tribuna
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Redes de resistencia

El modelo corporativo de Alemania dependía para su supervivencia de unas relaciones estrechas con Rusia. ¿Y ahora qué?

Fábrica de turbinas para plantas de gas de Siemens, en una imagen de enero de 2010 en Berlín.
Fábrica de turbinas para plantas de gas de Siemens, en una imagen de enero de 2010 en Berlín.Sean Gallup (GETTY)

Para entender por qué Alemania actúa como lo hace, escuche el mejor consejo que le han dado a un periodista: siga el dinero. La política exterior de Alemania responde a su modelo industrial-corporativista. Los políticos del SPD que se han hecho amigos de Vladímir Putin y Serguéi Lavrov no lo hicieron para expiar la culpa de guerra de Alemania. Si ese fuera el caso, ¿por qué han ninguneado a Polonia, las Repúblicas Bálticas y, en particular, Ucrania? Les interesan el dinero y el poder. Así de sencillo.

El resumen de lo que ha pasado aquí es que estos políticos actuaron como representantes de una arraigada red de contactos industriales alemanes y rusos. En una ocasión describí la relación entre Alemania y Rusia como la más estratégica de Europa. Rusia y China son esenciales para el funcionamiento del modelo económico alemán. Rusia es el proveedor de materias primas y energía del cual ha llegado a depender la industria alemana. China se ha convertido en su socio comercial favorito y en el destino preferido de las inversiones alemanas.

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El modelo industrial de Alemania es también la principal razón por la que la UE funciona mal en tantos niveles. Mientras Alemania mantenga una política exterior neomercantilista, subordinada al interés de su sector de fabricación, no hay forma de que la UE pueda desarrollar jamás una política exterior estratégica. El neomercantilismo conlleva grandes y persistentes superávits comerciales. A los neomercantilistas les gusta un tipo de cambio estable que les permita obtener una ventaja competitiva mediante la reducción de los costes salariales. Entrar en una unión monetaria era compatible con la mentalidad neomercantilista. Pero los neomercantilistas se oponen a una unión económica total. Para que una relación económica especial como la que se mantiene con Rusia funcione, tiene que ser, para qué engañarse, especial y exclusiva.

En el marco de la estrategia neomercantilista, Alemania logró contrarrestar la tendencia mundial a la disminución de la participación de la industria manufacturera en el PIB. En el Reino Unido y Francia, el sector de la fabricación representa solo el 9% del PIB. En Alemania es el doble. El gobierno anterior incluso pretendía aumentar ese porcentaje. La razón por la que Alemania logró resistir esta tendencia es la relación especial con Rusia y China, y las crisis de la zona euro que aumentaron la competitividad de Alemania gracias a un tipo de cambio infravalorado.

El principal impulsor de esta relación no es Gerhard Schröder ni ningún otro político, sino la industria alemana. Su principal representante es la Asociación Empresarial de Alemania Oriental, uno de los grupos de presión más influyentes de Europa. En Alemania desempeña un papel igual de importante que la Asociación Nacional del Rifle en Estados Unidos. Ha comprado a políticos y partidos políticos enteros. Es el único grupo de presión que conozco que tenga el poder de decidir la política exterior de un país occidental avanzado.

El propio Olaf Scholz no era un actor central en la red alemana de Rusia. Además, es más crítico con China que su predecesor. Pero es un neomercantilista de pleno derecho. Esto suscita la pregunta de cómo es posible que Alemania siga un modelo corporativista sin las relaciones que lo hicieron posible. Me parece que no se lo ha pensado bien.

Martin Brudermüller, director de BASF, una empresa situada en el corazón de la trama rusa, advertía en una entrevista de que un embargo del gas destruiría la economía alemana. Esto entra en la categoría de declaraciones que suenan más plausibles en alemán que en inglés. La razón es que el idioma alemán emplea la misma palabra para referirse a los negocios y a la economía: *Wirtschaft*. Aquí va una versión más precisa de la advertencia de Brudermüller: [el embargo del gas] podría destruir la industria manufacturera alemana y desencadenar un cambio en la especialización dentro de la economía que tendría que haberse producido hace tiempo. Pero no, no mataría a la economía alemana.

Scholz hace caso a gente como Brudermüller. Es una lástima. Esto nos dice que Alemania no está realmente abrazando una nueva era como Scholz ha dado a entender. Lo que ocurre, en cambio, es que Alemania está entrando en una zona crepuscular, en la antesala de una nueva era que aún queda lejos.

Si seguimos la pista del dinero más allá, descubriremos que los sectores de la fabricación alemanes están financiadas por los ahorradores alemanes, por medio de las cajas de ahorros y las compañías de seguros como intermediarios. Así es como encaja todo. Los legendarios excedentes de ahorro del país sirven para financiar una industria supercompetitiva.

Naturalmente, este modelo es insostenible. Insostenible significa que acabará de una forma u otra. Ahora mismo, lo que estamos viendo es un país en estado de negación, la primera de las cinco etapas del duelo.

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