Editorial
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Camino autoritario en Túnez

La propuesta de Kais Said de elaborar una nueva Constitución persigue su perpetuación autocrática en el poder

El presidente tunecino, Kais Saied, durante su visita a Sidi Bouzid (Túnez), el pasado 20 de septiembre.
El presidente tunecino, Kais Saied, durante su visita a Sidi Bouzid (Túnez), el pasado 20 de septiembre.Slim Abid (AP)

El camino autoritario está trazado. Debería culminar el 25 julio de 2022, cuando los ciudadanos de Túnez serán convocados a un referéndum para ratificar la nueva Constitución promovida por Kais Said, el actual presidente. Un comité de juristas, nombrado naturalmente por el propio Said, se encargará de redactarla, siguiendo las indicaciones de quien ejerció de profesor de Derecho Constitucional hasta su elección como presidente en octubre de 2019.

Desde su toma de posesión, no tardó ni un año en acaparar todos los poderes, tras destituir al primer ministro, suspender las actividades del Parlamento y gobernar por decreto, vulnerando abiertamente la Constitución de 2014, la más aperturista y democrática de la geografía árabe, elaborada trabajosamente durante tres años por la asamblea constituyente elegida tras la Revolución del Jazmín que derrocó al dictador Ben Ali. El pasado día 13, anunció sus planes para el futuro, que incluyen la suspensión del Parlamento durante un año más, hasta el 17 de diciembre, fecha para la que ya ha anunciado unas elecciones legislativas anticipadas.

Apenas año y medio después de su golpe constitucional, Said intentará instalarse como dictador permanente, pero el camino trazado puede tropezar fácilmente con serios obstáculos. La economía tunecina, prácticamente estancada desde 2011 —un 0,8% de crecimiento anual de promedio—, se ha hundido todavía más con la pandemia. Los fracasos políticos y económicos de la pasada década democrática han sido el escabel sobre el que se ha subido este solitario ejemplar del populismo autoritario, pero las dificultades actuales de Túnez ya le pertenecen en su integridad.

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El éxito de la transición democrática, la elaboración de una Constitución tan avanzada y feminista en el contexto árabe o la participación del islamismo político en la vida parlamentaria convirtieron a Túnez en un ejemplo y una excepción, pero no pudieron con la pobreza, la corrupción, la desigualdad y, sobre todo, la decepción de los ciudadanos por los escasos resultados de la revolución democrática en la mejora de sus vidas. Así es como Said, de ideas económicas desconocidas o nulas, ha contado con la popularidad en la calle y, sobre todo, con el apoyo de la Unión General de Trabajadores de Túnez, la poderosa central sindical que cuenta con más de un millón de afiliados, sobre 11 millones de habitantes, en su mayoría empleados o asalariados de las administraciones.

Ahora mismo, Said se encuentra con el dilema de complacer al sindicato con aumentos salariales a los funcionarios y un incremento del salario mínimo o atender las demandas de rigor exigidas por el FMI para concederle las ayudas que necesita. Este peculiar presidente cuenta con simpatías entre los regímenes autoritarios vecinos, notablemente las monarquías árabes, mientras crece la preocupación entre los socios y aliados de la Unión Europea, especialmente por la facilidad con la que encaja con los planes del cada vez menos sutil expansionismo chino.


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