han visto como se evaporaban sus ingresos a la espera de subvenciones. Esta nueva desigualdad no ha parecido relevante a los estudiosos de la pobreza, pero ha sido lo más determinante en términos de comportamientos políticos.

Las políticas de salud pública, instrumentalizadas a través de normas tan súbitas y definitivas como los decretos-ley, cerraban los establecimientos, controlaban horarios, restringían la movilidad, impedían el acceso a segundas residencias, y han sido percibidas por los más afectados como puro y arbitrario autoritarismo. Mientras en toda España se adoptaban medidas restrictivas de la actividad, Ayuso se convertía en paladín de la hostelería en Madrid. Reticentes a las avalanchas, las autonomías destino tradicional del ocio madrileño cerraban sus territorios. Al ahogo económico se unía el ahogo existencial: nos cierran los negocios y nos impiden circular.

No es casual la elección de las bebidas como elemento simbólico. En Francia, durante los años 50 del pasado siglo, un primer ministro socialista, Mendes France, alarmado por el impacto del alcoholismo en la sociedad, anunció políticas fiscales restrictivas del alcohol haciendo un brindis público con un vaso de leche. Pierre Poujade, el líder de un pequeño grupo centrista, le respondió elevando el tono: estaba en juego la Francia eterna, la descubridora del champán. Frenó las reformas y obtuvo un fugaz éxito electoral. El pujadismo no se consolidó, porque su mentor no se entendió con De Gaulle, y pasará a la politología como un populismo pequeñoburgués, pero entre sus diputados figuraba Jean Marie Le Pen. Como ahora, la defensa de los comerciantes es un territorio disputado entre la derecha populista y la extrema derecha. Las polémicas sobre la venta de drogas legales e ilegales son eternas. El que esto firma, presidente de la Comisión de Drogas del Senado hace cuarenta años, defendía políticas de salud pública sobre drogas discutiendo con personas como Fernando Savater y Antonio Escohotado. No son pues casuales algunos alineamientos, basados en la defensa férrea de la libertad individual frente a las injerencias del Estado. Paradójicamente, pienso que quienes les apoyaban entonces habrán votado mayoritariamente a la izquierda, y quienes estaban de acuerdo conmigo lo habrán hecho al PP o a Vox.

Porque además, como ya conocemos hoy, la política contra la pandemia, acertada, ha sido titubeante y basada en informaciones insuficientes. La mejor gestión no habría podido salvar una dificultad insoslayable: las personas han fallecido debido a la enfermedad, por mucho que el entorno normativo haya sido inadecuado. El cierre de negocios, las restricciones de movilidad, los despidos consecuentes, sí pueden atribuirse a decisiones concretas. Tanto Ayuso como algunos magistrados pueden seguir afirmando que en el interior de los bares no se contagia más, y esto sigue discutiéndose. La parábola de la embarazada en situación crítica: si permitimos pasivamente que fallezca, sobrevive el feto; para que sobreviva la mujer hay que interrumpir activamente la gestación. Para la moral conservadora, dejar hacer es siempre la elección más lícita.

¿Se puede revertir la situación? Será complicado, la salud pública está en el ADN de la izquierda. Si hubiera existido una agencia independiente de evaluación sanitaria, el coste en vidas de la gestión madrileña sería un hecho definitivo; ahora es pura especulación. Las polémicas continuarán con la valoración de la gestión, sobre si es o no lícito no vacunarse en entornos con contagios o fallecimientos, sobre los exámenes a los estudiantes… Pero en todo caso, la izquierda no debería permitir que se le arrebate la libertad como emblema.

Octavio Granado fue Secretario de Estado de Seguridad Social (2004-2011).

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