Columna
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A golpe de consigna

La política sigue bajo el simplismo del impacto mediático. El PP lo tiene claro: darle dónde más duela al adversario, sin respeto alguno por la verdad

El líder del PP, Pablo Casado, interviene en una sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados, este jueves en Madrid.
El líder del PP, Pablo Casado, interviene en una sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados, este jueves en Madrid.Eduardo Parra (Europa Press)

La insoportable levedad de la política de consigna. El malestar crece, amplios sectores de las clases medias que eran las que daban estabilidad a la democracia viven en la frustración y el descontento, la brecha de las desigualdades se agranda. Cómo ha explicado el economista Miquel Puig en Los salarios de la ira, llevamos 45 años de estancamiento salarial para la mayoría, mientras las ganancias de una élite de directivos se disparan hasta límites irracionales. Y crece el autoritarismo posdemocrático, neoliberal en lo económico, autoritario en todo lo demás. Sin embargo, la política sigue bajo el simplismo del impacto mediático. El PP lo tiene claro: darle dónde más duela al adversario, sin respeto alguno por la verdad.

Los dos referentes de lo que fue el bipartidismo han reunido a sus gentes en una convención (PP) y un congreso (PSOE) con un mismo objetivo: agrandar el aura de sus jefes. De modo que el guion era fácil: todos con el presidente del partido. Cada una de las familias lo ha hecho desde las formas que le caracterizan. Con un paternalismo humillante, José María Aznar, quién llevó al PP a su cenit, le dijo a Casado que “serás presidente” y “además lo harás bien”. El resto de la tarea era un recital de los desastres del Gobierno y de los enormes peligros que hacen correr a España en manos de socios desleales y enemigos de la patria. Cualquier esfuerzo intelectual estaba contraindicado con el ejercicio.

En la misma Valencia, curioso efecto imán de la tierra del reformismo del presidente Puig, el PSOE hizo su congreso. Idéntico propósito: todos con Pedro Sánchez, un presidente que se ganó su legitimidad derrotando con el apoyo de la militancia a la vieja guardia que le había echado en una de las últimas celadas del bipartidismo añejo. Sin la carga castiza que viene acompañando al PP, la fiesta del PSOE tuvo acentos más aseados como corresponde al estilo Sánchez: la imperturbable búsqueda del momento de oportunidad. En medio de un festival de unanimidad, el presidente ha dejado un solo mensaje: la socialdemocracia, la recuperación de la etiqueta que el socialismo europeo abandonó arrastrado por el furor neoliberal. Una señal ambigua que le permite marcar identidad ante una derecha de vuelta al autoritarismo.

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No hay tregua. La política de consigna de la derecha intenta aprovechar todo lo que se mueve. Cuando Arnaldo Otegi hace por fin una enmienda a la totalidad al terrorismo de ETA, al PP se le ocurre proponer una resolución parlamentaria para “excluir de los pactos y de los acuerdos políticos promovidos desde el Gobierno a los partidos que no condenan explícitamente los crímenes de ETA e intentan legitimar su existencia”. Y lo hace un partido heredero directo del franquismo, que cuenta para gobernar con el apoyo de Vox que no ha condenado nunca los crímenes de la dictadura.


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