JAIR BOLSONARO
Columna
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¿‘Impeachment’ sí o no? El complejo laberinto del grito “fuera Bolsonaro ya”

El deseo mayoritario de la población para que el presidente deje el cargo no tiene el mismo eco en el Congreso ni en el Supremo

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, en el Palacio de Planalto en Brasilia, el pasado 13 de julio.
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, en el Palacio de Planalto en Brasilia, el pasado 13 de julio.Joédson Alves (EFE)

Según el último sondeo de Datafolha la mayoría de los brasileños, el 54%, por primera vez estaría a favor de abrir un proceso de impeachment al presidente Bolsonaro, lo que revela el índice de rechazo que ha crecido con las recientes manifestaciones de protestas contra él y su Gobierno. A primera vista, debería quedar claro a la clase política que la voluntad de la sociedad prefiere que el presidente sea depuesto de su poder antes de que pueda disputar su reelección. Es el grito de las manifestaciones populares con su “fuera Bolsonaro”.

Ese deseo mayoritario de la población no tiene, sin embargo, el mismo eco en el Congreso ni seguramente en el Supremo. En el Congreso y en el Senado no existe, por lo menos en este momento, la decisión de deponer al presidente. Y es que abrir un proceso de impeachment , que suele ser muy largo, supone contar con una alta probabilidad de éxito o de que el mismo presidente, para no someterse a un proceso tan extenso, decida renunciar.

La personalidad violenta del “capitán” hace que la posibilidad de una renuncia sea improbable. Su única obsesión es la reelección y por eso solo habla de las elecciones y amenaza con boicotearlas. Sin contar que el impeachment sería hoy mal visto por la cúpula de las Fuerzas Armadas ya que en el Gobierno existen más de 8.000 militares de reserva y en activo, lo que supone una fuerte involución del Ejército en dicho proceso. Los militares se sentirían de algún modo implicados y juzgados también, o como mínimo fracasados en su apoyo al candidato que los metió en la política sin necesidad de una nueva dictadura.

Dadas las primeras reacciones de amenazas en la nota enviada a la comisión de Senado, que investiga a Bolsonaro por su actuar frente a la pandemia, por el Ministro de Defensa y por tres comandantes del Ejército ya es posible imaginar cuál podría ser la reacción del Ejército a una apertura de proceso de destitución contra un presidente que consideran suyo. Pero hay más. La decisión de apertura de un impeachment supone un alto grado de seguridad de que existen en el Congreso y Senado los votos suficientes para una condena. De lo contrario si Bolsonaro acabara absuelto, y eso ocurre en vísperas de las elecciones, se convertiría en un candidato competitivo y con la aureola de víctima.

Se entiende así la perplejidad de Lula y de otros posibles candidatos que prefieren políticamente poder confrontarse con él en las urnas a las que llegaría hoy, según todos los sondeos, desgastado y con bajos índices de popularidad.

Es un dilema difícil de entender por la gran masa de votantes que desearía ver al presidente cuanto antes fuera del Planalto para que Brasil pueda librarse pronto de esa pesadilla de estar gobernados, y en medio de la pandemia, por el que ya es considerado dentro y fuera del país como el peor presidente de la historia de Brasil.

Los próximos meses y quizá semanas podrán ser cruciales. Buena parte de que Brasil de una forma u otra puede verse libre de una de sus mayores y más peligrosas crisis de su historia nacional dependerá de la fuerza de las próximas manifestaciones, sobre todo las de las fuerzas de derecha ya anunciadas para el 12 de septiembre.

Hoy en este laberinto del impeachment los militares se ven atrapados por Bolsonaro, al que ellos creyeron en un inicio que podrían domesticar y que sería el mejor candidato para desarticular a la izquierda. Hoy, sin embargo, todo indica que se encuentran en un callejón sin salida. Ellos se olvidaron de que no les sería fácil dominar a quien ellos mismos habían calificado de “mal militar” y que acabó siendo expulsado del Ejército por sus instintos violentos de terrorismo y rebeldía.

Pensar, como lo hacen algunos, que las Fuerzas Armadas decidieron apoyar a Bolsonaro pensando solo en las prebendas que podrían obtener con la entrada masiva en el Gobierno y en las instituciones del Estado, sería un análisis que descalificaría a todo el Ejército. ¿Qué pensar entonces? Imaginar, como hacen algunos, que al capitán retirado podrían acabar domándolo y controlándolo suena también a ingenuidad. Ha sido al revés. Bolsonaro ha demostrado su incapacidad de gobernar, sus extremismos, y ha recibido señalamientos de genocidio por su postura negacionista de la pandemia. Además ha sido acusado por presuntas prácticas de corrupción que empiezan a envolver a los militares del Ministerio de Sanidad.

Se explica así la reacción de las tres armas contra la comisión del Senado de la covid que había iniciado a investigar a militares posiblemente implicados en escándalos de corrupción en la compra de vacunas. La nota dura del Ejército con amenazas implícitas de golpe revela el nerviosismo de los militares. Se explica también así la reacción típica de Bolsonaro en consonancia con su estilo cuando ha afirmado que él se “caga” en la investigación y que no acudirá para ser interrogado.

Es posible que por lo menos una parte del Ejército esté hoy arrepentido no solo de haber apoyado al capitán a llegar a la presidencia sino de haber querido participar masivamente en su Gobierno. Sobre todo cuando ven a militares presuntamente involucrados en el delicado tema de la corrupción, jugándose su prestigio ante la nación. El Ejército no tiene como abandonar ahora al Gobierno ni desacreditar al capitán. Esto, agravado por el hecho que Bolsonaro aparece cada día más debilitado políticamente. Tanto que ya la mayoría de la población apoya un impeachment y según los sondeos podría perder la reelección en la primera vuelta. Lo que es aún más complicado para el Ejército es que quien tiene hoy mayores probabilidades de derrotar al presidente es Lula, “la bestia negra” para la ultraderecha hasta el punto que los militares en 2018 llegaron a chantajear al Supremo para que Lula fuera impedido y no pudiera participar en las elecciones, abriendo así el camino para Bolsonaro, el candidato “terriblemente hostil a la izquierda”.

La situación de las Fuerzas Armadas no es fácil. Les va a ser difícil por no decir imposible abandonarlo y más sabiendo que una derrota el año próximo supondría con gran probabilidad la vuelta de las fuerzas de izquierda y progresistas. Los militares saben muy bien que la institución por lo menos hasta la llegada de Bolsonaro al poder era, junto con la Iglesia, la más apreciada por la población, según indicaban las encuestas. ¿Lo seguirán siendo si se empeñan en continuar apoyando al antiguo capitán?

Difícil silogismo que podría acabar complicándose aún más en los meses que faltan para las elecciones. El presidente ya está anticipando cada día que podrá no haber elecciones y ha hablado de voto escrito, además amenaza con instigar revueltas violentas de la población. ¿Qué harían en ese caso las Fuerzas Armadas que han jurado siempre respetar la Constitución?

Ese es uno de los mayores enigmas de la intrincada política brasileña mientras crecen asustadoramente los números de desempleo, pobreza y hay hambre. Con Cuba hoy en llamas, un plato suculento con el que Bolsonaro, hoy más nervioso y descontrolado que nunca, empieza a alimentar a sus huestes violentas de su corral matutino.

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