Columna
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Ante el desafío, cara plana

La receta democrática no se expande del mismo modo en todas las farmacias intelectuales de Occidente y ha resultado deprimente escuchar defensas de Keiko Fujimori

Un hombre camina frente a una imagen de Fidel Castro en La Habana (Cuba).
Un hombre camina frente a una imagen de Fidel Castro en La Habana (Cuba).Yander Zamora (EFE)
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Comienzan en Cuba los juicios sumarísimos contra los participantes en las protestas del 11 de julio

Por azar profesional, en la recepción privada de los premiados de un Festival de Cine de La Habana, tuve la ocasión de conocer a Fidel Castro. Tras el saludo, un comentario suyo sarcástico sobre el entonces presidente español Aznar, me obligó a responderle. Castro estaba a punto de cumplir 40 años de poder absoluto en la isla y me parecía pertinente afrentarle por ello en contraste con cualquier dirigente elegido democráticamente. Pude percibir de inmediato que a Fidel Castro le encantaba discutir. Era un fiero dialéctico y durante las dos horas siguientes no apartó sus ojos de los míos en un desafío más que una conversación. Uno de los hitos de la inesperada charla fue que Castro presumiera de carecer de cuerpo policial antidisturbios y afeara las cargas brutales en Seattle contra jóvenes antiglobalización que se habían producido semanas atrás en Estados Unidos. Como todo el mundo sabía en la isla, los antidisturbios no eran necesarios porque en cada ocasión que surgía algo cercano a un disturbio aparecían grupos afines al régimen sin identificar, fuertes como robles y armados para reducir a agitadores y recluirlos a la sombra hasta que se les pasara la confusión ideológica o les llegara la lotería del exilio.

Estas tristes percepciones han vuelto a aflorar por el modo en que el régimen cubano encaró la respuesta al descontento ciudadano más ruidoso desde la crisis del periodo especial casi treinta años atrás. Los juicios sumarísimos, las penas de cárcel y las agresiones han dañado la imagen de supuesta transición tranquila que aspira a mostrar el país al exterior. Desde España, como suele ser habitual, la discusión ha degenerado en comentarios estúpidos sobre si podemos llamar dictadura o no a la dictadura cubana. Es evidente que el bloqueo norteamericano y el muy diferente trato que la derecha mundial prescribe para las dictaduras asiáticas, africanas o del rico Oriente Próximo convierte el debate en febril, pero de ninguna utilidad para los ciudadanos cubanos. Como se ha visto en las recientes elecciones peruanas, la receta democrática no se expande del mismo modo en todas las farmacias intelectuales de Occidente y ha resultado deprimente escuchar defensas de Keiko Fujimori como si un país tuviera que conformarse con ser gobernado por la mafia.

Una mirada menos prejuiciosa hacia el mundo delata que los regímenes autoritarios se fortalecen en las últimas dos décadas. La impunidad con que las dictaduras que rodean Europa manejan el fenómeno migratorio como arma arrojadiza se suma al declive de todo atisbo de primaveras árabes o el incumplimiento flagrante por parte de China de las promesas de autonomía que acompañaron la devolución británica de Hong Kong. Nos encontramos ahí porque entre las sociedades desarrolladas ha surgido un desencanto profundo que debilita las democracias y estimula los partidos oportunistas que apuestan al caudillismo como respuesta a las carencias de un tiempo. La inenarrable cara plana de Pablo Casado cuando escuchaba a dos ponentes caducos a los que dio voz en su forillo abulense para insultar al presidente democrático de Holanda y a todos los españoles víctimas de la larga dictadura franquista ejemplifica nuestro problema fundamental. Carecemos de base democrática sólida para afrontar el desafío que tenemos por delante.

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