Columna
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Estresada

Me realizo mientras me desintegro. Me dejo la piel. Soy una bomba de relojería programada con el chip del desarrollismo franquista y el liberalismo global

Una mujer hace yoga al amanecer.
Una mujer hace yoga al amanecer.Thomas Warnack (AP)
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Con el estrés tengo una empanada importante. Mis abuelas no pedían las sales ante el desmayo inminente, aunque el Optalidón ya empezaba a ser fármaco milagro contra migrañas y tristezas. Los desajustes nerviosos eran un lujo de gente rica que disponía de tiempo para recrearse en los vaivenes de su vida interior y en la lentitud con que el aire llega a los pulmones. Sin embargo, aunque lo que no se nombra parece que no existe, cocineras, mariscadoras, empleadas de perfumería, amas de casa a veces lloraban sin motivo. Se deshacían el nudo y seguían limpiando boquerones. La generación de mi madre sumó a esto la profesionalidad de mujeres con estudios superiores: la excelencia se asumía como deseo propio, pero en realidad era la condición para no ser expulsada. En los ochenta, el estrés formaba parte de la jerga yuppie. Mi amiga Clau y yo nos reíamos de la endeblez de nuestras compañeras. Ella es argentina y acaso quería integrarse en una cultura reacia al psicoanálisis. Luego me empezó a doler la clavícula y mi visión del mundo de dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro experimentó una revolución: soy una enferma en una sociedad enferma. Desconfío de la gente demasiado sana.

Durante el confinamiento muchas personas nos subimos por las paredes. La inactividad nos producía náusea, un horror vacui, proveniente de la necesidad de acción, producción, reinvención, regeneración, empaquetado, autopromoción, cambio como novedad fungible, malestares inoculados por un capitalismo orgánico, reconvertido en nervio y sequedad de mucosas. La realización personal en este sistema, basado en la explotación y segregación de los individuos frágiles, exige autodestruirse. La lengua fuera, el estiramiento, la impresionante capacidad de trabajo que quiere hacer verosímil la distopía liberal de que las más esforzadas conseguirán riqueza, felicidad y éxito. Me realizo mientras me desintegro. Me dejo la piel. Soy una bomba de relojería programada con el chip del desarrollismo franquista —soy española— y el liberalismo global: durante las vacaciones sufro lesiones herpéticas. Quizá el descanso es pernicioso, o quizá hay personas tan locas que no sabemos ya vivir sin estar bajo presión. Mientras el sistema no cambie y solo una clase como poco semi-rica se pueda permitir los cuidados paliativos de la enfermedad crónica del estrés —gabinetes psicológicos, salones de masaje, coaching, meditación oriental…—, Errejón acierta cuando propone incluir la asistencia psicológica en la Seguridad Social. Una asistencia psicológica que no se centre en tu madre, sino en lo que te paga el patrón. Pero incluso esos cuidados deberían ser transitorios: habría que resolver lo profundo. No es que seamos más débiles que los fornidos tercios de Flandes: es que esta sociedad líquida es muy bestia. Somatizamos las agresiones de un sistema económico violento, no sabemos parar y nos pinchan las culebrillas del herpes. Perdemos el pelo y vamos a clases de yoga en las que, sin pensar en nada, nos interrogamos sobre el derecho a la pereza y personas perezosas que son profundamente reaccionarias; sobre el orgullo y la culpa de trabajar cuando tanta gente está en paro o tiene un trabajo y es pobre; sobre el peligro del exceso de eficacia y la sagrada vocación. Sobre qué puñetas hacemos en la posición de media paloma.

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Sobre la firma

Marta Sanz

Es escritora. Desde 1995, fecha de publicación de El frío, ha escrito narrativa, poesía y ensayo, y obtenido numerosos premios. Actualmente publica con la editorial Anagrama. Sus dos últimos títulos son pequeñas mujeres rojas y Parte mí. Colabora con El País, Hoy por hoy y da clase en la Escuela de escritores de Madrid.

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