Columna
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‘Hail Britannia TV’

La única ruta hacia el éxito pasa por el reconocimiento del talento y en eso los británicos han sido sabios al encumbrar a sus actores y escritores de teatro, cine y televisión

Olivia Coleman caracterizada como la reina Isabel II en 'The Crown'.
Olivia Coleman caracterizada como la reina Isabel II en 'The Crown'.Liam Daniel (Liam Daniel/Netflix)
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La ceremonia de entrega de los premios Emmy tuvo un detalle de enorme previsión. Organizó una asamblea paralela a la que sucedía en Los Ángeles en un salón coqueto de Londres. El hecho de que los premios televisivos norteamericanos reconozcan la inmensa capacidad de sus hermanos británicos viene a confirmar que no hay nada más nutritivo que poseer una tradición creativa. Los británicos han sido los reyes de la televisión casi desde su invención, es algo que no se les reconoce a menudo. Su pasión se asentó sobre una ecuación infalible compuesta de tres factores: la libertad, el reconocimiento del talento y la vertebración del impulso privado y el apoyo público. No existe ningún país en el mundo que haya sido capaz de echar en el caldo los tres ingredientes con la gracia que lo han hecho los británicos. La libertad ha presidido el trabajo en los medios de comunicación. Desde tiempo atrás la crítica convive con el poder y las instituciones, incluida la monarquía más sólida y protocolaria del mundo, incapaces de imponer su bota sobre el periodismo y la creatividad al modo frustrante de otros lugares. La fricción de esa convivencia respetuosa sigue proporcionándoles réditos muy suculentos. Basta ver la tremenda acogida que una serie como The Crown ha tenido en todo el mundo. Por un lado consolida la imagen monárquica del país, pero lo hace desde una crítica ácida, en ocasiones demoledora.

La cadena BBC sigue representando al día de hoy un ejemplo de cómo se gestiona un canal público. Incluso cuando un político oportunista como Boris Johnson trató de echar encima de los periodistas la furia de los ciudadanos, el margen de destrozo ha sido limitado. Basta con ver el caso de Telemadrid, tan reciente, para experimentar una vez más la envidia ajena y la vergüenza propia. La BBC arriesga cuando toca, sin miedo de incluir a nuevas versiones de la vanguardia junto a productos ya asimilados. Desde que éramos niños, sabemos que la BBC nos puede ofrecer la televisión moderna junto a la clásica. En estos premios Emmy, el reconocimiento hacia la serie Podría destruirte, pagada por la cadena pública aunque distribuida al mundo por HBO, ejemplifica la apuesta por nuevas voces de riesgo, polémicas, pero también representativas del mundo en cambio en el que ahora nos encontramos. Esto es imposible de verlo allá donde la apuesta pública es adocenada por el intento de gustar a todos, algo que suele conducir a no gustar a nadie.

Porque la única ruta hacia el éxito pasa por el reconocimiento del talento y en eso los británicos han sido sabios al encumbrar a sus actores, pero también a los escritores de teatro, cine y televisión. Esto no sucede con las plataformas norteamericanas que han llegado a regodearse en su ombligo cuando publicitan una necedad de tal calibre como afirmar que una serie es fruto de su marca comercial. Nada más lejos de la realidad, la marca es un emisor, jamás un ente creativo. Por eso sonaba tan estúpida la retahíla de agradecimientos que el director y el productor de la serie ganadora, Gambito de Dama, soltaron al recoger sus galardones. Mucho referirse a familiares queridos y a los ejecutivos de la marca, pero olvidaron, con una ingratitud hiriente, al autor de la novela original en la que se basa la serie, Walter Tevis. En eso los británicos marcan una diferencia.

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