tribuna
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Apropiación cultural

Si las características propias de cada cultura solo pueden ser utilizadas con legitimidad por quienes a ella pertenecen, ¿no negamos lo que de específico tiene?

Camila Cabello acepta el premio al video del año que le entrega Madonna durante los MTV Video Music Awards 2018.
Camila Cabello acepta el premio al video del año que le entrega Madonna durante los MTV Video Music Awards 2018.Kevin Mazur

El 3 de marzo de 1989, se estrenó en MTV el vídeo promocional de la conocidísima canción de Madonna Like a Prayer. En él, una atractiva Madonna de escaso vestido salva a un joven afroamericano detenido injustamente y transmutado en una suerte de santo o cristo; cruces del Ku Klux Klan ardiendo, interior de una iglesia con cantos góspel, frases litúrgicas, estigmas y beso del santo/cristo negro. Frente al éxito multitudinario de la canción, ensalzada por el mundo de la música y por el público, la Iglesia católica y grupos cristianos conservadores iniciaron un feroz ataque, Juan Pablo II la prohibió en el Vaticano y alentó una campaña en su contra. Ante el boicot a las empresas que se anunciaban, finalmente Pepsi Cola abandonó el patrocinio de la gira.

Treinta años más tarde, en el homenaje a Aretha Franklin de los premios MTV, Madonna aparece con un atuendo bereber, múltiples collares y pulseras, unas trenzas rubias y habla durante 10 minutos comparando su origen y problemas con los de Aretha. Esta vez las críticas que recibe son, fundamentalmente, por su afán de protagonismo, pero ―y esto es lo relevante― también por haber adoptado una estética racializada que no le pertenece, por “apropiación cultural”. Si en el primer caso son los conservadores religiosos los que la atacan mientras los izquierdistas ateos y multiculturales la celebran, esta vez será la izquierda woke quien la vilipendie.

El ejemplo es traído a cuento por Caroline Fourest en su libro Generación ofendida. De la policía cultural a la policía del pensamiento, donde glosa el auge de las críticas por apropiación cultural.

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En el vídeo de Like a Prayer, el relato racista, con fondo góspel y detenido/santo/cristo negro, no fue entendido como apropiación cultural de una cantante blanca, sino como transgresora crítica al racismo con relectura multicultural y atrevida puesta en escena de símbolos cristianos. Treinta años más tarde, la utilización por la misma artista de un atuendo étnico sí que se considera intolerable. El trenzado del cabello en mujeres blancas representa también una ofensa. No solo Madonna; igualmente la cantante Katy Perry tuvo que disculparse por haber puesto en Instagram una foto suya con trenzas rubias, cuyo color, además de apropiación cultural de los peinados africanos, ponía más en relieve “sus privilegios de mujer blanca”.

Actualmente, en Estados Unidos, fiestas de disfraces, de cumpleaños, celebraciones con comida propia de algún país, negocios que comercialicen productos que no sean identitariamente autóctonos pasan por el cedazo de la apropiación cultural, son denunciados, atacados, masacrados en redes sociales y obligados a excusarse. Basta que una persona sienta que se arranca un trozo de su identidad para que la sociedad norteamericana se apreste a pedir perdón. ¿Cuál es la medida exacta de la defensa de la propia identidad y cuál es el despropósito del gueto? Si lo propio de cada cultura solo puede ser utilizado con legitimidad por los que a ella pertenecen, ¿no negamos lo que de específico tiene la cultura: la comunicación, el intercambio, el cosmopolitismo al fin? Si los usos, los atuendos, las costumbres son intransferibles, ¿con qué razón criticaremos la imposición del burka o la mutilación genital, al formar parte de “su cultura”? En justo retorno a los orígenes, el inglés debería ser prohibido en Norteamérica, y tanto al Norte como al Sur del continente sólo deberían hablarse las lenguas indígenas. Y nosotros, aquí en España, ¿habríamos todos de revestirnos con nuestros trajes regionales para reivindicar nuestra autenticidad? Nada quedaría de la cultura en sí misma: la música, con su fusión de estilos debería proscribirse; los restaurantes de cocinas exóticas habrían de prescindir de los cocineros que no fueran nacidos en el país. Yo misma, como valenciana, me vería en la tesitura de denunciar a todos aquellos que fuera de las fronteras de Valencia se atreven a hacer paellas. Los hispanistas serían despedidos de sus puestos por meter las narices en un país que no es el suyo. E incluso el aprendizaje de idiomas se vería con prevención. Puestos a ello, para evitar contaminaciones, lo mejor sería que cada población no saliera de su territorio, desde instituciones para preservar la identidad cultural se arbitrarían medidas para retornar a todas las poblaciones a su lugar de origen. Esta visión distópica no es sino la conclusión lógica de los postulados de la lucha contra la apropiación cultural. ¿Hay alguna diferencia entre la pureza de la identidad cultural y la pureza racial? ¿Entre la negación de la apropiación cultural y el racismo?

Mientras los sexos son generalmente claros en las especies, macho y hembra, las razas son un gradiente de mestizaje y lo mismo les pasa a las culturas. Necesitamos construir nuestras identidades y frenar todo entrismo que nos disuelva. Quienes no pertenecen a alguna de las identidades que nos constituyen, a la cultura comunitaria que nos define, no pueden ser sus portavoces o sus líderes, pero pueden ser cómplices, amigos, estudiosos, difusores…

Después de todo, lo que en los otros nos atrae es precisamente la diferencia.

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