BRASIL
Columna
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Los jóvenes brasileños descubren el libro de papel

Sorprenden las cifras de asistencia a la Bienal del Libro de Río de Janeiro cuando tenemos un presidente que desprecia la cultura. “Yo no leo libros. Hace tres años que no leo nada”, dijo recientemente Bolsonaro

Una joven enseña varios libros en la Bienal del Libro de Río de Janeiro 2021.
Una joven enseña varios libros en la Bienal del Libro de Río de Janeiro 2021.BIENAL DEL LIBRO RÍO

La tradicional Bienal del Libro de Río de Janeiro, que acaba de celebrar su vigésima edición, ha sido una sorpresa para sus organizadores y para la sociedad en general porque ha desmentido muchos de los mitos actuales, como el de que a los jóvenes ya no les entusiasman los libros de papel. Ellos serían solo hijos de la era digital.

Sorprenden los números de esta Bienal, la primera que se celebra de manera presencial y virtual. A pesar de que no era fácil acceder al lugar de la feria, en el barrio de la Tijuca, acudieron presencialmente 250.000 personas, el 80% jóvenes de edad entre 18 y 25 años. Fueron vendidos dos millones de libros. “Las ventas fueron sorprendentes”, comentó feliz Marcos Veiga Pereira, del SNELL (Sindicato Nacional de Editores de Libros). Hubo más de un millón de personas que asistieron a los actos presenciales con los autores.

La Bienal fue seguida virtualmente por 750.000 personas, la mayoría jóvenes. Todos los autores subrayan el “entusiasmo de las personas al tocar el libro físico” y de poder conocer a los escritores personalmente. Uno de los espacios más visitados fue el dedicado a los nuevos títulos de la literatura LGBTI.

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A la Bienal asistieron 70.000 estudiantes de las escuelas públicas con sus 5.000 profesores. Las cifras no dejan de llamar la atención porque Brasil vive un momento trágico en la cultura provocado por un presidente, Jair Bolsonaro, que no le da importancia al conocimiento e incluso lo desprecia. Hace unos días, Bolsonaro dio una muestra más del poco aprecio que le profesa a la cultura y sobre todo a la lectura. Conversando con un grupo de sus seguidores más fanáticos, uno de ellos le ofreció un libro. El presidente lo rechazó y dijo: “Yo no leo libros. Hace tres años que no leo nada”. De hecho habla y escribe mal hasta en portugués. Sobre los libros y su fuerza cultural han opinado todos los grandes pensadores desde la antigüedad. Es unánime y significativo el odio a los libros y a la cultura de todos los tiranos de la historia. La célebre frase del poeta alemán Heinrich Heine “allí donde se queman a los libros se acaba quemando a los hombres”, como en las hogueras hechas con libros que precedieron el Holocausto, se abraza hoy con la de Vargas Llosa cuando afirma que “aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida”.

Los jóvenes de hoy que se entusiasmaron con la Bienal del Libro de Río y parecen haber descubierto la tactilidad del libro de papel, tal vez en unos años no puedan tocar un ejemplar porque el papel podría dejar de existir, pero nunca van a olvidar la felicidad de acariciar el libro físico, de pedirle un autógrafo a su autor. Y sobre todo del placer de la lectura que ensancha su mente y permite descubrir los pliegues más ocultos del alma humana.

Nunca olvidaré que mi padre, que fue maestro rural en Galicia, España, en los tiempos de escasez de la posguerra, donde los niños, entre ellos mis dos hermanos menores y yo, teníamos un solo libro para toda la primaria, nos reunió al lado de su cama para darnos su último consejo. Eran tiempos en los que se iba a la cárcel o sea era fusilado no por ser criminal sino por las ideas contrarias al dictador. “Cuando seáis mayores, vosotros ya tendréis muchos libros”, nos dijo, y añadió: “No olvidéis nunca que hasta en la cárcel se es menos infeliz si os gusta leer”.

Mi padre, que se inventaba los test de inteligencia y nos daba la mayoría de las clases en la calle, acabó castigado por el régimen franquista a varios meses sin sueldo porque decían que los niños que salían de su escuela rural para hacer la secundaria, “hacían demasiadas preguntas” a los profesores, en vez de escuchar en silencio.

Sí, los libros, la lectura, la reflexión, la curiosidad por el saber son el eje de nuestra riqueza cultural, cada día más despreciada en un mundo acosado por la nefasta cultura de las fake news y del aplauso a la vulgaridad, proclamada por las políticas negacionistas que se nutren en las alcantarillas de la ignorancia.

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