Columna
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Afganistán y los monstruos del idealismo

El mensaje de posguerra fue la necesidad de encontrar espacios institucionales para resolver conflictos mediante el multilateralismo: un mundo regido por normas. Y haríamos bien en encontrar en esa noción de responsabilidad más allá de nuestras fronteras el nuevo marco para reformular ese universalismo

DEL HAMBRE

El mal puede venir de alguien sin principios ni escrúpulos, pero la retórica mágica del idealismo también produce monstruos. A veces, “la inocencia es como un leproso mudo que ha perdido su campanilla y que se pasea por el mundo sin querer hacer daño”, como expresa en El americano tranquilo su protagonista, Thomas Fowler. La novela de Graham Greene describe el origen del desastre norteamericano en Vietnam, y esa inocencia es encarnada por Alden Pyle, el americano impasible que defiende un refinado proyecto de libertad para la colonia francesa, aunque sea a cañonazos. Los ideales son una excelente coartada para ejercer el terror con la conciencia tranquila, de ahí el sarcasmo de Fowler: “Éramos liberales y no queríamos tener mala conciencia”. Quizás por eso muchos conservadores se reconfortaron escuchando a Laura Bush el Día Internacional de la Mujer, vinculando en la ONU la guerra contra el terror con la liberación de las mujeres. Es curioso que su papel parezca más loable que el respaldo de Kamala Harris a la salida de Afganistán.

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El miedo al idealismo neocón llevó a un escandalizado Fukuyama a afirmar en After the Neocons que “la democracia no surge por la simple desaparición de una tiranía”. Sabía que el 11-S fue la oportunidad de los ultraconservadores para poner en práctica “sus ideales” mediante ese unilateralismo sin complejos que tanto impresionó a Aznar en el famoso rancho de Bush. La guerra en Afganistán se justificó eficazmente ante la ONU como una respuesta a esa agresión, en parte porque la Administración de Bush y los medios se centraron en la opresión a las mujeres. Hoy el cínico parece ser Biden, y es llamativo que su decisión se vea más como la continuación del aislacionismo trumpista que entender cómo Trump era la expresión grotesca del cambio de época que se avecinaba.

Hablamos de la decadencia de Occidente, pero todo comenzó con la sobreactuación de EE UU tras el 11-S y su errática política exterior en Oriente Medio, que le desvió de su competidor existencial: China. Afganistán ha sido una chapuza, pero ese idealismo neocón que no exportó derechos y debilitó los de los estadounidenses con instrumentos como la Patriot Act no puede llevarnos a reivindicar con nostalgia un pretendido universalismo capitaneado por quien no puede ser a la vez sheriff, faro y guía del mundo. Hay más provincianismo en la formulación de esa universalidad que en el rancho de Bush, y recordemos que no fue esa la lección extraída en 1945. El mensaje de posguerra fue la necesidad de encontrar espacios institucionales para resolver conflictos mediante el multilateralismo: un mundo regido por normas. Y haríamos bien en encontrar en esa noción de responsabilidad más allá de nuestras fronteras el nuevo marco para reformular ese universalismo, lejos de idealismos y relativismos. En lugar de flagelarnos tan cristianamente con la decadencia de Occidente, quizá debería ser esa la lección de Afganistán.


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