Columna
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Derechistas

Como la convención del PP ha coincidido con las elecciones alemanas, parece buena ocasión para comparar a nuestra derecha con sus congéneres europeos

Pablo Casado junto a  Isabel Díaz Ayuso y el presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, en acto de clausura de la Convención Nacional del PP, este sábado en la Plaza de Toros de Valencia.
Pablo Casado junto a Isabel Díaz Ayuso y el presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, en acto de clausura de la Convención Nacional del PP, este sábado en la Plaza de Toros de Valencia.Mònica Torres

El partido primogénito de la derecha española ha celebrado su convención publicitaria, que no congreso político, con un viacrucis itinerante en cuyas estaciones se sabía celosamente vigilado tanto por su benjamín ultraderechista como por la castiza presidenta retrechera. De su contenido político, propiamente dicho, no hay mucho que decir, si dejamos al margen la catadura moral de la estrella francesa invitada y la estólida ignorancia demostrada ante la cuestión poscolonial. ¡Vaya nivel intelectual que demuestran nuestros derechistas! Pero como esta convención ha coincidido con las elecciones germanas, parece buena ocasión para comparar a nuestra derecha con sus congéneres europeos.

Pese a la semejanza de nuestro reciente recorrido histórico, pues ambas democracias, la alemana y la española, son herederas de sendos regímenes totalitarios, lo cierto es que el partido fundado por Fraga Iribarne no tiene nada que ver con el de Konrad Adenauer. Nuestra derecha debería ser hoy como la alemana, pero no lo es. No se ha desfranquizado, como se desnazificó aquella. No opone un cordón sanitario contra la extrema derecha de Vox, como hace el centroderecha alemán contra AfD. No practica una política consensual de pactos consociativos, como hace la CDU alemana, sino que ejerce la más intransigente crispación confrontadora, oponiendo patológicos vetos destructivos de nuestro ordenamiento institucional.

Tampoco se acoge al paternalismo compasivo incluyente como hacen las derechas conservadoras, sino que practica el unilateralismo más excluyente, rechazando integrar a las identidades minoritarias y asumiendo como propio el backlash racista, misógino y homófobo. En suma, se halla en las antípodas de la democracia cristiana que Juan Linz había pronosticado que se convertiría en el partido dominante de la incipiente democracia española, pues el nacional-catolicismo de nuestra derecha es más ultramontano que posconciliar, de acuerdo a la tradición integrista de condena a los heterodoxos codificada por Menéndez Pelayo. De ahí el añejo aroma a Inquisición y Contrarreforma que han tenido los discursos de la convención pepera.

Esto hace que la derecha española no se parezca a la continental europea sino a la polaca, la húngara o la italiana, todas ellas inspiradas por un militante catolicismo preconciliar. O a la derecha neocon anglosajona que dio lugar al Tea Party, al Brexit y a Trump. Es decir, una actitud política de elitismo ultranacionalista excluyente que se refugia en el búnker del aislacionismo insular, tipo Massada o Numancia sitiada, para no dejarse contaminar por ninguno de los nuevos vientos de la historia. Pero no hay que recurrir al contagio externo para explicarlo, pues ese ha sido siempre el marco mental que define a la derecha española, como brazo político de una casta dominante que siempre se ha negado a compartir el poder con nadie más, tal como analizó José Luis Villacañas en su certera Historia del Poder Político en España.

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