Tribuna
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Yo soy ‘posmo’, tú también

La batalla cultural en EEUU que muchos citan a la ligera es también una batalla en su sentido literal, donde hay cuerpos en juego cuya identidad es indisociable de su vulnerabilidad. La llamada cancelación que se erige a modo de injusticia censora cristaliza, especialmente, contra los más débiles

Eduardo Estrada

Las izquierdas están que trinan. Ya sea en las redes, en eventos como el Congreso Sabiduría y Conocimiento, celebrado recientemente en Córdoba, o en los medios, un nuevo concepto parece haber copado la opinión pública generando todo tipo de reacciones viscerales, tanto a favor como en contra: me refiero a lo posmoderno o posmo, y su asociación acertada a la problemática de las identidades. De un lado, se suele acusar a sus adalides de ofenderse con demasiada facilidad por cuestiones relacionadas con el feminismo, el antirracismo o el ecologismo que, supuestamente, minarían la defensa de derechos sociales y una conquista de mejor vida material; es decir (de manera muy sucinta), la izquierda posmo se cargaría las reivindicaciones de clase. Del otro lado, los que se alinean con lo postmoderno abogan por denunciar los abusos cometidos contra las poblaciones marginalizadas y, a menudo, rechazan la nostalgia por ser ésta, a su juicio, una herramienta de desmovilización política. En el batiburrillo de argumentos, se alude a las batallas identitarias que están teniendo lugar en Estados Unidos mientras se utilizan datos sacados de contexto que en nada ilustran la compleja realidad del país norteamericano. Al final, el conflicto suele sustituir al diálogo y la desinformación sigue su curso en forma de bola de nieve. Vayamos por partes.

La postmodernidad, como periodo histórico en que estamos todos inmersos, no se elige. Existe un gran consenso académico sobre esto y, si me lo permite el anti-intelectualismo cada vez más arraigado, acusar a alguien de “posmo” viene a ser algo así como esgrimir el término “visigodo” o “renacentista” como insulto: un absurdo. Somos postmodernos en cuanto que habitamos una época caracterizada por una gran multiplicidad de relatos que nos dan sentido, una corriente que lleva constatándose desde, al menos, los años sesenta, aunque la teorizaran años más tarde pensadores como Jean-François Lyotard. En lugar de agarrarnos a los pocos discursos emancipadores de antaño (la religión o el marxismo), éstos conviven con causas que van desde la lucha contra la violencia de género o el cambio climático, hasta la defensa de los derechos LGBTQ pasando por los del colectivo inmigrante, porque a partir de este giro histórico, precisamente, se produce una mayor atención a las víctimas, lo cual ha supuesto no pocos avances en las vidas de muchas personas.

El fenómeno, desde luego, no es nuevo y le debe mucho a la memoria histórica surgida tras una barbarie como el Holocausto que, en un primer momento, sirvió para instigar textos legales fundamentales como la Declaración de los Derechos Humanos y, más tarde, dio lugar a ramificaciones muy productivas como nuestra propia memoria de la Guerra Civil, entendida desde la acción política organizada más allá del recuerdo individual. Si no fuéramos postmodernos, nuestro cuestionamiento de los conflictos bélicos sería mucho más leve; es más, seguramente nos pondríamos mayoritariamente del lado de los vencedores y asumiríamos sus logros como propios, ya que los postulados del estado-nación primarían sobre la dignidad humana. Una escritora como Svetlana Alexiévich, quien contó la absoluta desolación de la ciudadanía soviética ante la Guerra de Afganistán o el dolor extremo provocado por el desastre nuclear de Chernóbil, es profundamente postmoderna, pues antepone el sufrimiento de cualquiera al corpus institucional creado, en muchos casos, para ocultarlo.

Al mismo tiempo, la atención a las víctimas, la rememoración de sus circunstancias, así como la incertidumbre que provoca un futuro que se tambalea por muchísimas razones, entre las que se encuentran el estrepitoso fracaso de proyectos socialistas como la antigua Unión Soviética pero también, cada vez más, las ruinas que nos ha traído el neoliberalismo, con su constante amenaza a los estados del bienestar y una concatenación de crisis que ha desatado una precariedad difícil de tolerar, hacen que la nostalgia aflore. El mundo que parece haberse desmoronado ante nuestros ojos, sin garantías ni certezas de ningún tipo, incita a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, mediando el peligro de mitificar períodos anteriores de manera acrítica, pero también de que los detractores de la nostalgia obliteren el potencial político que representa si se usa para rescatar elementos que podrían aprovecharse en agendas progresistas, pues todo depende de cómo se gestione esa nostalgia y no necesariamente de que exista —lo cual es inevitable—.

Sólo hay que reflexionar un poco para darnos cuenta de que es un rasgo de época que recorre todo el espectro político; no es casual que tanto el eslogan republicano (Make America great again) como el demócrata (Build back better) en las últimas elecciones estadounidenses fueran regresivos, aunque se hayan movilizado en función de programas disímiles que, ésos sí, afectarán a los años venideros. Así, el recuerdo de lo perdido no constituye per se un acto reaccionario. Siguiendo con Estados Unidos, es notable que el colectivo negro se organizara masivamente contra Trump, a quien le preguntaban, incisivos, si esa América grande de antaño no sería acaso la de la esclavitud o las leyes Jim Crow, mientras mostraban su afinidad con las propuestas demócratas, que también supuran ecos de un pasado industrial, pero prometen una mejora de las condiciones de vida.

Y aquí es necesario aclarar cómo operan las identidades en una cultura —la yanqui— donde es imprescindible atender a la gente sistemáticamente discriminada, cuando no masacrada, muchas veces a manos de la policía. Cuando la población negra tiene menor esperanza de vida que la blanca, llena cárceles privadas con las que se lucran empresas concretas, y el racismo es la principal causa de que no haya, por ejemplo, una sanidad pública que cubra a todos, ¿se puede desligar la identidad de las distintas reclamaciones de derechos? Si la exclusión de tantos es tan sangrante, y esto se debe al color de la piel, ¿podemos permitirnos criticar la diversidad? Y, si la mortalidad materna en las mujeres negras es altísima y hasta una deportista adinerada como Serena Williams estuvo a punto de morir tras dar a luz, ¿se pueden explicar atropellos de tal calibre sólo aludiendo a la clase social, que no deja de ser, por cierto, otro relato más en la parrilla postmoderna disponible?

Sin omitir el hecho de que existe una correlación entre la raza y el poder adquisitivo, la batalla cultural que se está produciendo en Estados Unidos y muchos citan a la ligera es también una batalla en su sentido literal, donde hay cuerpos en juego cuya identidad es indisociable de su vulnerabilidad —véase George Floyd—. La llamada cancelación que se erige a modo de injusticia censora cristaliza, especialmente, contra los más débiles, quienes continúan peleando por derechos tan básicos como el voto, muy restringido a las minorías. Las traducciones imperfectas a escenarios españoles no sólo deslegitiman estas luchas, sino que nublan un entendimiento de las mejoras sociales que necesitamos. La desestimación de lo posmo, reino donde confluyen y se relacionan estas problemáticas, además de absurda, es contraproducente, pues impide que podamos estar ahora, conforme escribo, trabando alianzas entre quienes no perseguimos más que una justicia social que, precisamente porque los grandes relatos han perdido su posición hegemónica, requiere de una red de colaboraciones que, respetando las diferencias, nos conduzca a buen puerto. Yo soy posmo, tú también, qué tal asumirlo y ponernos manos a la obra.

Azahara Palomeque es escritora y doctora en estudios culturales por la Universidad de Princeton. Su último libro es Año 9. Crónicas catastróficas en la Era Trump.

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