DEFENSOR DEL LECTOR
Tribuna
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Entre los derechos de Esther López y los de los lectores

Publicar datos de la vida privada de la víctima resulta más discutible si se reiteran una y otra vez

Amigos y familiares de Esther López, ante los juzgados de Valladolid el 25 de abril.
Amigos y familiares de Esther López, ante los juzgados de Valladolid el 25 de abril.NACHO GALLEGO (EFE)

Los periódicos dirimen diariamente colisiones entre el derecho a la información y otros igualmente fundamentales: a la intimidad, la imagen, el honor, el secreto de las comunicaciones, la vida privada… Las fronteras aparecen difusas y los medios deben sopesar cada caso. Acaba de ocurrir con la muerte violenta de Esther López en Traspinedo (1.100 habitantes, Valladolid) tras ser atropellada por un vehículo y no recibir auxilio. ¿Había que contar que la mujer había consumido altas dosis de alcohol y cocaína? La mayoría de los lectores que han opinado sostienen que no.

López, de 35 años, desapareció en la gélida noche del 12 al 13 de enero. Las batidas para encontrarla resultaron infructuosas, pero tres semanas después su cuerpo fue hallado cerca del pueblo, en una cuneta bien visible.

La cobertura periodística del suceso dio un vuelco el 21 de abril al conocerse la autopsia. Sostiene que Esther López fue atropellada de forma “accidental u homicida” y que las heridas internas que sufrió no eran mortales, pero que después sufrió un “shock multifuncional”. La causa de la muerte, concluye, fue un politraumatismo “asociado” a hipotermia y consumo de alcohol y cocaína.

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Resulta discutible la publicación de ese último dato. ¿Era relevante? Sí para los investigadores, para la familia, ¿pero también para los lectores, para los vecinos del pueblo?

El Libro de Estilo incluye referencias aplicables al caso. Señala que “las informaciones que afecten al honor y la intimidad de las personas” solo se publicarán “si responden al interés público, especialmente si sus protagonistas no tienen relevancia pública”.

Interés, curiosidad, existía, aunque debe distinguirse entre lo que interesa y lo que importa, y lo que importa es quién atropelló a la mujer y por qué no fue auxiliada. Lo resumía el periódico el 23 de abril: “La autopsia de Esther López ya ha aclarado cuándo y de qué murió. Pero no dónde, cómo, por qué. Y sobre todo, quién fue el responsable”. Por otro lado, obviamente la mujer no tenía relevancia pública.

El Libro de Estilo, esta vez en el capítulo dedicado a Violencia Machista, recuerda que el protagonismo corresponde al autor del crimen, no a la víctima. “Se debe evitar la sobreexposición de la víctima. No se informará sobre su intimidad ni sobre actos que habrían pasado inadvertidos de no producirse la agresión”.

Las dudas se acrecientan al ver la reiterada reproducción del dato. EL PAÍS lo difundió el 21 de abril y, desde ese día, se ha mencionado de una u otra manera en 12 ocasiones, una de ellas con las cantidades exactas de tóxicos en el cuerpo.

Algún lector lo justifica. Juan Soler alude a la supuesta carga moral implícita: “Puede hacer reflexionar a muchos sobre el peligro del consumo de esas sustancias”. Y Severiano Delgado destaca que sirvió para descartar falsas tesis previas: “Todo el mundo dio por hecho que la mujer había muerto por una agresión sexual que ahora se ha visto que no existió”.

Las opiniones en contra saltaron de inmediato. Dolores Gauna se declaró “atónita”. “¿Se han parado a pensar en el respeto que deben (a la víctima) y el sufrimiento añadido para su familia?” Ferrán Barrachina insistió: “Son asuntos íntimos que solo competen al juez, a los abogados, a su familia”. O Carmen Hernández: “Los pormenores íntimos deben quedar para la familia”. Y Raúl Martínez: “Este pormenorizado periodismo forense y en bucle entra en una forma de sensacionalismo cuya utilidad pública no se justifica”.

Hugo Aznar Gómez, profesor de Ética de la Comunicación en la Universidad Cardenal Herrera, de Valencia, ve “lógicas” las referencias a esos aspectos privados que influyeron en la muerte, pero también cree que destacarlos y reiterarlos continuamente entra ya en el campo morboso del suceso “y hasta en la culpabilización de la víctima”.

Los dos firmantes de las informaciones consideran que publicar esos “controvertidos” detalles “era importante, relevante y pertinente”, porque influyeron en el shock multifuncional que causó la muerte de la mujer. Y añaden un ángulo de interés: esos datos “personales y desagradables” también revelan la actitud del presunto culpable del atropello: “¿Dejarías tirado en una cuneta a un amigo o amiga en ese estado, de madrugada, a cinco bajo cero?”.

En ese pulso entre derechos, EL PAÍS primó esta vez el de la información sobre el respeto a la vida privada. Discutible. Al menos hasta que se sepa qué ocurrió exactamente aquella noche, quién atropelló a Esther López y por qué no la auxilió. Hasta entonces, difundir una y otra vez esos datos íntimos contribuye a una indeseada sobreexposición de la víctima. Las fronteras son difusas. Ante la duda, prudencia.

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Sobre la firma

Carlos Yárnoz

Es Defensor del Lector, llegó a EL PAÍS en 1983 y ha sido jefe de Política, subdirector o corresponsal en Bruselas y París. El periodismo y Europa son sus prioridades. Como es periodista, siempre ha defendido a los lectores. Ahora, oficialmente.

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