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Eterna victoria

Vivimos en la era de la tiranía sin tiranos, donde el sistema democrático puede servir para implantar el autoritarismo sin trauma estético

Varios carros de combate en el desfile del Día de la Victoria en Moscú, el pasado 9 de mayo.
Varios carros de combate en el desfile del Día de la Victoria en Moscú, el pasado 9 de mayo.YURI KOCHETKOV (EFE)

La victoria casi siempre anula cualquier atisbo de crítica. Se gana y, por lo tanto, se acierta. A nadie le importa cómo se ha logrado, la nobleza del proceso, ni las virtudes sobre las que se asienta. Ganar es el mejor negocio en un mundo cínico y resultadista. Por eso sorprendió tan poco el desfile de la Victoria por el que Rusia se apropia del sacrificio de quienes lucharon desde la órbita soviética contra el nazismo. Y además lo hace con el estilo idéntico de casi todas las conmemoraciones históricas, utilizando las virtudes del pasado para sustentar las infamias del presente. La nostalgia de unos tiempos falseados no es patrimonio único de la Rusia actual, es un experimento de seducción masiva que acapara votos en todas las naciones. Fue lo grotesco de la campaña electoral francesa, en el que una supuesta reconquista de la grandeza caducada, sin salpicaduras del colonialismo y el racismo, acoge todas las críticas posibles al tiempo actual. Si sucede en democracias consolidadas es porque vivimos en la era de la tiranía sin tiranos, donde el sistema democrático puede servir para implantar el autoritarismo sin trauma estético. Lo acabamos de ver en Filipinas, donde los votantes han reelegido a la saga Marcos, y se suma a los Bolsonaro y Orbán en el desafío a la esencia de la democracia desde dentro.

Ahora nos preguntamos cómo es posible que Vladímir Putin se sentara en todos los foros de poder mundial sin que nadie percibiera ese hambre desatado por recuperar el territorio imperial. Si su mandato se extiende según su plan, alcanzará los 36 años de poder continuado, bajo la sofisticación de un aparente sistema democrático vacío de esencia, pues sin separación de poderes, alternancia y prensa libre lo que hay es otra cosa, por mucho que se llame con el nombre hermoso de soberanía popular. Incluso cuando algunos sopesan denunciarlo al Tribunal Penal Internacional, muy pocos afean a Estados Unidos no reconocer ese tribunal de justicia universal. Un reconocimiento que también evita Israel, que en estos días ha vuelto a ser noticia por la impunidad con la que ha respondido a la muerte de la periodista Shireen Abu Akleh cuando hacía su trabajo en mitad de los enfrentamientos en Yenín. Según su compañero, también herido por los disparos, fueron un blanco seleccionado por los disparos israelíes. Muy probablemente se sumará a la impunidad que los españoles tan bien conocen por el caso del periodista José Couso, entre otros muchos.

Todo conflicto bélico, incluso la latente narcoguerra latinoamericana, se erige en una amenaza contra el periodismo. Y, por supuesto, tampoco se priva de atentar contra la población civil que es masacrada impunemente o es obligada a desplazarse de su hogar hacia un mundo casi siempre hostil con el necesitado y sumiso con el poderoso. Las instituciones de control están presididas por los países más musculados y, por tanto, las acciones de justicia reparadora casi siempre se emprenden contra el insignificante y el derrotado. El mejor ejemplo es ver sentada a Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU, vetando cualquier resolución contra sí misma. Este es el condimento de un espectáculo desasosegante en el que algunos eligen como representantes a quien roba, maltrata y restringe la libertad, a cambio de que le ofrezca un manto bastante dudoso de seguridad y, por supuesto, mantenga vivo el ardor patriótico de la eterna victoria.

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