Columna
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Un modelo de capitalismo y montañas de chatarra

El caso de Celsa, al filo del abismo, lo tiene todo como paradigma de una forma de globalización

Trabajadores de una fábrica del grupo Celsa protestan contra los acreedores en Santander, el pasado día 10.
Trabajadores de una fábrica del grupo Celsa protestan contra los acreedores en Santander, el pasado día 10.Pablo Ayerbe (EFE)

Los fondos, los bancos y el regulador. Las dinámicas del capitalismo especulador. Las proclamas reiteradas sobre la necesaria reindustrialización de Europa. La actuación del Estado para preservar empresas estratégicas. El reciclaje como vector clave de la nueva economía. La dimensión de las empresas españolas y el reto de su internacionalización. Ahora la factura desbocada del precio de la energía que amenaza factorías de todo el país. El futuro de miles de trabajadores entre un horizonte de nuevas y viejas crisis. Una maraña de créditos. Y chatarra. Montañas de chatarra explotadas en una mina urbana que podría servir de escenario para una ficción postapocalíptica. El caso de Celsa, al filo del abismo, lo tiene todo como paradigma de un modelo de globalización. Ahora, otra vez, la propiedad de la familia Rubiralta está en riesgo y con ella la viabilidad de uno de nuestros pilares industriales.

¿Quién no se ha movilizado? Obreros y sindicatos, la patronal, consejeros y presidentes autonómicos, ministros e incluso el teléfono rojo del palacio de La Moncloa desde donde se teclea un número. Suena el teléfono de Christian Sewing y el presidente del Deutsche Bank descuelga. Al otro lado Pedro Sánchez. El presidente le pide un esfuerzo para avanzar en las negociaciones con la siderúrgica porque el acuerdo entre la empresa y los acreedores es condición necesaria para que la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales pueda inyectar 550 millones en la empresa a través del Fondo de Solvencia de Empresas Estratégicas. Se convertirá en el mayor rescate por la pandemia aprobado por el Gobierno. El Consejo de Ministros está preparado para dar luz verde a la ayuda. Pero debe ser antes del 30 de junio. Tictac.

Alrededor de la factoría de Castellbisbal, montañas de chatarra. No una ni dos. Cordilleras de chatarra local, pero incluso importada. Ha llegado en barcos, llega en trenes especiales. Quemará, se fundirá, se transforma pero no desaparece, prácticamente toda se aprovechará en esta mina cuya materia primera es el desperdicio de una manera de vivir. Lo veo. Me visto como expedicionario cuya misión es descubrir el corazón de una industria dura, de las que manchan y siempre imaginamos lejos, pero está a pocos quilómetros de casa. Botas, guantes, una mascarilla que como poco debe ser FPP200 y casco. Auriculares para que el ruido no reviente los tímpanos. A cada paso noto como me caen los pantalones naranjas. A conjunto la chaqueta naranja con franjas azul marino. En la sala de operaciones, protegida por un cristal reforzado, un técnico cualificado activa el mecanismo: toneladas de chatarra entran en un horno gigante, empieza la combustión, llamas y estallidos, incluso retumba el altillo y al cabo de veinte minutos sale un líquido incandescente que luego será pulido para reconvertirlo en vigas que se distribuyen por medio mundo con una etiqueta de calidad: acero verde.

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No se puede negar la experiencia de los directivos de Celsa para refinanciar su deuda. A múltiples niveles. Una de las últimas operaciones fue en 2017, implicó a 20 entidades financieras y entonces ganaron un lustro para encauzar la situación. Pero el regulador no lo veía claro y forzó a los bancos a vender deuda para sanear su balance. Los bancos, incluidos Caixabank o el Santander, tienen poco tiempo para negociar. Los “fondos oportunistas” —seamos políticamente correctos— husmean la situación crítica. Compran con un gran descuento —podría ser del 80%— y, atendiendo a su naturaleza especulativa, más que la productividad a medio plazo de la empresa, esperan obtener la máxima rentabilidad a corto y nada más. Desde fuera o, si debe ser desde dentro, situándose en el centro de mando para forzar la venta.

Nada que deba sorprender. No nos hagamos trampas. Nada que no explique la globalización donde vivíamos. Hasta que la covid nos mostró vulnerabilidades estructurales. Llamémosle soberanía industrial. Llamémosle estado emprendedor. Ahora el dinero público apuesta por entrar en la aritmética al considerar que debe protegerse una empresa estratégica. Veremos si la llamada de La Moncloa altera las reglas de juego para todos.

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Sobre la firma

Jordi Amat

Filólogo y escritor. Ha estudiado la reconstrucción de la cultura democrática catalana y española. Sus últimos libros son la novela 'El hijo del chófer' y la biografía 'Vencer el miedo. Vida de Gabriel Ferrater' (Tusquets). Ejerce la crítica literaria en 'Babelia' y coordina 'Quadern', el suplemento cultural de la edición catalana de EL PAÍS.

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