Leyendo de pie
Columna
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Picozapato

Era difícil no simpatizar con la ironía que desplegaba la verba antipolítica del bolivarianismo conservador de Jorge Olavarría

Jorge Olavarría, en el Parlamento venezolano, en 1999.
Jorge Olavarría, en el Parlamento venezolano, en 1999.ANDRES LEIGHTON (AP)

En la guía de aves de la política en América Latina figuran modernamente tres variedades del pájaro de pico de zapato, llamado picozapato por los naturalistas confianzudos.

Ellas son, a saber, el vocero de la agencia de demoscopia, el asesor electoral y el sagaz comentarista político, a menudo un tertuliano de la tele, que propone, sin desmayo y como solución a todos los problemas del país, la convocatoria urgente de una asamblea constituyente.

No siempre estas variedades comparten el mismo hábitat ni la misma época. Ocasiones ha habido en que uno o dos de ellas se funden en una misma cruza.

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Por razones que no me atrevo siquiera a sospechar, la prensa nacional de cada país les confiere ante el público interesado el estatuto de observadores no beligerantes que promueven con ecuanimidad la circulación de ideas bienhechoras en tiempos de crisis.

Podría pensarse que esto último ocurre solo en países donde aún puedan escribir, hablar y gesticular libremente políticos, periodistas y académicos.

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Sin embargo, aun en condiciones tan adversas a la vida política en libertad como las que imperan, por ejemplo, en la sufrida Venezuela, los picozapatos oponen porfiada resistencia a la extinción.

El picozapato, como el zopilote, gallinazo, zamuro, chulo, jote y todos los demás nombres que recibe el género Coragyps en nuestra América, se ha implantado tenazmente en la región desde finales de los años ochenta del siglo pasado.

El símil ornitológico, con ser manido y bastante facilón, se justifica a mi modo de ver por la mimética afinidad que muestran el caminar del picozapato (Balaeniceps rex) y el modo con que estos periféricos actores políticos se desplazan por un vecindario en perenne incertidumbre. Hablo, desde luego, también de su habla y su gesticular en público.

Moviéndose por las ciénagas y aguas estancadas del África tropical, donde crece el papiro y abundan las verrugosas ranas de su dieta, el andar del picozapato luce sumamente cauto. Sin embargo, su sigilo al caminar contrasta con el estruendoso graznido satisfecho que emite tras deglutir una presa. Hay momentos en que recuerda un tiroteo. Verlo sobrecoge, aunque sea en YouTube.

Precaución extrema al dar un pronóstico – la reputación de la agencia encuestadora, nunca olvidarlo, está en juego—y sonar muy campanudo al cacarear lo que tanto a la oposición como al gobierno les conviene hacer—el politólogo, al cabo, aspira a dejar algún día de ser coach entrevistable y convertirse en ministro consejero. Ahí está el todo de su oficio, o casi todo.

Una expresión esperable de todo encuestador en vísperas de elecciones reñidas suena algo así como “estas cifras son solo la fotografía de un instante. Quince días son mucho tiempo en política; falta mucho para el día D y todavía pueden cambiar: lo que cuenta es la tendencia, su proyección en el tiempo”.

Las voces “narrativa”, “empoderar”, “articular”, “conectar” y “empatía” son la tónica, la dominante, la subdominante y la octava disminuida en la partitura del politólogo solista del panel de expertos.

No se crea, sin embargo, que interpretar mediciones sin espantar al cliente y asumir el coaching del candidato sin necesariamente correr su suerte es como vender cerveza en el parque de béisbol un domingo de agosto. El trabajo de esta gente es dificilísimo; mucho más, me parece, que el de los mismísimos candidatos.

El avistamiento más difícil de registrar es el del picozapato constitucionalista. Con frecuencia de trata de un político sin partido, sumamente culto y palabrero que, para singularizarse en el pelotón, adopta un discurso que no es ni neoliberal ni estatista. Su pico busca el hueso y la médula, afirma: lo suyo es cambiar radicalmente las reglas.

Puede estarse en ello toda una vida sin persuadir a nadie hasta que el día en que se cruza con un populista arrebatador necesitado de consignas.

En Venezuela tuvimos a Jorge Olavarría, un insumergible picozapato de la aristocracia criolla que lo había sido todo en cuarenta años de vida pública: diplomático, autor de éxito, columnista insoslayable, editor, productor de TV y candidato presidencial.

Era difícil no simpatizar con la ironía que desplegaba la verba antipolítica de su bolivarianismo conservador y con su erudita facundia de francotirador experto en derecho comparado.

Chávez, seductora urraca ladrona, lo captó para su comando de campaña y le birló el tema de convocar una asamblea constituyente. Por unos meses lo hizo sentirse gran consejero áulico de la Quinta República bolivariana.

Honra su memoria el haberse unido a la bancada opositora desde el primer día. No pasaban de cinco en un mar de 131 asambleístas que nos dieron la mostrenca constitución que el chavismo no ha dejado de violar durante 22 años.

Olavarría murió en 2005, opositor mas nunca arrepentido.

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