Editorial
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El Banco Central Europeo recalibra

La prudencia en la retirada de estímulos es una señal de confianza en la fortaleza del crecimiento

Sede del BCE en Fráncfort.
Sede del BCE en Fráncfort.GettyImages
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El BCE relaja su programa de estímulos ante la recuperación económica y el alza de precios

El crecimiento de la eurozona es evidente e incluso algo superior al esperado. Sobre este diagnóstico el Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo ha decidido no mover sus tipos de interés y moderar sus compras de bonos en los mercados. Las reducciones se aplicarán concretamente al programa de compras creado durante la pandemia, dotado con 1,85 billones de euros, y del que quedan 500.000 millones. Si no hay turbulencias imprevistas, nada impide su continuidad hasta marzo del año que viene.

Esa es una señal de confianza en la fortaleza del crecimiento. Se refleja en las menores restricciones a la actividad empresarial (dada la menor tasa de expansión de la pandemia), y en la capacidad para controlar el repunte en la inflación. Por el momento, el BCE ha elevado sus previsiones de crecimiento económico para este año hasta el 5% (desde el 4,6%), mientras que en 2022 las rebaja una décima (4,7% desde el 4,6%), y para 2023 permanece en el 2,1% inicial. La inflación prevista tampoco es inquietante: del 2,2% este año baja al 1,75% y al 1,5% en 2022 y 2023, respectivamente. No está anticipando la eliminación ni reduciendo de forma significativa esos apoyos: está “recalibrando” su ritmo de aplicación y dotándose de mayor flexibilidad, sin perder de vista que el conjunto de su política monetaria seguirá subordinada a indicadores suficientemente saludables en el medio plazo.

Así lo han interpretado también los mercados de bonos. Lejos de caer en precio, han ascendido con el consiguiente descenso de los tipos de interés y han asumido que el ritmo de retirada de ese estímulo cuantitativo será menor del que se anticipaba. Es un marcado contraste con las decisiones de otros bancos centrales, como la Reserva Federal, más dispuestos a una retirada relativamente temprana de sus estímulos.

La decisión es prudente porque, a pesar de los indicadores favorables, nadie puede descartar la incertidumbre derivada de la capacidad de control del virus. La retirada prematura de los estímulos sería un error que no solo pondría en peligro la restauración del crecimiento, sino el fortalecimiento mismo de la cohesión dentro del propio bloque regional. Sobre estos riesgos acaba de advertir también la OCDE al señalar que los efectos diferenciales de la pandemia han aumentado las divergencias en convergencia real, en renta por habitante, de los países miembros.

También la prudencia ha de presidir la revisión de las reglas fiscales que tienen encomendada los ministros de economía. Son aquellas que establecen máximos de déficit y deuda pública, y que fueron flexibilizadas al inicio de la crisis, cuando el gasto público se disparó y las recaudaciones tributarias se desplomaron. Su restablecimiento ha de hacerse sobre la base de una mayor simplificación y en coherencia con la prioridad medioambiental asumida por la UE, es decir, debe tomar en consideración las asignaciones de recursos públicos a inversiones sostenibles, como han sugerido las autoridades españolas.

Estas decisiones completarán la acertada orientación que las instituciones europeas (Banco Central Europeo, Consejo Europeo y Comisión Europea) han definido en el tratamiento de esta crisis, a diferencia de las adoptadas en la de 2008. Con ellas podría cuajar ese necesario horizonte doble de fortalecimiento de la integración y de la mejora del bienestar de los ciudadanos.

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