columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Reformar la precariedad

Contemplamos como espectadores indiferentes la enésima reforma laboral que se resolverá con otra década de migajas para que la próxima generación herede otra derrota amnésica

Yolanda Díaz (izquierda) y Nadia Calviño, durante una sesión de control al Gobierno en el Senado.
Yolanda Díaz (izquierda) y Nadia Calviño, durante una sesión de control al Gobierno en el Senado.Ricardo Rubio (Europa Press)

Somos hijos de muchas derrotas, muchas reformas laborales que fueron erosionando las condiciones de trabajo hasta llegar al presente. La generación mejor preparada ha acabado por ser la peor retribuida. Nos dicen que esto es consecuencia de la organización del mundo, que no había otro camino. Como si de las consecuencias de una catástrofe natural sin remedio se tratara. En realidad basta echar la vista atrás para ser conscientes de que cada batalla perdida por sindicalistas del pasado supone un peldaño hacia la derrota final de la guerra por la dignificación del trabajo. Yo me acuerdo de las huelgas generales, las calles de mi ciudad desiertas y empapeladas con carteles contra las empresas de trabajo temporal, el mundo detenido y la furia de los discursos y las proclamas. Éramos demasiado jóvenes para atender al desenlace de unos conflictos que no alcanzábamos a comprender, pero poco tiempo después pudimos comprobar sus consecuencias en el papel que nos tendían los empleadores: contratos de una hora por los que había que hacer cursos de prevención de riesgos que duraban 10. Uno detrás de otro. Así empecé yo a trabajar, así empezamos muchos. Y ahora aparece un hostelero en televisión quejándose indignado por la falta de personal: ¡es que la gente quiere hacer media jornada y cobrar 600 euros! ¿Dónde vamos a parar? Está claro que quienes están en paro es por pura vagancia.

La prueba de que la derrota se produjo hace mucho es que consideremos un logro subir el salario mínimo 15 euros mientras todo lo demás se encarece sin parar. Pero por no tener, no tenemos ni conciencia de clase. ¿No usamos todos los mismos smartphones? ¿No estamos todos suscritos a las mismas plataformas? ¿No compramos ropa de segunda mano como hacen los ricos para salvar el planeta? Entonces, ¿cómo vamos a considerarnos distintos? Clase obrera, qué concepto más obsoleto. Sin trabajo no hay obreros, sin obreros no hay consciencia de clase y sin conciencia de clase no hay movilizaciones. Por eso contemplamos como espectadores indiferentes la enésima reforma laboral que se resolverá con otra década de migajas para que la próxima generación herede otra derrota amnésica. Y les digan, de nuevo, que sin flexibilidad no hay empleo para que, otra vez, vuelvan a aceptar las migajas del pan para hoy preñado del hambre de sus hijos. Eso si se pueden permitir el lujo de tenerlos

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.
Suscríbete aquí

Inicia sesión para seguir leyendo

Sólo con tener una cuenta ya puedes leer este artículo, es gratis

Gracias por leer EL PAÍS
Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS