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¿Solo errores o crisis tallada a mano?

Hay quienes olvidan que Pedro Castillo no fue elegido por radical. Ante todo, era la alternativa electoral a quien está sindicada por la justicia como jefa de una organización criminal

El presidente de Perú, Pedro Castillo, en una ceremonia el 5 de agosto en Lima.
El presidente de Perú, Pedro Castillo, en una ceremonia el 5 de agosto en Lima.ALBERTO ORBEGOSO (AFP)

Varios elementos están contribuyendo a generar un peligroso clima de ingobernabilidad en el Perú. Primero fue el persistente ruido por un supuesto y jamás probado fraude en las elecciones presidenciales del 6 de junio. Ahora las tensiones pasaron a una segunda y superior fase desde que el profesor Pedro Castillo asumió la presidencia el 28 de julio. A la histeria extremista que pide la vacancia presidencial desde el tercer día del Gobierno, se suman, desde el otro lado, controvertidas decisiones adoptadas por el propio Gobierno en su recién iniciada gestión.

Antesala de esto: la proclamación de Castillo se dio con mucha tardanza por la grita de “fraude”, cuando ya era materialmente imposible tener el tiempo necesario para una transferencia minuciosa de la pesada maquinaria estatal. Pero aun en ese escenario difícil, la actuación del recién estrenado Gobierno genera interrogantes e inquietudes que no pueden ser soslayadas en al menos dos aspectos importantes.

Primero, el alegado peso de Vladimir Cerrón, jefe del partido por el que participó en las elecciones presidenciales Pedro Castillo (Perú Libre). Varios opinan que sería Cerrón quien en realidad gobierna y manda ahora. No hay duda de que Cerrón tiene peso; a fin de cuentas, es el jefe del partido de la bancada parlamentaria gubernamental. Pero aún es incierto que esté en posición de manejar el aparato de Estado y al presidente en todas sus decisiones fundamentales (como en la dupla Montesinos/Fujimori).

Por ejemplo, Cerrón cuestionaba pública y frontalmente la semana pasada al economista Pedro Francke, por ser supuesto Chicago boy, oponiéndose abiertamente a que fuera ministro de Economía. Francke es hoy ministro de Economía, por encima de cualquier pretensión cerronista. Lo decidió Castillo. Y se espera que también se ratifique al actual y solvente presidente del Banco Central, que de acuerdo a la Constitución es atribución del presidente designar.

Está por determinarse aún, por cierto, cuánto peso tendrá Vladimir Cerrón, personaje cuestionado desde casi todos los sectores, y sobre el cual el propio presidente, durante la campaña, prometió que “no lo veríamos ni siquiera de portero” en su Gobierno. No es portero ni funcionario, pero es obvio que sí tiene poder.

Segundo tema de preocupación, la dinámica y contenido de varios de los nuevos nombramientos para la función pública, empezando por algunos de los ministros (lo digo en masculino, pues solo hay dos mujeres entre los 19 ministros).

Por un lado, surge otra vez el “tema Cerrón”. Acaso por conducir un aparato partidario —del que Castillo carece—, Cerrón tiene una larga lista de nombres listos para ocupar puestos públicos. Y de hecho varios de los nombramientos, algunos muy cuestionados y cuestionables, salen de esa cantera. Pero su capacidad de copamiento no es omnímoda en temas cruciales y es hoy muy debatida pues la mayoría de casos cuestionados, con justa razón, han salido precisamente de allí.

Entre las designaciones controvertidas se encuentra la del jefe del Gabinete, Guido Bellido, quien arrastra reciente lamentables declaraciones de prensa con inaceptables concepciones misóginas, machistas, discriminatorias y denigrantes de la diversidad de orientaciones sexuales. Y —lo más cuestionado— registros de ambivalencia, por decir lo menos, frente al terrorismo de Sendero Luminoso, algo poco aceptable en el Perú.

No es ningún secreto que fue por su designación que no aceptaron integrar inicialmente el Gabinete dos no “cerronistas” en carteras cruciales: Economía y Justicia. Asumieron sus cargos dos días después. Pero sólo luego que el despacho de Bellido anunciara oficialmente conceptos diametralmente opuestos a los inaceptables que él mismo había expuesto antes. Fue explícito, ahora, en rechazar “toda forma de violencia y de terrorismo” y su compromiso de superar “el racismo, el clasismo, el machismo y la homofobia que están profundamente arraigados en la sociedad”. ¿Propósito de enmienda? Puede ser. Pero, en cualquier caso, certeza de que lo hizo obligado por Castillo.

En paralelo con este paso rectificatorio, sin embargo, hay en marcha un proceso aluvional de remociones de altos cargos de dirección en varios ministerios, que vienen siendo ocupados en muchos casos por personas con poca o ninguna experiencia en el manejo de la compleja maquinaria estatal. O, lo que es más grave, con trayectorias que, en algunos casos, más parecen prontuarios que currículum.

El Estado peruano es tremendamente complejo e ineficiente. Esta sustitución masiva y simultánea de altos funcionarios en varios ministerios por otros sin experiencia en muchos casos, puede ser letal para una ya paquidérmica maquinaria estatal. Sustitución por personas que, demás, en varios casos no han pasado por los más elementales filtros de probidad; antesala, pues, de inoperancia estatal y peligro de corrupción.

Son circunstancias muy delicadas, en las que podrían acabar convergiendo fuerzas extremas y opuestas entre sí en la demolición de la gobernabilidad.

Las del extremismo derechista, por un lado, que cree que debe escoger a los ministros, cuando no son Gobierno. Eso no tiene sentido ni fundamento constitucional o político. Soslayan que el Castillo a quien se quiere tumbar a los tres días de asumir la presidencia recibió votaciones del 80% de la población en varias zonas andinas muy pobres que no permanecerían impasibles ante una conspiración cuasi golpista.

Y, en el otro, un sectarismo radical que se expresa ahora en el afán de copamiento de puestos públicos con personas que, salvo excepciones, constituyen una amenaza a la ejecución de cualquier proyecto serio de respuestas a los retos que el presente plantea. Y que se empieza a manifestar con crudeza y confrontacionalmente ante designaciones gubernamentales que se nutren de otras canteras. Acaba de ocurrir con la designación este miércoles del nuevo representante de Perú ante la OEA, H. Forsyth, en acto que es indiscutible atribución presidencial. Mala señal que a los pocos minutos del anuncio, Perú Libre expresó oficialmente: “no nos representa”.

Hay quienes olvidan que Pedro Castillo no fue elegido por radical. Ante todo, era la alternativa electoral a quien está sindicada por la justicia como jefa de una organización criminal. Además era una carta y opción de un esperado e indispensable cambio hacia una sociedad más proactiva en generar salud, educación y bienestar.

Por el pragmatismo del que ha hecho uso en varias circunstancias, no se debería descartar que más temprano que tarde ese mismo pragmatismo podría conducir a Castillo a abrir su abanico de aliados para gobernar, ser viable y afianzarse. Y poder así, avanzar y capear, con su propio perfil y anunciada propuesta concertadora, las arremetidas de los intensos vientos de fronda que soplan.


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