Columna
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Volverán…

Vox va a resultar innecesario, ya que desde la eutanasia a la ley Celaá, Pablo Casado, nuestro pequeño rey, el de ‘La Codorniz’, no va a dejar títere con cabeza

El presidente del PP, Pablo Casado, durante la Convención Nacional del PP, en la Plaza de Toros de Valencia, el pasado sábado.
El presidente del PP, Pablo Casado, durante la Convención Nacional del PP, en la Plaza de Toros de Valencia, el pasado sábado.Mònica Torres

Un tema que nunca faltaba en las explicaciones de Manuel Fraga Iribarne era el parlamentarismo británico, siempre con el mismo estudio de casos, una ley de ordenación rural y urbana, e idéntica conclusión: la estabilidad del régimen parlamentario tenía como base la flexibilidad de cada uno de los dos grandes partidos para aceptar, salvo contadas excepciones, las reformas del antagonista, implementadas durante su gobierno. A la vista del discurso de Pablo Casado en la Convención Nacional, esa lección del fundador ha sido tan olvidada en el PP de hoy como su propio nombre, sustituido por los mucho más grises de Aznar y Rajoy. Toda su alocución se dedicó a destrozar una tras otra las políticas de Sánchez, hasta en la explosión de La Palma, desde un supuesto estrictamente demagógico: en su relato apocalíptico, componen un museo de horrores que será eliminado pieza a pieza con la pura y simple llegada al poder del PP. Y nada digamos de sus propósitos sobre Cataluña, que la pondrían al borde de la insurrección.

Vox va a resultar innecesario, ya que desde la eutanasia a la ley Celaá, nuestro pequeño rey, el de La Codorniz, no va a dejar títere con cabeza. Sus ideas no van más allá de una voluntad de repliegue general, apoyado en el tópico de que el Estado ―”en nombre de las clases medias y los trabajadores”― ceda el protagonismo a la sociedad, es decir, a una economía desregulada, con vía libre al capitalismo, favorecido por una drástica reducción de impuestos. La tragedia de una desigualdad en ascenso, de la penuria de autónomos y trabajadores, se solucionará suprimiendo los impuestos para los que más tienen. Todo ello sobre el fondo de clamorosas mentiras sobre la ausencia de corrupción en el PP, más la ignorancia del antecedente franquista.

Con semejante adversario, Pedro Sánchez lo tiene fácil. A favor de la torpeza de Casado, dibujará una estrategia de política social para la mayoría ―frente a “la mayoría silenciosa” de Casado―, olvidando que las reformas en temas como las pensiones o el salario mínimo puedan tener un efecto bumerán.

En esa coyuntura se inscribe el ascenso de Yolanda Díaz, recordatorio del papel decisivo de Comisiones en la gestación de la democracia. La incógnita es si el reformismo pactado, clave en su día de nuestro comunismo democrático, y ahora de su propuesta de “frente amplio”, no puede verse sofocado por el maniqueísmo de sus admirados Anguita e Iglesias. Es el tropezón final de su brillante prólogo al Manifiesto comunista, que para nada propuso defender la libertad y la democracia. Una reciente biografía/hagiografía de Pasionaria, de Manuel Amorós, celebrada en medios comunistas, alerta también aquí del peligro de ignorar el pasado estalinista del PCE. Yolanda debe elegir.

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