ANATOMÍA DE TWITTER
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Manual para insultar a una diputada

Vox intenta marcar el debate en redes mediante el enfrentamiento y el victimismo

El diputado de Vox José María Sánchez García insultó a la diputada socialista Laura Berja.
El diputado de Vox José María Sánchez García insultó a la diputada socialista Laura Berja.Fernando Alvarado (EFE)

Un diputado cierra los puñitos muy fuerte y llama “bruja” a una diputada. Puede parecer una puesta en escena actualizada de Las brujas de Salem, de Arthur Miller, pero no, pasó en el Congreso este martes. José María Sánchez, de Vox, insultó así a Laura Berja, del PSOE. Sánchez acabó retirando el insulto de forma estrambótica: “Retiro que la he llamado bruja”.

La conversación sobre el tema siguió en Twitter, donde pudimos ver en escena algunos de los trucos (brujería, casi) que usa Vox para marcar la conversación en redes y encuadrar el debate en los términos que a ellos les van bien: el enfrentamiento y el victimismo. Son las técnicas que aprendieron de Donald Trump y que analizó, hace ya unos años, George Lakoff, profesor de Lingüística en la Universidad de California, en un comentadísimo hilo de Twitter.

De entrada, Vox intentó fijar el marco de la conversación. La cuenta del grupo parlamentario publicó un mensaje en el que acusaba a Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, vicepresidente primero del Parlamento, de aplicar de forma sesgada el reglamento del Congreso. La discusión ya no era sobre el insulto, sino sobre si Gómez de Celis podía o no expulsar a José María Sánchez (decisión que no obedecieron). De repente, el tipo que gritaba como si estuviera insultando a un árbitro se convertía en la víctima de una injusticia.

Manual para insultar a una diputada

Luego se procedía a la distracción, en este caso al habitual “y tú más”. La cuenta del partido aseguraba que a los diputados de Vox se les insulta y no pasa nada. Iván Espinosa de los Monteros retuiteaba un hilo en el que se recogían insultos de otros diputados, no todos hacia Vox, sin mencionar que alguno de esos insultadores (Gabriel Rufián) también había acabado expulsado del hemiciclo, como tiene que ser. Que haya gente circulando a 200 por la autopista no significa que yo también pueda hacerlo.

Por último, vimos lo que Lakoff llama “desviación”, que consiste en atacar al mensajero: Macarena Olona y Vox compartían el vídeo del enfrentamiento con una periodista que le hacía una pregunta razonable, casi obvia: si le parecía bien llamar “bruja” a una diputada. Olona podría haber dicho algo como “no, pero se aplicó mal el reglamento” o “sí, la wicca es una religión pagana muy respetable”, pero eso habría supuesto renunciar al marco. Volvió a presentarse como víctima, en este caso de la prensa: ″¿Has hecho esta misma pregunta cuando a mí me han agredido en este mismo Congreso de los Diputados y en este Pleno llamándome fascista a esta distancia y con riesgo de agresión?”. En su tuit posterior, Olona aprovechaba para acusar a los demás de desviar la atención (de su primer desvío, con lo que sería un metadesvío).

Tiene su mérito: insultan a una diputada, luego al vicepresidente del Parlamento, después al resto de los diputados y por último a la prensa, presentándose además como víctimas. Twitter es el escenario adecuado para amplificar este mensaje porque el ruido y la indignación se comparten más que los análisis y los comentarios matizados.

Y aquí está el principal riesgo, como decía Lakoff: incluso cuando se rebaten estos planteamientos, se les acaba dando espacio. Lo que buscan no es ganar el debate, sino establecerlo. O, como se dice en jerga tuitera, quieren casito. La alternativa no es ignorarlos: no se puede ni se debe ignorar a un partido político con 52 escaños. Pero no hace falta dejarse arrastrar por los “pues anda que tú” y “estaba así cuando llegué”. Aquí, por ejemplo, estamos hablando de un señor que fue al Congreso a insultar. Si fuera un niño no le consentiríamos tantas excusas.

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Sobre la firma

Jaime Rubio Hancock

Es el editor de boletines de EL PAÍS y columnista en 'Anatomía de Twitter'. Antes pasó por Verne, donde escribió sobre redes sociales, filosofía y humor, entre otros temas. Estudió Periodismo en la UAB y Humanidades en la UOC. Es autor del ensayo '¿Está bien pegar a un nazi?' (Libros del KO).

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