CUMBRE OTAN EN MADRID
Tribuna
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La era de la posguerra fría ha terminado

Los europeos hemos vivido en la ilusión de una paz perpetua. Ahora nos vemos obligados a despertar y a encontrarnos que no estamos preparados para la amenaza directa que representa Rusia

Un F-16 estadounidense despega de la base aérea de Spangdahlem, en Alemania, el pasado 11 de febrero, para dirigirse a Rumania, según información facilitada por el Departamento de Defensa de EE UU.
Un F-16 estadounidense despega de la base aérea de Spangdahlem, en Alemania, el pasado 11 de febrero, para dirigirse a Rumania, según información facilitada por el Departamento de Defensa de EE UU.MAESON L. ELLEMAN (AFP)

Como resultado de la creciente agresividad de Rusia, la disuasión de la OTAN ha aumentado gradualmente hasta llegar a los actuales 40.000 efectivos en alerta máxima. 40.000 soldados son una disuasión eficaz, pero no una defensa real donde se necesita. Rusia había movilizado a más de 200.000 personas en sus fronteras occidentales antes de lanzar su invasión de Ucrania. La cumbre de la OTAN no podía dejar de tomar nota de que la guerra está ahí y que es probable que continúe. Mientras Vladímir Putin siga en el poder, es imposible imaginar una paz real. Por eso la postura militar está cambiando: sería irresponsable no hacerlo. Serán, así, 300.000 los soldados de la OTAN que estarán en alerta máxima para responder a un posible contagio al resto del continente de la guerra en curso en Ucrania. Estados Unidos, en particular, ha respondido positivamente a las peticiones de sus aliados de Europa del Este, con una base permanente en Polonia y 5.000 efectivos adicionales en Rumania.

La cumbre de la Alianza también marca un punto de inflexión porque enmarca la guerra en Ucrania como parte de un desafío más amplio que implica a China. El nuevo Concepto Estratégico no retrata abiertamente un mundo dividido entre democracias y autocracias, pero es claro al definir a Pekín como un desafío sistémico no solo para nuestros intereses, sino también para nuestros valores. En realidad, si Estados Unidos no viera el choque con Moscú como algo vinculado al antagonismo con China, no gastaría tanto dinero en una potencia, Rusia, tan peligrosa como en claro declive.

Por último, la cumbre de Madrid ha supuesto la invitación formal de la Alianza Atlántica a Finlandia y Suecia. El nudo del veto de Turquía se disolvió con un memorando de entendimiento entre Suecia, Finlandia y Turquía, y la luz verde de Joe Biden a la venta de cazas F-16 a Ankara. La ratificación de la adhesión por parte de los 30 Estados miembros de la OTAN no será inmediata, y cabe esperar que Ankara siga generando problemas a medida que se acercan las elecciones presidenciales del próximo año, cuyo resultado no es nada seguro. Ya ayer, tras el acuerdo firmado con Suecia y Finlandia, Recep Tayyip Erdogan subió la apuesta exigiendo la extradición de 33 miembros del PKK. Dicho esto, la ampliación de la Alianza es una cuestión de cuándo, no de sí misma; otro signo de reconocimiento dramático de la Zeitenwende (cambio de época) que estamos viviendo.

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La época en la que vivíamos era cómoda, sin duda: una época marcada por la paz y la prosperidad, pero también por una buena dosis de hipocresía y conveniencia, ya que nos obstinábamos en no ver que algo importante estaba cambiando en Moscú. Algunos todavía lo hacen, señalando con el dedo la expansión de la OTAN o los derechos de las minorías de habla rusa en el este de Ucrania (las primeras víctimas de la guerra criminal del Kremlin). Sin embargo, Putin habla ahora abiertamente del verdadero objetivo de esta guerra: la restauración del territorio “histórico” de Rusia. Está claro que ese proyecto no se detiene voluntariamente en Donbás. Inevitablemente, la Alianza Atlántica, que gira en torno a la defensa colectiva e incluye e incluirá a países que son presas potenciales de Putin, debe asumir esta nueva realidad.

Los europeos hemos vivido en la ilusión de una paz perpetua. Ahora nos vemos obligados a despertar y a encontrarnos que no estamos preparados. La verdad es que sin Estados Unidos, Europa no podría defenderse hoy. Por supuesto, este ha sido el caso durante décadas, pero mientras existió la ilusión de que la agresión en Europa era solo hipotética, escondimos la cabeza bajo el ala. Hoy que hemos despertado, no podemos sino considerarnos afortunados de formar parte de una Alianza dispuesta a protegernos. Hoy. Pero el día de mañana no está lejos, y Estados Unidos es un país cada vez más polarizado, atravesado por una grieta aún más profunda por la debacle constitucional sobre el derecho al aborto. Un escenario en el que Putin sea presidente de Rusia y Donald Trump (o sus afines) inquilino de la Casa Blanca no es un cisne negro, sino un supuesto rinoceronte gris. Llevamos un enorme retraso, pero eso no significa que podamos eludir lo que hay que hacer en materia de defensa europea, siendo plenamente conscientes de que su construcción conlleva gastos, compromisos y riesgos. ¿Por dónde empezar? El caso más urgente es el del grano bloqueado en el puerto de Odesa: una asunción europea de la responsabilidad y el riesgo de una operación naval humanitaria para garantizar la exportación de grano desde el puerto de Odesa sería la señal más fuerte y concreta de que por fin hemos despertado.

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