Columna
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¿Cómo han perdido los adultos de hoy su instinto de supervivencia?

La negación sincera y generalizada puede ser una adaptación a la emergencia climática

Una parte casi seca en las orillas del lago Titicaca.
Una parte casi seca en las orillas del lago Titicaca.JUAN CARLOS CISNEROS

Negacionismo es una palabra que se ha instalado en el léxico mundial, popularizada por negacionistas profesionales que han sido elegidos presidentes. El problema es que el negacionista es siempre el otro. El problema aún mayor es que la mayoría de la población mundial es negacionista, incluso aquellos que están seguros de no serlo. No basta con aceptar la obviedad de la emergencia climática, eso es fácil. Si el negacionismo de neofascistas como Donald Trump y Jair Bolsonaro es calculado, solo puede realizarse gracias al negacionismo sincero, el de base, que aqueja a la mayoría de la población e incluso a científicos, periodistas y pensadores. Debemos considerar el negacionismo como algo mucho más profundo, que puede llevarnos a la extinción como especie, al anular nuestro propio instinto de supervivencia.

En este momento, la tierra ya se ha calentado 1,1 grados. La COP26 demostró que, con estos gobernantes, difícilmente podremos detener el calentamiento global en 1,5 grados o incluso en 2. Cada medio grado más empeora las condiciones de nuestra vida en el planeta. Las generaciones actuales se enfrentan al mayor desafío de la trayectoria humana: una minoría dominante está cambiando el clima y la morfología del planeta, amenazando al conjunto de los humanos con la extinción. ¿Qué puede ser peor que eso?

Nada. Y, sin embargo, la mayoría vive como si hubiera un mañana. Si el negacionismo no estuviera tan arraigado, ninguna persona estaría pensando en otra cosa desde que se levanta hasta que se va a dormir (quienes aún consiguen dormir), excepto en impedir que gobiernos, multimillonarios y sus empresas transnacionales sigan destruyendo nuestra casa-planeta. Y, sin embargo, la mayoría hace de la emergencia climática un tema paralelo. Por eso la desesperación de los adolescentes, que se ven obligados a convertirse en activistas del clima para contrarrestar el negacionismo de los adultos. Gritan que la casa está en llamas y reciben de vuelta las miradas indiferentes de padres y maestros que hablan de cosas amenas mientras las llamas ya lamen el sillón donde están sentados.

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Mi hipótesis es que el negacionismo —el sincero, no el calculado— es una adaptación a la emergencia climática. La gente siente la corrosión del planeta en sus huesos, las crisis de ansiedad alcanzan el nivel de contagio, el insomnio se propaga. Sin saber afrontar lo que les aterra desde dentro, viven como si la catástrofe en curso no existiera. Este recurso garantizaría la supervivencia inmediata, protegiendo mediante la negación a un cuerpo incapaz de abarcar la magnitud de la amenaza. Los instintos de supervivencia que deberían generar acción se anulan para evitar el colapso inmediato de este cuerpo y, a la inversa, asegurar la supervivencia subjetiva. A la vez, al suprimir los instintos que llevarían a la acción, compromete la supervivencia efectiva no solo del individuo, sino de la colectividad. Descubrir cómo romper este mecanismo que nos lleva a la autoaniquilación por inacción es nuestra mayor urgencia.


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