Elecciones en Chile
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

¿Qué se juega en Chile en las elecciones de este domingo?

Si la distinción entre el pueblo y la élite como clave para explicar los problemas de Chile favorece al Frente Amplio, el clivaje entre orden y desorden es propicio para la opción de José Antonio Kast

Seis de los siete candidatos a la presidencia de Chile participan el 15 de noviembre pasado del último debate televisivo, en Santiago de Chile
Seis de los siete candidatos a la presidencia de Chile participan el 15 de noviembre pasado del último debate televisivo, en Santiago de ChileESTEBAN FELIX (AFP)

Chile hasta octubre del año 2019 era el país más próspero y de mejores expectativas de la región. Poseía un manejo económico reconocido y una alta estabilidad institucional. Sin embargo, desde entonces -apenas 18 meses de haber elegido por segunda vez a un presidente de derecha, algo excepcional en su historia política- el país se ha visto envuelto en una atmósfera encendida de violencia y desasosiego ¿Qué pudo ocurrir para que lo que el presidente Piñera llamó un “oasis en la región” repitiera, o aparentara repetir, el ciclo habitual de malestar y desorden que, por desgracia, ha llegado a ser la marca registrada de la región?

Las respuestas que las candidaturas presidenciales dan a esas preguntas permiten prever lo que se juega en la elección de este domingo.

El Frente Amplio -este último en algún sentido un remedo de Podemos, aunque su líder Gabriel Boric no lleva coleta ni enseña en la universidad puesto que aún no se gradúa- ha sostenido que la modernización de Chile es, en realidad, una fantasía, un relato mendaz que oculta una forma de capitalismo individualista y abusivo que, a cambio de expandir el consumo inmediato, permite el enriquecimiento de una élite cicatera y egoísta, deteriora la cohesión y la solidaridad y, llegada la hora de la vejez y la enfermedad, desampara a las mayorías. Este punto de vista sugiere abandonar el modelo que hasta ahora ha seguido Chile y dar un giro que incremente con intensidad el papel del Estado, aumente para ello la carga tributaria y revise los acuerdos de comercio que Chile ha suscrito. En torno a estas ideas, y en alianza con el Partido Comunista, se arremolinan un conjunto de fuerzas políticas con marcado tinte generacional y alta sensibilidad hacia las identidades de toda índole, sexuales, étnicas, de género.

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Hasta ahora las encuestas -las que con todo hay que tomar cum grano salis- predicen que junto al candidato del Frente Amplio pasará al balotaje el candidato conservador. Este último es José Antonio Kast, un político formado a la sombra de los cuadros políticos de la dictadura que gobernó Chile entre 1973 y 1990. Kast representa en cuestiones culturales lo que Vargas Llosa llamaría una “derecha cavernaria”, alérgica a la diversidad sexual y familiar, a la agenda de género y al aborto. Su diagnóstico de lo que ha ocurrido en Chile apunta más bien a una crisis de autoridad. Resuenan en el discurso de Kast los viejos temas de la derecha: unidad nacional, respeto por la tradición, disminución del papel del Estado ¿Qué explica el alza que en los últimos sondeos experimentó hasta situarlo a las puertas del balotaje? Como suele ocurrir, han sido la violencia y el desorden de la protesta (que el Frente Amplio justificó y que hoy se muestra tímido en condenar) lo que ha movido a los grupos medios a moverse a su sombra en busca de seguridad.

Si la distinción entre el pueblo y la élite como clave para explicar los problemas de Chile favorece al Frente Amplio, el clivaje entre orden y desorden es propicio para la opción de José Antonio Kast.

Hay otras dos candidaturas competitivas - ya se dijo que esto de las encuestas hay que tomarlo con cuidado, como quien toma pequeñas dosis de veneno- que son las de Yasna Provoste por la centroizquierda y la Sebastian Sichel, por la centroderecha.

El caso de Provoste -la única mujer en competencia- es digno de análisis. Se hizo de la candidatura promoviendo “mínimos comunes” entre el Gobierno y la oposición y en los últimos debates ha enfatizado ser parte de las fuerzas políticas que impulsaron la modernización (la “coalición más exitosa de la historia” dijo entonces). El problema es que apenas anteayer casi coincidía con las tesis de más a la izquierda y, en vez de enorgullecerse, abjuraba de los logros de los últimos treinta años ¿Alcanzará esa declaración tardía a atraer en torno suyo al electorado moderado, aquel que no cree que los últimos treinta años fueron un fraude? Lo más probable es que no. El socialismo y la Democracia Cristiana se han declarado muchas veces avergonzados de lo que hicieron como para que, a estas alturas, el orgullo que declaran sea digno de crédito.

Sebastián Sichel es el candidato independiente que ganó las primarias de la derecha. En torno a él se agrupan los sectores más liberales. Posee una agenda liberal en la esfera de la cultura, y ha subrayado que para los próximos años no hay atajos y que el gradualismo es el único camino para atender las demandas sociales -especialmente en vejez y enfermedad. Su error -que le ha significado una baja en las encuestas frente a Kast- fue acentuar su historia de vida plagada de meritocracia, más que una agenda de cambios. Con todo, en la última semana ha mejorado su desempeño y es probable que si no pasa el balotaje al menos pueda influir en la agenda de Kast evitando lo cavernario de esta última.

¿Qué se juega en todo esto? Los momentos de crisis pueden ser leídos como un fruto del éxito modernizador o como la prueba flagrante de su fracaso. Sichel se sitúa en la primera alternativa, Boric y Provoste en la otra. Las consecuencias de ello son obvias: corregir las patologías de la modernización chilena o, en cambio, modificar el rumbo.

¿Y el resto de los candidatos? Bueno, los que restan carecen de la posibilidad de pasar al balotaje. Marco Enriquez Ominami, un político socialista, narcisista e histriónico como pocos, postula por cuarta vez y amenaza con convertir la candidatura presidencial en su profesión. Franco Parisi es un candidato a la distancia que postula desde Estados Unidos, donde se encuentra sin poder ingresar a Chile porque adeuda ingentes pensiones alimentarias a los hijos que dejó acá. Y está Eduardo Artés, un profesor de básica cuyo héroe es Stalin y cuyo modelo, no exagero, es Corea del Norte.

Estos últimos candidatos son, sin embargo, un cable a tierra: muestran que, a pesar de la modernización, el realismo mágico tan benéfico en la literatura latinoamericana sigue siendo el vicio político de la región. Y del que, a pesar de todos sus progresos, Chile no logra exonerarse del todo.

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