Columna
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Aeropuerto de El Prat: o improperios o ecología

Si La Ricarda se troca en banco de pruebas y el aeródromo en rehén de un ecologismo sin cintura, negador de riqueza y empleo, paralícese toda obra aeroportuaria

Un avión despega mientras otro aterriza simultáneamente en el aeropuerto de El Prat.
Un avión despega mientras otro aterriza simultáneamente en el aeropuerto de El Prat.Albert Garcia (EL PAÍS)
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Con improperios no se construye nada nuevo (un aeropuerto barcelonés más internacional). Ni se mejora nada viejo (el vecino paraje ecológico de La Ricarda, a su vera noreste). Ni se labran consensos: se corroen.

Pere Aragonès identifica la propuesta de ampliación de Aena con un “chantaje”. Ada Colau la tilda de “gran mentira”, que “suena al pelotazo”, dice que “la sostenibilidad les trae sin cuidado”. Yolanda Díaz espeta que la empresa de mando público difunde un “modelo depredador”. Encrespan la discusión racional.

Un buen debate debe recordar que el paisaje se modifica. Incluso uno de tanto interés para la biodiversidad (3.000 especies). Empeora... o mejora. No todo es malo e irreversible. La Ricarda fue hasta hace tres siglos desembocadura del Rubricatus (rojo, por los lodos arcillosos) romano. Luego quedó segregada del Llobregat, marisma inhóspita, palúdica y pestífera, que le valió al Prat (prado) el sobrenombre de poble de les febres.

En 1909 compró la finca el gran industrial textil Eusebi Bertrand Serra. Construyó ahí una granja lechera (200 vacas) con afán higienista, apoyado en un tren propio que esparció arena sobre la marisma, eliminando bichos malos. Y buenos. Produjo forraje, sirvió de coto de caza. Al cambio de siglo, desviado el Llobregat hacia el sur, el río se le acercó otra vez. Quedó como pieza de una gran reserva ecológica europea (red Natura 2.000), una estación clave de paso estacional de aves africanas.

Así pues, la finca que debía ser afectada al alargarse la pista pequeña del aeropuerto tiene mucho interés. Pero eso no implica que algunos de sus activos, tantas especies de flora y de fauna, no puedan trasladarse a zonas cercanas, como proponía la gestora aeroportuaria, multiplicando por 10 el espacio protegido. El ecólogo Joan Pino, profeta del lugar, reconoce que “construir otra Ricarda en otra zona del Llobregat es caro y poco eficiente”. O sea, es posible: con dinero y sabiduría que combine prosperidad económica y medioambiente. Solo unos centenares de metros más al sur proliferan las zonas de nidificación protegida de Gavá-mar, ejemplar ejemplo de restauración ambiental.

Pero si la Ricarda se troca en banco de prueba y el aeródromo en rehén de un ecologismo sin cintura, negador de riqueza y empleo, paralícese toda obra aeroportuaria, y en Madrid y en Galicia. O recuérdese que Airbus prevé fabricar aviones a hidrógeno verde, no contaminantes, para 2035. Ya. Como evidencian las vacunas anticovid, la ciencia avanza que es una barbaridad.

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