Columna
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Liderazgo irradiador

Escuchando a Yolanda Díaz el otro día en la Cadena Ser, mi impresión era que quería resucitar la idea de Errejón del núcleo irradiador en torno a su persona

La vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz, interviene en el encuentro "El feminismo de la cuarta ola: una nueva generación de derechos feministas", en el Espacio Bertelsmann, este viernes, en Madrid (España).
La vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz, interviene en el encuentro "El feminismo de la cuarta ola: una nueva generación de derechos feministas", en el Espacio Bertelsmann, este viernes, en Madrid (España).Ricardo Rubio (Europa Press)

Recordarán cuando hace unos años Íñigo Errejón fletó la idea del “núcleo irradiador” a través de aquel famoso tuit que tanto dio que hablar. Les recuerdo su contenido: “La hegemonía se mueve en la tensión entre el núcleo irradiador y la seducción de los sectores laterales”. Si prescindimos de la jerga gramsciana, lo que venía a decir era que el naciente Podemos debía de convertirse en la casa común de todos aquellos que aspiraran a una profunda transformación de lo que existe. Pero, eso sí, bajo la tutela del naciente partido/movimiento. Una curiosa mezcolanza de Gramsci, Lenin y Laclau. Al final, la realidad resultó ser más tozuda de lo que tan bien encajaba en las disquisiciones de un seminario universitario. Podemos no culminó el sorpasso al PSOE ―la pasokización prevista―, sucumbió al hiperliderazgo de Iglesias, y, en fin, el propio movimiento estalló en un archipiélago de confluencias regionales más o menos “laterales”. No hay que olvidar, sin embargo, que en estos momentos está en el Gobierno como junior partner. No era lo previsto, pero tampoco es moco de pavo.

Después de la salida de Iglesias, toca reconstruir ahora todo ese espacio, la cuestión es cómo hacerlo. Y no es baladí, tiene una trascendencia fundamental para la política española. Si la izquierda aparece dividida en más de dos grandes grupos ―PSOE, Podemos y un Más País reforzado, por ejemplo―, las posibilidades de que consigan sumar una mayoría de escaños para gobernar empieza a ser dudosa. De ahí que todas las miradas se concentren sobre el proyecto que Yolanda Díaz tiene entre manos. Escuchándola el otro día en la Cadena Ser, mi impresión era que quería resucitar la idea del núcleo irradiador en torno a su persona, instituirse ella misma en algo así como un “liderazgo irradiador”, convertirse en la cabeza y el motor de todas las fuerzas, grupos y grupúsculos que habitan a la izquierda del PSOE. No lo tiene fácil, y ella lo sabe. Pero ya no solo por la pugna de egos o las inercias centrípetas de los distintos grupos, el problema es el discurso. Lo decía el propio tuit de Errejón, hace falta “seducir”, y para ello no basta con ser ahora mismo el político más valorado.

A mi juicio, el problema que tienen los grupos a la izquierda de la socialdemocracia es que han fracasado cuando han ido por la vía del populismo de izquierdas ―el maldito referente latinoamericano―, cuando aparecen como una socialdemocracia bis, o cuando siguen jugando con esquemas periclitados, los propios de la época de los partidos comunistas de posguerra. El fiasco de Die Linke en las últimas elecciones alemanas es un aviso a navegantes. ¿Qué hacer entonces? Desde luego, siempre queda transmutarse en algo parecido a los verdes, pero eso lo intenta ahora mismo hasta Le Pen. Solo son creíbles los que, como en su versión alemana, aspiran a la transversalidad, algo incompatible con un partido como Podemos, que siempre ha apostado por el antagonismo entre bloques.

La novedad que introduce Yolanda Díaz es que está en el Gobierno; es decir, que experimenta cada día cómo la política real nunca se deja domesticar mediante consignas o simples recursos emocionales. Falta que consiga trasladar esta experiencia a un discurso sobre políticas concretas ―al modo de Más Madrid en las elecciones de la Comunidad―, envolviéndolo a la vez en un buen diagnóstico y proyecto de futuro. Lo más importante hoy no es ilusionar; basta con quitarnos el miedo al porvenir. Y que los demás la dejen, claro.

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