Editorial
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EE UU-Rusia: reducir riesgos

La cumbre de Biden y Putin facilita una mayor previsibilidad de la relación

Joe Biden y Vladímir Putin, este miércoles en Ginebra.
Joe Biden y Vladímir Putin, este miércoles en Ginebra.

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El encuentro entre los presidentes de Estados Unidos y Rusia, Joe Biden y Vladímir Putin, celebrado ayer en Ginebra, abre una nueva perspectiva en la relación entre las dos potencias tras una fase de tensión y deterioro. Sería ingenuo esperar una mejora sustancial y cambios estratégicos, pero la reunión representa un bienvenido punto de inflexión. En primer lugar, se pactó el retorno de los embajadores de EE UU y Rusia a sus respectivas legaciones, lo que representa un simbólico gesto de normalización diplomática; en segundo lugar, se constata la disposición a abrir nuevas negociaciones para mejorar el marco de control de las armas nucleares, un ámbito de enorme importancia; también puede reseñarse la apertura de canales de comunicación en ciberseguridad para interactuar en la lucha contra ciertos tipos de criminalidad. Ninguna de estas medidas altera el profundo desencuentro entre ambas potencias, pero el establecimiento de marcos de diálogo fomenta la previsibilidad y claridad de las relaciones, un elemento relevante. Es esta una inteligente manera de entender las relaciones internacionales que facilita la estabilidad y que había saltado por los aires en los últimos años entre las acciones sin escrúpulos de Putin y la heterodoxa presidencia de Trump en la Casa Blanca.

El intento de establecer un nuevo marco de diálogo no supuso por parte de Biden una actitud apaciguadora. El presidente estadounidense lanzó varias firmes advertencias, entre ellas, la importancia dada a la ciberseguridad. La lista de 16 tipos de infraestructuras estratégicas facilitada a su homólogo ruso y el aviso de que EE UU responderá en el caso de que sufran un ciberataque —así como si sucede en los procesos electorales— han dejado clara una nueva línea roja entre Washington y Moscú, que siempre ha negado estar detrás de estas acciones. El mensaje de Biden en esta materia ha sido inequívoco. Tampoco se anduvo el líder estadounidense con rodeos en cuanto a la situación de la oposición rusa y en especial la del líder encarcelado Alexéi Navalni, avisando de “devastadoras consecuencias para Rusia” caso de que este fallezca. Es correcto el planteamiento de Biden de defender los derechos humanos y los valores democráticos, pero su margen real de maniobra resulta muy escaso.

La Casa Blanca acierta en su intento de combinar una dureza y claridad inusuales respecto a la política seguida por Moscú con la apertura pragmática a un diálogo cara a cara. Hay que destacar que Biden se ha encontrado con Putin solo después de haberse reunido previamente con los aliados europeos en términos económicos y de defensa. En esto también las diferencias con su antecesor son enormes.

Rusia es una potencia con grandes recursos estratégicos —militares, energéticos, geográficos— pero en evidente dificultad por motivos económicos, demográficos y políticos. Putin ha optado desde hace tiempo por sostener el perfil de potencia a través de acciones sorprendentes y sin escrúpulos. Si bien China es el gran desafío para Occidente en este siglo, Moscú puede acarrear enormes retos y problemas. Una de las maneras de limitar riesgos es crear marcos de entendimiento y previsibilidad. Esto es lo que, acertadamente, ha intentado hacer Biden en Ginebra.

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