Columna
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Abolir la esclavitud

Mientras dedicamos tiempo a exponer muy objetivamente los distintos modelos de prostitución, millones de mujeres siguen siendo violadas sistemáticamente a cambio de dinero

Una exprostituta, en un centro de apoyo social para niñas víctimas de trata en Catania (Italia).
Una exprostituta, en un centro de apoyo social para niñas víctimas de trata en Catania (Italia).Reuters Staff (REUTERS)
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Amelia Tiganus: “Ser puta es una prisión con barrotes invisibles”

A nadie en su sano juicio se le ocurriría a día de hoy defender la esclavitud. Ni responder a las demandas de su abolición diciendo que es un tema muy complicado, que hay esclavos que eligen serlo libremente, que algunos están muy felices sometiéndose o que es un trabajo empoderante. Solo desde el racismo más deshumanizador se podría defender que es una buena salida laboral para los inmigrantes sin papeles. En cambio, no tenemos reparos en poner todas estas excusas cuando hablamos de prostitución. Mientras dedicamos tiempo a exponer muy objetivamente los distintos modelos, los pros y contras de uno u otro y nos extendemos en debates teóricos de lo más entretenidos, millones de mujeres siguen siendo violadas sistemáticamente a cambio de dinero. Secuestradas, encerradas, explotadas y torturadas en el magma incandescente del sistema prostitucional. En lo que dura cada discusión en confortables y privilegiados espacios, las víctimas siguen siendo sometidas sin tregua. Para ellas es urgente tomar decisiones, es urgente acabar con esta zona oscura de la realidad a la que no queremos mirar y frenar el avance de un “mercado” vergonzoso.

No se engañen, no son solamente las prostituidas las afectadas por este sistema. Llevan desde el destape educándonos a nosotras para ser prostitutas y a ellos para ser violadores a cambio de dinero. Niños y niñas están a día de hoy expuestos a contenidos que los educan en esta “cultura”. Dejemos de llamar consumidores a quienes invaden por la fuerza monetaria los cuerpos de otros seres humanos. Los seres humanos no son bienes de consumo, no se compran y se venden, lo que se compra y se vende es su explotación, sometimiento y tortura.

La cultura prostitucional, presente en todos los estratos sociales, difundida a través de representaciones de gran impacto, afecta a la construcción de la sexualidad y tiene consecuencias devastadoras sobre nuestra condición humana, bestializando nuestra intimidad para generar una degradación nada democrática.

Todo esto y mucho más he aprendido con la lectura de La revuelta de las putas de Amelia Tiganus. Imposible mirar para otro lado cuando la autora vasca nos expone con inteligencia y conocimiento, en castellano feminista, un análisis profundo desde una aleación irrefutable entre el saber y la experiencia propia. Léanla a ella para entender en profundidad que ni la prostitución es un trabajo ni hay ninguna mujer que nazca para el ejercicio de este tipo de esclavitud contemporánea.

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