Columna
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Disparar a matar en Cuba

Salvo que la situación se fuera de las manos, el Gobierno no implicará a las bayonetas en la represión callejera

Momento en que la policía arresta a un hombre durante las protestas en La Habana el 11 de julio.
Momento en que la policía arresta a un hombre durante las protestas en La Habana el 11 de julio.YAMIL LAGE (AFP)
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El “alarido” que ha conmocionado Cuba

Nada indica que vaya a ocurrir, pero si los militares recibieran órdenes de disparar contra compatriotas desarmados para restaurar el orden en Cuba, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), la institución con mayor influencia política y poder económico, perderían su cohesión porque habría efectivos de las tropas regulares que se negarían al empleo de fuego real. No están entrenados para someter a la población civil y reconocerían a parientes, amigos y vecinos con iguales privaciones y expectativas de cambio. Son decenas de miles de mandos, cientos de miles de soldados y reservistas, y una masa incalculable de gentes vinculadas a un conglomerado clave en cualquier transición al estar imbricado en la dirección del Partido Comunista de Cuba, el Parlamento, el Consejo de Ministros y otras terminales revolucionarias.

Salvo que la situación se fuera de las manos, el Gobierno no implicará a las bayonetas en la represión callejera. El comportamiento castrense ante un eventual levantamiento popular, el grado de consistencia de la lealtad política, son enigmas que el partido prefiere no descifrar sobre el terreno porque el marxismo-leninismo y la sierra Maestra son referencias eméritas en buena parte de los destacamentos del Ejército; su nacionalismo es pragmático, fue adiestrado contra un eventual ataque de Estados Unidos, guerreó en África y nunca se vio abocado a ejercer de ariete antidisturbios.

El derrumbe de la URSS alumbró agrupaciones militares progresistas en Polonia, Checoslovaquia, Rumania, Hungría y Bulgaria, que insuflaron aires de democracia en las filas. La imprevisibilidad es un elemento político en Cuba. La adhesión revolucionaria de la milicia puede decaer si el hartazgo vuelve a la carga en La Habana, incendia las protestas y atemoriza a las familias de la tropa en las 14 provincias. Cabe suponer que la bancarrota, el odio acumulado, las tensiones generacionales, los agravios comparativos entre el Ejército y el Ministerio del Interior, y entre generales con mando en plaza y generales-empresarios e hijos que manejan cuentas en divisas, estén minando la moral verde oliva y nutriendo larvados movimientos de insatisfacción. Movilizada por la envergadura del aldabonazo civil, la contrainteligencia redoblará el control sobre los cuartos de banderas y patios de armas.

El cuartelazo es más ilusorio que probable. El régimen permanece siempre en guardia desde 1960 y no afrontó tramas golpistas ni cuando el general Arnaldo Ochoa fue fusilado con cuestionables cargos de alta traición. Aunque el secretismo no permite certezas sobre la solidez de la identidad corporativa del soldado —conocí a un agregado militar español que nunca fue recibido por sus pares cubanos—, a buen seguro que la oficialidad joven se opondría al cañoneo de compatriotas, solo apaciguados cuando las FAR escolten un nuevo marco de libertades. A las élites posrevolucionarias les conviene que así sea, siquiera para retener una hegemonía que perderían si otro vendaval ciudadano arrasa el statu quo.

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