Columna
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España borgiana

La tierra penetra en todas las discusiones relevantes, como muestra la fractura en la opinión pública sobre los indultos a los presos del ‘procés’

Rull, Sánchez, Romeva, Forn, Cuixart, Turull y Junqueras con una pancarta pidiendo su amnistía en la cárcel de Lledoners, en enero.
Rull, Sánchez, Romeva, Forn, Cuixart, Turull y Junqueras con una pancarta pidiendo su amnistía en la cárcel de Lledoners, en enero.Albert Garcia (EL PAÍS)
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En política, el protagonista invisible es, como en los cuentos de Borges, la tierra. Se cuela por las rendijas del argumento hasta apoderarse de la trama. Hoy tenemos que leer todo relato político con un mapa en la mano. No importa quiénes somos, sino dónde residimos. Cataluña y Madrid, entre otras comunidades, son realidades políticas crecientemente autónomas y enfrentadas. Pensábamos que la globalización nos haría ciudadanos del mundo y nos ha hecho pueblerinos de nuestra aldea.

Tanto el voto como las actitudes políticas se están territorializando. En Cataluña se hacían cruces con los resultados el 4-M: jamás había ganado en la capital del reino, y metrópolis cosmopolita, un voto tan duro contra el nacionalismo catalán. En Madrid se habían santiguado en febrero: ¿Cómo podía ser que, después de todo lo sucedido, el independentismo catalán volviera a arrasar en las urnas? A un lado del Ebro se consolida una política fundamentalmente españolista y de derechas y al otro lado una secesionista y de izquierdas. Políticamente, no hay río en la Europa democrática más caudaloso. Imposible tender puentes.

La tierra penetra en todas las discusiones relevantes, como muestra la fractura en la opinión pública sobre los indultos a los presos del procés. Como mínimo, siete de cada 10 españoles en contra, y subiendo. Como mínimo, siete de cada 10 catalanes a favor, y asimismo subiendo. Tienen razones los que se oponen. Es una anomalía jurídica, porque no hay informes jurídicos favorables, y políticamente es arriesgado: no está claro que el independentismo decida abandonar la confrontación con el Estado. El precio es nítido y los beneficios difusos. Pero la situación en Cataluña es también anómala. Es imposible vertebrar un Gobierno coherente (no la extraña coalición ERC-Junts) y un debate sobre los temas que importan a los ciudadanos cuando el 80% de la atención mediática se centra en lo que ocurre en la cárcel de Lledoners. ¿Vamos a someter a los catalanes a 10 años más de excepcionalidad?

Ante estas dudas razonables, un gobernante debería optar por la solución más magnánima y cristiana: perdonar. Pero el perdón es el concepto más desterrado cuando la política se vuelve terrosa. Los ciudadanos de este país estamos más alejados los unos de los otros que nunca. España se ha convertido en un jardín de senderos que se bifurcan y bifurcan. @VictorLapuente

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