OFENSIVA DE RUSIA EN UCRANIA
Columna
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El abejorro

Esta Semana Santa, con millones de personas abandonando sus casas deprisa y corriendo, no habrá Domingo de Resurrección. Será toda ella un dolorido Viernes Santo

Un soldado ucraniano entre tanques destrozados, en una calle de Bucha (Ucrania), este abril.
Un soldado ucraniano entre tanques destrozados, en una calle de Bucha (Ucrania), este abril.Felipe Dana (AP)

Sentado en mi pequeño jardín, respiraba los primeros aires de este otoño tropical brasileño. El rumor denso de las olas del Atlántico se mezcló con el zumbido sordo de un abejorro que empezó a revolotear alrededor de mi cara. Temí por un instante que pudiera picarme. Acabó aterrizando hasta colocarse en mis pies. ¿Quién ha dicho que, según la aerodinámica, los abejorros no podrían volar?

Del volcán de mis instintos más primitivos se despertó el deseo de aplastarlo con mi pie, pero en ese momento empezaron a resbalar por mi conciencia las imágenes sangrientas de la guerra en las calles de Ucrania, donde personas de todas las edades, también tantos niños inocentes, yacen muertas aplastadas como insectos.

Miré a mi abejorro, que cargaba el polen para engendrar nueva vida y me avergoncé de haber querido aplastarlo con mi pie. Fue ayer, Domingo de Ramos, inicio de la Semana Santa de este año doblemente ensangrentada por una guerra sin sentido que cubre de lágrimas y dolor inútil a un país en cuyo cielo, ayer todavía, en vez de los aviones de guerra, revoloteaban las aves pletóricas de alegría.

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Como una tormenta que se crea en segundos, la nueva guerra en Europa está descargando los peores instintos del Homo sapiens y ha ofuscado al mundo con sus rayos de fuego. Y así, esta Semana Santa de pasión en Ucrania y en el planeta, con millones de personas abandonando sus casas deprisa y corriendo sin saber dónde aterrizarán, no habrá Domingo de Resurrección. Será toda ella un dolorido Viernes Santo.

La muerte, el Tánatos, esta vez, contra la teoría de Freud, está venciendo al Eros, a la felicidad y a la vida. Y es que la guerra es el símbolo más gráfico del absurdo. Así, las calles de Ucrania sembradas de cadáveres, donde ayer corrían libres la alegría y la vida, son el espejo donde debemos mirarnos y preguntarnos, sin mentirnos a nosotros mismos, si preferimos apostar por la vida o por la muerte. Las ideologías son solo entelequias que nos creamos para disimular nuestros peores instintos de violencia y nuestros desenfrenos de poder.

Y con esos pensamientos de zozobra y a la vez de esperanza, de nuevos días de paz, me sentí feliz por un instante de no haber aplastado con mi pie al abejorro de mi jardín. Para él sí va a haber una Pascua de Resurrección en la que las campanas anuncien que la vida seguirá siendo más fuerte que la muerte y que la paz acabará imponiéndose a los zarpazos absurdos de la guerra.

Y es que quizás, más que en los momentos de alegría, sea en las profundidades del dolor y en los abismos de la desesperanza, donde se forjan los mejores presagios para quienes tomarán el relevo de nuestras vidas.

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