tribuna
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La responsabilidad de Occidente en Afganistán

Cualquier impresión de que los talibanes son hoy diferentes es un puro espejismo: debemos abrir un pasillo humanitario, conceder visados a todos los refugiados y no reconocer al Gobierno islamista

Nicolás Aznárez

En su discurso sobre la caída de Kabul, el presidente Biden dijo unas palabras sorprendentes: “Nuestra misión en Afganistán nunca tuvo como objetivo la construcción nacional. Nunca tuvo como objetivo crear una democracia unida y centralizada”. ¿Pero cómo es posible invadir un país y enviar cientos de miles de bombas y drones contra presuntos terroristas sin sentir ninguna responsabilidad por lo que le suceda a la gente corriente? La caída de la capital no solo es una tragedia devastadora para los afganos, sino que el mundo entero la ha visto como una victoria del extremismo islámico, precisamente lo que Biden dijo que Estados Unidos quería destruir. Ahora, los talibanes podrán ofrecer cobijo tanto a Al Qaeda como al Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés).

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Biden dijo también: “Llevamos a cabo misiones antiterroristas eficaces contra grupos en numerosos países en los que tenemos una presencia militar permanente”. La “eficacia” se mide en el número de muertos, independientemente de que haya, o no, pruebas incontestables de que eran verdaderamente terroristas y estaban infringiendo el derecho internacional. Pero no se tiene en cuenta si esas operaciones ayudan a disminuir la amenaza terrorista contra Europa, Estados Unidos y, sobre todo, contra la gente que vive en esos países. La gran lección de Afganistán es que, si no se consigue que sea un lugar seguro para vivir, por muchos ataques que se lleven a cabo contra jefes y grupos terroristas, siempre se reagruparán y volverán a aparecer, se diría que con más fuerza que nunca.

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Desde el primer momento, el Gobierno de EE UU dio prioridad a las operaciones antiterroristas, es decir, a fijar como objetivos militares a los talibanes, los miembros de Al Qaeda y, en años recientes, el ISIS. Los intentos de la ONU y la OTAN de estabilizar Afganistán y mejorar la seguridad de sus habitantes resultaban una y otra vez infructuosos. El motivo era que los aliados de Estados Unidos en la lucha antiterrorista eran los llamados señores de la guerra, muchos de los jefes —o sus hijos— a los que la CIA había reclutado en los años ochenta para luchar contra la invasión de la URSS. La presencia continua de esos caudillos criminales y depredadores es el factor que explica la corrupción estructural y la falta de legitimidad del Gobierno afgano. Algunos de los que se aliaron con los norteamericanos en la lucha antiterrorista tenían la ciudadanía estadounidense, pero seguían actuando con impunidad. Los grupos de la sociedad civil no cejaron en sus sonoras demandas de que se hiciera justicia y se pusiera fin a la corrupción. Pero no se les prestó atención.

El secretario de Estado, Anthony Blinken, tiene la osadía de culpar a las fuerzas de seguridad afganas por no defender su país a pesar de todo el dinero que les ha dado Estados Unidos. Pero la responsabilidad de formar y equipar a las fuerzas de seguridad era de Occidente. ¿Cómo es posible que Blinken no sepa que ese proceso ha sido lamentablemente insuficiente y que gran parte de los 83.000 millones de dólares destinados a las fuerzas de seguridad han ido a parar a los bolsillos de los viejos aliados de EE UU? ¿No se da cuenta de que la clave para que haya seguridad es la legitimidad y no el número de soldados sobre el terreno? La gente confía en sus instituciones si tiene la sensación de que van a garantizar su seguridad. ¿Cómo iban a sentirse los afganos a salvo cuando sufrían incursiones nocturnas y ataques con drones de Occidente, continuos actos depredadores y criminales de los miembros de su propio Gobierno y ataques de los talibanes? ¿Cómo se podía esperar que los soldados se mantuvieran leales a los señores de la guerra y a unos funcionarios corruptos?

En realidad, Estados Unidos y la OTAN tienen hoy más tropas en Afganistán que hace seis meses. Y, a pesar de ello, no parece que sean capaces de garantizar la seguridad del aeropuerto. No había planes de evacuación. Hay funcionarios internacionales que están huyendo sin preocuparse ni un ápice por sus colegas afganos. El personal de la Embajada sueca se fue de inmediato y dejó abandonados a todos los empleados locales. Los funcionarios de la Embajada alemana consiguieron llevarse solo a siete afganos. Los organismos de la ONU están discutiendo sobre la mejor forma de escapar. Esta no es solo una tragedia afgana. Es una horrible parábola sobre la escasa disposición a ayudar a los demás, que nos hace llegar a unas conclusiones aterradoras sobre qué va a suceder a la hora de abordar las interminables crisis que se producen en el mundo.

¿Qué puede o debe pasar a partir de ahora? Cualquier impresión de que los talibanes son hoy “diferentes”, a pesar de los asesinatos de intelectuales y el horrible trato que reciben las mujeres, es un puro espejismo. No se debe reconocer al Gobierno talibán. Si se aplican sanciones, habrá que tener mucho cuidado de que no causen todavía más sufrimientos a los ciudadanos corrientes. Lo que es más probable que ocurra es que habrá más violencia, a medida que surjan facciones decididas a disputarse unos recursos cada vez menores y el control de las actividades delictivas. Las tropas internacionales que permanecen en el país necesitan refuerzos para poder garantizar la seguridad del aeropuerto, crear zonas protegidas supervisadas por la ONU para dar refugio a civiles, establecer rutas seguras de salida del país y ayudar a la resistencia tayika a consolidar una base segura en el valle del Panshir (en el noreste), la única parte de Afganistán de la que no se han adueñado los talibanes. Al mismo tiempo, hay que conceder visados a todos los refugiados afganos, lo mismo que está haciendo el Reino Unido con los residentes de Hong Kong que huyen del autoritarismo.

Al principio, yo me opuse a la invasión de Afganistán porque el terrorismo es un crimen odioso pero no una guerra. Pensaba que, para combatirlo, era necesario utilizar técnicas policiales y a los servicios de inteligencia en lugar de métodos militares. Después me pronuncié en favor de un cambio de estrategia que supusiera pasar de la lucha antiterrorista a garantizar la seguridad de las personas y, por tanto, no retirar las tropas para poder proteger los derechos humanos de todos los afganos. Mi opinión era que, después de invadir el país, Occidente tenía una responsabilidad respecto a los ciudadanos afganos. Y todavía lo pienso. Creo que ahora ha llegado el momento de tomarse muy en serio la seguridad de las personas, no solo por el bien de los afganos, que son la máxima prioridad, sino como forma de lidiar con crisis de alcance mundial entre las que está el terrorismo.

Mary Kaldor es profesora de Global Governance en la London School of Economics.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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