Editorial
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Crecer mejor

Las previsiones del INE no oscurecen la perspectiva positiva de evolución de la economía, pero exigen estar alerta

Un camarero sirve un café a una clienta en Badajoz, Extremadura (España).
Un camarero sirve un café a una clienta en Badajoz, Extremadura (España).JAVIER PULPO (Europa Press)

El Instituto Nacional de Estadística (INE) ha rebajado al 1,1% la previsión de crecimiento de la economía española para el segundo trimestre de este año: casi dos puntos menos que el pronóstico anterior, del 2,8%. Es una reducción sustantiva —e inusual— que cae como un jarro de agua fría sobre las expectativas de recuperación, pero por sí misma no altera el diagnóstico general. La recuperación va más rezagada que entre los socios de la UE, en parte porque los estímulos aprobados por el Ejecutivo han sido inferiores y han llegado con retraso respecto a otros países. Pero el conjunto de indicadores nacionales e internacionales de la economía ratifican el actual proceso de inequívoca reactivación respecto a los meses más duros de la pandemia. El nivel de empleo, quizá la variable fundamental en un país con un mercado de trabajo históricamente disfuncional, está a punto de superar los niveles precrisis. Esa es la variable clave. El PIB va más rezagado a juzgar por los nuevos datos del INE, y el Gobierno haría bien en tener las luces de emergencia encendidas —el Banco de España avanzó ayer que revisará a la baja sus previsiones—, pero salvo sorpresa mayúscula la economía española acabará el año creciendo por encima del 6%. La misma excepcionalidad de la pandemia, y las reacciones igualmente singulares de todos los agentes económicos, justifican la volatilidad de los registros de crecimiento y la cuantía de esas revisiones.

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Deducir de esa rebaja una previsión catastrofista es tan irreal como pasarla por alto o cuestionar la capacidad técnica de la institución independiente que es el INE. Que las previsiones de crecimiento para el conjunto del año se vean obligadas a asumir esa variación 1,7 puntos inferior a la avanzada para el segundo trimestre dependerá de la intensidad de la expansión en los dos trimestres siguientes. Si no concurren perturbaciones significativas en el entorno internacional, la economía española seguirá siendo una de las que dispongan de mayor dinamismo en 2021 y 2022. Los datos de empleo también apuntan en esa dirección: nada de ello es extraño porque la economía española fue la que sufrió una mayor contracción en 2020. Las causas fueron el temprano confinamiento, una estructura productiva vulnerable, un censo empresarial con empresas de reducida dimensión y un mercado de trabajo dominado por la precariedad. Además de ese efecto rebote desde una reducción del 10,8% de nuestro PIB el año pasado, la economía podrá registrar un crecimiento más intenso porque las expectativas de inversión asociadas a la concreción de los recursos provenientes de los fondos europeos serán de una cuantía significativamente superior al promedio de las economías europeas.

El crecimiento será no solo mayor sino de mejor calidad si el sector privado colabora en una batería de inversiones sin precedentes, de 70.000 millones de euros durante los próximos tres años, más allá de las posibilidades de financiación crediticia con las instituciones europeas por otro tanto. A ello deberá contribuir igualmente la concreción de la agenda de reformas —laboral, pensiones y la nueva ley de vivienda— asociada a esos recursos, e imprescindible para afianzar las exigencias modernizadoras de la economía.

Lo que de veras resulta hoy relevante, sin embargo, es la posición que adopten el conjunto de las fuerzas políticas para que no haya dudas sobre la voluntad de aprovechar esta oportunidad histórica y fortalecer por fin la capacidad defensiva de la economía española. El objetivo común ha de ser crecer mejor, de forma sostenible e inclusiva, con un empleo de mayor calidad y con empresas con mejores dotaciones tecnológicas y mayor calidad en la propia función empresarial.

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