BRASIL
Columna
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Brasil no necesita más políticos mirándose al ombligo

Ningún partido político ha sido capaz de presentar un proyecto de nación innovador y creíble para los electores

Una protesta contra el Gobierno de Bolsonaro en la Puerta del Sol de Madrid, un año antes de las elecciones presidenciales de 2022.
Una protesta contra el Gobierno de Bolsonaro en la Puerta del Sol de Madrid, un año antes de las elecciones presidenciales de 2022.LUCA PIERGIOVANNI (EFE)

Brasil atraviesa una de las mayores crisis políticas desde la democratización. Las próximas elecciones presidenciales siguen siendo una gran incógnita y podrían evocar de nuevo la amenaza de un golpe si Bolsonaro se siente en riesgo de no ser reelegido, sobre todo si los sondeos continúan dando a Lula como ganador. ¿Cuál podría ser en ese caso la reacción del Ejército?

Los partidos políticos del arco democrático ante el desierto de ideas nuevas para recrear la imagen desgastada del país cada vez más escéptico y desilusionado, aún no han sido capaces de sorprender a la nación con un proyecto realista y esperanzador para reconstruir una nueva sociedad que consiga reconquistar la confianza en sí misma.

El nuevo proyecto de nación necesitará revolucionar toda la política empezando por la economía para no convertir al Brasil rico de recursos naturales en un país de hambrientos. Necesita también replantearse el sistema de educación, ya que sigue siendo uno de los países del mundo donde la enseñanza es una cenicienta y donde los profesores siguen siendo los peor retribuidos y respetados del mundo moderno.

Brasil necesita con urgencia una revolución en la política ambiental hoy destrozada por el Gobierno bolsonarista. También requiere replantearse con urgencia una nueva política sanitaria después de la catástrofe y los escándalos que están apareciendo en el Ministerio de la Salud que ha salido maltrecho durante la pandemia por la corrupción.

Se necesita rescatar también de los escombros la despreciada cultura que ha sido reducida a un desierto que avergüenza hasta a los menos culturalizados.

¿Y la política exterior que ya fue alabada como una de las más dinámicas del mundo? ¿De la mano de qué países queremos caminar para buscar el lugar que merece Brasil? ¿Queremos seguir mirando por el retrovisor o caminar mirando hacia adelante para no perder el paso de los países que están ya viviendo en el futuro?

¿Y la ciencia? Brasil sigue sin tener un solo Nobel y, como se ha visto en la política negacionista de la pandemia, la ciencia ha sido despreciada hasta el extremo.

Brasil camina sin un rumbo seguro y comete los mismos pecados de siempre. Mientras la izquierda, la derecha y el centro pretenden sustituir a un Gobierno que ha empobrecido al país en todos sus aspectos no han sido capaces de presentar, ni individual ni colectivamente, un proyecto de nación innovador y creíble para los electores.

La única gran preocupación es una vez más cómo conquistar votos sin explicar qué hacer con ellos. Siguen mirándose al propio ombligo. En vez de preocuparse por ver quién presenta un proyecto más innovador de país, lo único que parece interesarles es ver cuántos senadores, diputados o gobernadores podrán conseguir en las próximas elecciones.

Es la vieja y gastada política de los propios intereses personales o de partido. El interés del país como nación les interesa poco. Les interesa sobre todo seguir disfrutando de la política con minúscula que se confirma con la estrecha visión de quien sabe solo mirarse a su propio ombligo.

Ni siquiera el PT, al que todos los sondeos dan a su líder Lula la victoria contra cualquier otro candidato, ha presentado un programa que aparezca como una nueva visión del país, algo revolucionario para lanzar el barco en alta mar a la conquista de nuevos horizontes.

El mismo Lula, a pesar de contar con millones de votos y en vez de haber él y su partido junto con los otros partidos progresistas presentado ya un proyecto revolucionario y transformador, está dedicando sus fuerzas a la política pequeña de siempre para asegurarse posibles candidatos y aumentar sus huestes en el Congreso y en los Estados. Eso es la vieja política, la que tanto contribuyó a la llegada del bolsonarismo.

Lo que parece difícil de entender es como el PT un partido con tanta historia no sea capaz de encontrar nuevos líderes jóvenes, con la mentalidad de la modernidad, ajenos a la vieja política desgastada, capaces de ver el mundo con los ojos del futuro. Jóvenes capaces de entender que también la política ha evolucionado y necesita de sangre nueva para saber adaptarse a la gran revolución mundial.

Hoy se habla también sobre los posibles candidatos de la llamada tercera vía para quebrar la lucha entre izquierda y extrema derecha. Pero lo que estamos viendo es una guerra de egos para ser candidato a la presidencia en vez de proponer un nuevo proyecto de nación capaz no solo de asegurar la democracia sino de ofrecer proyectos concretos y creíbles que sirvan para rescatar al país de la desconfianza y del desprestigio general de la política. Un proyecto que acabe con el maldito mantra político del “son todos iguales”. No lo son, pero es necesario ser capaz con hechos de convencer a los electores de lo contrario.

Si en las próximas elecciones los partidos no golpistas son incapaces de convencer al electorado de que es posible salir del infierno y la desesperanza a la que les arrastró el bolsonarismo, que ha demostrado que ni sabe ni le interesa gobernar en democracia y sueña con tener el poder absoluto de los viejos dictadores, podría dar alguna sorpresa desagradable. Ello supondría perder por muchos años más la esperanza de que algo distinto y mejor es posible esperar de la política.

¿Demasiado pesimismo? Quizás, pero es que las misteriosas nubes de polvo que empiezan a preocupar a varias ciudades de Brasil podrían ser el triste simbolismo de una involución política llamada a contaminar hasta a las instituciones que deberían garantizar la democracia y la modernización del país.

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