Columna
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La crisis de Sánchez

El presidente, que se maneja en el tablero con un olfato excepcional, asume que no podrá pelear sin el aparato, de ahí el movimiento para controlar mejor ese aparato

Pedro Sánchez acompañado por Teresa Ribera, Nadia Calviño y  Yolanda Díaz, en el ámbito de la primera reunión del Consejo de Ministros del nuevo gabinete.
Pedro Sánchez acompañado por Teresa Ribera, Nadia Calviño y Yolanda Díaz, en el ámbito de la primera reunión del Consejo de Ministros del nuevo gabinete.MONCLOA/Borja Puig de la Bellaca / EFE/MONCLOA/Borja Puig de la Bel

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El periodismo, parafraseando a Chesterton, quizá consista en contar que Uribes ha dejado de ser ministro a gente que no sabía que Uribes había sido nombrado ministro. Las crisis de Gobierno son pasiones de periodistas, que apenas alcanzan más allá, salvo cuando asoma cierta tragedia shakespeariana. Rara vez. No hay conversaciones en las barras de las tabernas comentando los relevos, lamentando que las sesiones de control pierdan el primer turno quirúrgico de Carmen Calvo para que su rival se quede sin tiempo, preguntándose por qué reemplazar a Ábalos o especulando si se mueve a Iceta para que no enrede a Illa, y ni siquiera hay chauchau con los memes que circulan por las burbujas de Twitter y Whatsapp. Los problemas de la gente no están en el retablo de la escalinata de Moncloa sino en la cuenta del banco, por más que Sánchez les ofrezca la foto realmente epatante de sus nuevas ministras. Quizá aún piense que la gobernanza es una rama del marketing.

Sánchez ha hecho una crisis de Gobierno porque tenía un Gobierno en crisis. Los sondeos acentúan los claroscuros de su tendencia a la baja frente a una derecha efervescente, on fire. En definitiva, toda crisis de Gobierno es una crisis del Gobierno. Se vende bajo la virtud del cambio –”no son ceses, son cambios necesarios”– pero permutar rostros a menudo sirve de poco. Y en pocas horas se ha evidenciado algo de eso. En su primera rueda de prensa, la portavoz no ha estrenado aire fresco sino que ha exhibido todas las ataduras rehuyendo decir que Cuba es lo que es y pidiendo que se haga lo mismo con Cataluña. Cuba se suma, del chuletón al precio de la luz o la vivienda, al temario en el que Podemos marca agenda. Ahora viene el SMI y pinta mal. La pandemia, por demás, no ha terminado. La amabilidad de Darias no oculta que la retirada de las mascarillas para devolver las sonrisas al país fue precipitada en la semana de los indultos, y el TC ha tumbado la constitucionalidad del estado de alarma. No será fácil proyectar un relanzamiento del Gobierno con un restyling del Gobierno.

La pregunta es sencilla: ¿Este es un Gobierno más fuerte que el anterior? No parece. Lo que sí sale más fuerte, previsiblemente, es el partido. Entendiéndose PSOE, claro, como Partido Sanchista Obrero Español, fórmula acuñada en 2016 y consumada por fin con un personalismo sin precedentes en Ferraz. El comité federal sólo ha reaparecido cuando ya no quedaba zona crítica. Se adivina sin dificultad que Sánchez ha movido peones para contener las baronías menos dóciles. El presidente, que se maneja en el tablero con un olfato excepcional, asume que no podrá pelear sin el aparato, de ahí el movimiento para controlar mejor ese aparato. Sus planes de éxito pasan por Cataluña; y Cataluña pasa por la gestión de los fondos europeos... y el uso de los fondos va a generar agravios. Ya asoma el descontento de Lambán, Puig o Page con el plan fiscal o de retorno de empresas a Cataluña; y tendrán el eco de otras como Andalucía en año electoral. El nuevo relato del Gobierno de la Recuperación es potente; pero no si Sánchez confunde Recuperación con Su Recuperación.

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