Columna
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Interseccionalidad para afganas

Lo único bueno de todo esto es que se desenmascara al fin el feminismo de camiseta, el de “todos deberíamos ser feministas” pero no me preguntes cómo

La vicepresidenta estadounidense, Kamala Harris, durante su primera visita oficial a Asia, en Hanói (Vietnam), el pasado 26 de agosto.
La vicepresidenta estadounidense, Kamala Harris, durante su primera visita oficial a Asia, en Hanói (Vietnam), el pasado 26 de agosto.EVELYN HOCKSTEIN (AFP)

Me pregunto de qué les sirve a las afganas que Kamala Harris sea una de las mujeres más poderosas del mundo, dónde queda el hito alcanzado por la norteamericana si su ejercicio del poder es idéntico al que llevan a cabo hombres blancos ricos. Admitió Biden la hipocresía discursiva difundida durante las últimas dos décadas y se quedó tan ancho: nuestro objetivo, dijo, nunca fue establecer la democracia en Afganistán, nuestro objetivo era acabar con el terrorismo. Es decir: la intervención militar no tenía otro propósito que el de proteger a los únicos seres humanos dignos de ser considerados como tales, aquellos a quienes les tocó la lotería de nacer en la nación correcta. El resto de habitantes del planeta no merecen ni la libertad ni la igualdad ni la justicia propias del mundo libre. Se acabó el eje del mal y la supuesta exportación de derechos fundamentales. ¿Qué más da que a partir de ahora las afganas sean borradas del mapa, condenadas a renunciar a todo atisbo de dignidad, que sean enterradas en vida por haber nacido con el sexo equivocado?

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Así es como la gran conquista del poder por parte de la primera mujer negra, de origen asiático se convierte en un frívolo eslogan que nada tiene que ver con la transformación profunda del mundo que proponen tanto el feminismo como el antirracismo. Kamala Harris suscribió al cabo de poco las palabras de Biden afirmando que la retirada de sus tropas era lo correcto. Una retirada precipitada que abandona a su suerte a todos los que, de un modo u otro, formaron parte del intento de democratización del país y otros muchos, sobre todo muchas, que pagaran con la vida las decisiones de la geopolítica internacional tomadas asépticamente en confortables despachos. ¿En qué notamos aquí el sexo y el origen de la vicepresidenta? La interseccionalidad tantas veces reclamada al feminismo se desvanece cuando las mujeres no blancas no son estadounidenses u occidentales. Y para justificar este vergonzoso cinismo han vuelto a emerger y a difundirse con virulencia propagandística las manidas mentiras sobre la situación que viven las víctimas de las teocracias: que está en su cultura y su ADN la esclavitud y la falta de libertad.

Lo único bueno de todo esto es que se desenmascara al fin el feminismo de camiseta, el de “todos deberíamos ser feministas” pero no me preguntes cómo.

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