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El pueblo español, emérito

A veces conviene sacudir las palabras como si fueran una cortina para moscas para que entre la verdad

El rey Felipe, sus hijas y don Juan Carlos, en Palma de Mallorca.
El rey Felipe, sus hijas y don Juan Carlos, en Palma de Mallorca.Cati Cladera (EFE)

Hay palabras que se vuelven tan rutinarias que las usamos sin pararnos a pensar. Sucede con motes, tópicos o calificativos que seguimos aplicando aunque haya prescrito su valor. Fernando VII, por ejemplo, era conocido como El Deseado hasta que los españoles que aún estaban aplaudiendo su regreso empezaron a percatarse de que con él volvió el absolutismo, la venganza, la muerte y la represión. Pasó a la historia como El Felón. Ni los españoles dormimos tanta siesta, ni vamos casi a los toros, ni estamos todo el día de fiesta. A veces conviene sacudir y despejar las palabras como si fueran una cortina para moscas para que entre la verdad, aunque se cuele alguna de ellas.

Ahora puede ser el caso de la palabra “emérito”, que hemos aprendido a asociar al rey abdicado con toda docilidad, sin cuestionamientos, cuando tal vez su definición va a acabar siendo más apropiada para nosotros, el pueblo, los súbditos o ciudadanos o como nos queramos llamar, que a estas alturas nos vamos mereciendo algún título o tratamiento honorífico que recompense el aguante demostrado.

Emérito es quien “se ha jubilado y mantiene los honores y alguna de sus funciones”, dice la RAE. En la Roma antigua se aplicaba a los soldados que habían cumplido y disfrutaban de la recompensa debida a sus méritos. Y veamos: el pueblo español aún no se ha jubilado, cierto, aunque a veces no le faltan ganas, pero tiene méritos de sobra. ¿O es que no hemos cumplido pagando impuestos sin tener cuentas en Suiza, trabajando cuando nos dejan, votando y volviendo a votar sin que los escándalos minen el tesón con que volvemos a elegir a los gobernantes tuiteros una y otra vez? Y, sin embargo, el adjetivo se lo ha llevado un señor comisionista que mientras nos vendía una imagen de estampa familiar ejemplar manejaba cuentas, transferencias, amantes y millones con una voracidad que aún contamina a su heredero y a nosotros.

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Todo esto es irónico, claro, pero lo que no es irónico es lo que está en juego. Esto va en serio. Cuando Mariano Rajoy, cuyo partido se especializó en prácticas mafiosas bajo su mando, asegura que al rey Juan Carlos no se le ha hecho justicia, igual se está refiriendo a él. Tenía un gerente corrupto con poderes plenipotenciarios, su Gobierno puso supuestamente a las fuerzas de seguridad que pagamos usted y yo a espiarle para que no se fuera de madre y ahora nos da lecciones. En fin. Nosotros sí que somos eméritos.

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Sobre la firma

Berna González Harbour

Escribe en Cultura, es columnista en Opinión y analista de ‘Hoy por Hoy’, además de responsable de la newsletter EL PAÍS de la mañana. Ha sido enviada en zonas en conflicto, corresponsal en Moscú y subdirectora al frente de varias secciones. Premio Dashiell Hammett por 'El sueño de la razón', su último libro es ‘Goya en el país de los garrotazos’.

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