Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Demócratas

Las dudas que suscita la cumbre convocada por Biden van más allá de sus contradicciones. Su propósito es sacar compromisos tangibles de los países asistentes

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, en Kansas City, Misuri, este miércoles.
El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, en Kansas City, Misuri, este miércoles.JONATHAN ERNST (Reuters)

La lista de invitados dice mucho de una fiesta y también de quien la organiza. Por eso despista el criterio de Estados Unidos para convidar a 110 países a su Cumbre por la Democracia, que termina este viernes y está siendo en formato virtual por la pandemia. No contaron con Turquía, pero sí con Filipinas, República Democrática del Congo y Angola, países a los que el índice Freedom House pone a la cola de gobiernos democráticos. De la Unión Europea está Polonia, que tiene que pagar un millón de euros al día por recortar la independencia de sus jueces, pero no Hungría. ¿Dónde está el rasero? Lo único previsible ha sido incluir a Taiwán para darle a China, el mayor rival de Estados Unidos, donde más le duele.

Pekín se lo esperaba. Lleva semanas diciendo que la cumbre es una pantomima y que los políticos estadounidenses hacen lo que sea con tal de ser elegidos. Tanto Rusia como China apuntan a un argumento cierto, y es que la democracia estadounidense está en horas bajas para dar lecciones. Pero de ahí pasan a defender que hay tantas democracias como circunstancias y todas son válidas. Xi Jinping ha cambiado la Constitución china para mantenerse en el poder indefinidamente. Putin, tres cuartos de lo mismo: ha firmado una ley para gobernar hasta 2036.

La Casa Blanca dice que pretende sacar compromisos tangibles de los asistentes a su cumbre y frenar los 15 últimos años de declive democrático en el mundo. Dos tercios de la población viven en democracias en retroceso o en regímenes autoritarios, según el Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral. Pero ya existen declaraciones a favor de los derechos humanos, y no se cumplen; un comunicado más no añadirá gran cosa. Lo que falta, como señala el profesor de Georgetown Anders Åslund, es una organización internacional creíble que sirva para construir el Estado de derecho: “Con demasiada frecuencia, los reformadores honestos llegan al poder durante un período breve, pero reciben pocos consejos relevantes de la comunidad internacional sobre la democracia o el Estado de derecho, y fracasan”, escribe Åslund.

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.
Suscríbete aquí

Pensando de manera constructiva, en un momento de crisis migratoria provocada por Bielorrusia y de expectación por el despliegue ruso en Ucrania, ha sido interesante invitar a Polonia y obligarla a significarse. Varsovia podría haber sido solidaria con Budapest (ambos son miembros del Grupo de Visegrado) y negarse a participar porque a Viktor Orbán no lo habían invitado, pero no lo ha hecho. Para cuestiones de seguridad son mucho más atlantistas que europeístas.

Las dudas que suscita esta cumbre van más allá de sus contradicciones. Las democracias suelen tener intereses opuestos, y no siempre pueden oponerse a las autocracias, o no en todos los asuntos. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética necesitaban erradicar la viruela. Hoy sin China no se entiende la lucha contra el cambio climático ni contra el coronavirus.


Regístrate gratis para seguir leyendo

Sobre la firma

Ana Fuentes

Periodista. Presenta el podcast 'Hoy en EL PAÍS' y colabora con A vivir que son dos días. Fue corresponsal en París, Pekín y Nueva York. Su libro Hablan los chinos (Penguin, 2012) ganó el Latino Book Awards de no ficción. Se licenció en Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid y la Sorbona de París, y es máster de Periodismo El País/UAM.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS