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Golpismo sigiloso en Túnez

Said cuenta con los déspotas árabes, que se han sacado de encima un raro y molesto espejo democrático en el que se reflejaba su impostura

Kais Said en 2019, tras conocer los resultados electorales.
Kais Said en 2019, tras conocer los resultados electorales.Zoubeir Souissi
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Es un golpe de Estado. Un autogolpe, para ser más precisos. Perpetrado desde la cúpula del poder, por parte de quien representa a la nación, el presidente. Disfrazado primero de remodelación del Gobierno. Más tarde de suspensión temporal del Parlamento. Hasta la concentración en sus manos de todos los poderes, de forma indefinida y quizás definitiva.

Quien lo ha perpetrado sabía lo que hacía. Contaba con un plan secreto para activar el artículo 80 de la Constitución para el caso de una “emergencia nacional” y un “peligro inminente”, representados por la desastrosa gestión de la pandemia, el penoso estado de las finanzas públicas y la corrupción. ¿Cuántos golpes de Estado podrían justificarse con estos argumentos en todo el mundo?

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El momento álgido fue la convocatoria del primer ministro, Hichem Mechichi, al palacio presidencial. Según la versión del digital radicado en Londres Middle East Eye, nadie le ha visto desde el 26 de julio, cuando fue convencido para que dimitiera por un grupo de personas a las órdenes de Egipto, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, que quizás utilizaron los métodos de persuasión habituales en las monarquías y las dictaduras árabes.

Su desaparición de la vida pública tiene que ver, según esta versión, con las huellas que pudieron quedar en su rostro de los argumentos persuasivos empleados por sus interlocutores. Fue un momento histórico, puesto que la República de Túnez regresó de golpe —puede que a golpes— al redil autoritario de donde salió con la revolución de los jazmines en diciembre de 2010.

El de Kais Said ha sido un autogolpe sigiloso y a cámara lenta, aprovechando la distracción del verano y de la crisis afgana. Gracias a los vacíos legales de la Constitución y a la vulneración de algunos artículos bien llenos, como los que le obligaban a mantener abierto en sesión permanente al Parlamento y a consultar al primer ministro y al presidente del legislativo antes de tomar las medidas excepcionales.

Said cuenta con las Fuerzas Armadas y la Policía. También con la población harta de corrupción y de miseria. Y, sobre todo, cuenta con sus iguales, los dictadores y monarcas que se han quitado de encima ese espejo democrático, excepcional y molesto, en el que se reflejaba la impostura y la indecencia de su poder despótico. Era hace un mes un dictador en ciernes. Con la suspensión sine die del Parlamento, es ya un dictador hecho y derecho, como todos los otros.

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Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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