tribuna
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La autoridad de la Comisión de la Verdad

La polémica entrevista que el expresidente colombiano Álvaro Uribe mantuvo con la institución que tiene que elaborar un relato de la guerra demostró que es la segunda la que posee la autoridad moral

El expresidente Álvaro Uribe da su versión del conflicto armado en Colombia al presidente de la Comisión de la Verdad, Francisco de Roux.
El expresidente Álvaro Uribe da su versión del conflicto armado en Colombia al presidente de la Comisión de la Verdad, Francisco de Roux.Centro Democrático (EFE)

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Han pasado un par de semanas desde los hechos, pero los colombianos seguimos tratando de ponernos de acuerdo sobre lo que realmente ocurrió ese día. La Comisión de la Verdad es, como sabrán los lectores, la institución que nació de los Acuerdos de Paz para establecer hasta donde sea posible un relato de la guerra: un relato ético y político que nos ayude en la tarea dificilísima de la reconciliación, o por lo menos en la del entendimiento. Pues bien, la Comisión lleva ya varios meses invitando a los presidentes vivos de este país a que den su versión, pero se había topado de frente con el ninguneo de Álvaro Uribe, cuyo mandato fue un punto de quiebre en el medio siglo que estamos tratando de interpretar.

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Cuando accedió por fin, Uribe lo hizo imponiendo sus términos: no visitando a los comisionados en alguna de las veintiocho Casas de la Verdad que se han abierto en todo el país, como han hecho los demás, sino obligándolos a presentarse ante él en una de sus haciendas. Y allí, en un escenario napoleónicamente diseñado —Uribe sentado en una silla más alta que las otras, detrás de una mesa amplísima que sólo él podía usar—, se dio una conversación de cuatro horas que dejó insatisfechos a muchos.

A Francisco de Roux, el sacerdote jesuita que encabeza la Comisión, le llovieron las críticas. No sólo las de siempre: las que vienen de la derecha más atrabiliaria, que usa las redes para el insulto y la amenaza y llegó incluso a manipular un vídeo para acusarlo de simpatías guerrilleras; sino también las de una parte de la izquierda, que vio en la conversación una concesión innecesaria al hombre que lo ha hecho todo para sabotear los acuerdos de paz, pero además para enfrentar a los colombianos y envenenar su convivencia. Opinan éstos que el acto fue un megáfono invaluable para un político que se ha distinguido por su facilidad para la calumnia y el engaño, y los comisionados no supieron contradecir sus afirmaciones más cuestionables ni responder a sus provocaciones más groseras. En otras palabras, dicen, la Comisión sufrió una humillación que habría podido evitarse. Yo tengo para mí que lo ocurrido fue muy distinto.

El valor posible de las instituciones como la Comisión de la Verdad, en Colombia y en Sudáfrica y en Centroamérica, no está sólo en la disposición para hablar con todos, sino en la terquedad para conseguir que todos hablen. En otras palabras, los testimonios importantes hay que ir a buscarlos donde estén, así sea en territorios meditadamente hostiles como el de este encuentro. Lo que hicieron los tres comisionados fue poner su misión por encima de otras consideraciones; se negaron, en fin, a hacer politiquería con algo tan importante como la visión del conflicto que tiene el principal opositor de los Acuerdos.

¿Y cuál es esa misión? Entre otras cosas, hacer ciertas preguntas imprescindibles y urgentes, pero que no cabrían en otros espacios. Durante la entrevista hay dos frases que el padre De Roux repite con frecuencia. “Uno tiene muchas preguntas”, dice varias veces, llevándose las manos a la cabeza. Y también: “Estas cosas hay que explicárselas al país”.

Eso intentó. Después de reconocer que fueron las políticas de Uribe las que obligaron a las FARC a negociar, el padre De Roux le hace al expresidente una pregunta tan elemental que muchos colombianos ya la han relegado al olvido: ¿por qué, en lugar de avanzar sobre lo conseguido, las cosas se enredaron? ¿Por qué se decidió convertir los Acuerdos de paz en una razón de conflicto?

De Roux elogia la seriedad y el rigor con que se negociaron los Acuerdos; recuerda que hasta el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que no se pone de acuerdo en nada, se ha puesto de acuerdo en elogiarlos; y luego le pregunta a Uribe: “¿Por qué, ante una cosa tan profunda, no dar un paso de generosidad que hubiera unido a los colombianos?”

De manera que es verdad: hay que explicarle muchas cosas al país. Y es verdad también que uno tiene muchas preguntas. Lo que los ciudadanos no suelen tener —y mucho menos la mayoría de las víctimas de esta larga guerra— es quien las haga en su nombre. La autoridad de la Comisión de la Verdad viene de los Acuerdos de paz, que Uribe no reconoce; pero viene, sobre todo, de un lugar más impreciso y abstracto, consecuencia de haberse puesto inequívocamente del lado de las víctimas: de todas, no sólo de algunas políticamente escogidas. Es una autoridad que sólo puedo llamar moral. Es la que tienen el padre De Roux y los comisionados que visitaron a Uribe, y es la misma que Uribe perdió durante la entrevista. Si es que no se le había perdido antes.

Juan Gabriel Vásquez es escritor. Su última novela es Volver la vista atrás (Alfaguara)

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