DEFENSOR DEL LECTOR
Tribuna
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En la calle circulan rumores

Las noticias que no están basadas en fuentes claras resultan poco creíbles para los lectores

Manifestación del pasado 19 de junio en Túnez contra el presidente Kais Saied.
Manifestación del pasado 19 de junio en Túnez contra el presidente Kais Saied.MOHAMED MESSARA (EFE)

Al igual que un periodista vale lo que valen sus fuentes, la credibilidad de una información se relaciona directamente con las fuentes que se citan y cómo se citan. Por eso, las noticias basadas en procedencias genéricas o que no mencionan ninguna resultan poco o nada creíbles, con independencia de que los hechos descritos sean ciertos o no. Los lectores nos echan en cara esas carencias, que erosionan el principal patrimonio de los medios de comunicación: su credibilidad.

La cuestión cobra relevancia cuando disminuye la confianza en los medios, como señala del último Reuters Institute Digital News Report hecho en 46 países. En España, esa confianza ha descendido en un año cuatro puntos (del 36% al 32%), muy lejos de Finlandia (69%) o Portugal (61%). La confianza en EL PAÍS (42%) supera en diez puntos la media nacional, pero hay que mantener la guardia alta.

Una clave para hacerlo se describe en el capítulo del Libro de estilo sobre las fuentes informativas. Se resume en tres principios. 1. Las informaciones de un periodista solo pueden ser obtenidas por su presencia en el lugar de los hechos, la narración por una tercera persona o el manejo de un documento, pero el lector tiene derecho a conocer cuál de esas posibilidades se corresponde con la noticia. 2. Los rumores no son noticia. Y 3. Es inmoral apropiarse de noticias de paternidad ajena.

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Reglas claras, pero incumplidas a veces, como en estas antiperiodísticas palabras: “En la calle circulan rumores de que el Estado (Túnez) solo tiene fondos para pagar los salarios de los funcionarios el próximo mes y se podría declarar en bancarrota” (7 de junio). El lector Javier Muñoz se incomodó: “Pues si lo dice la calle… No nos parece propio de periódicos como EL PAÍS”. O esta otra: “…en los mentideros británicos se repite el comentario de que cada vez que Johnson se ve agobiado por asuntos internos, recurre a Zelenski” (18 de junio).

Si esas fórmulas no dan confianza al lector, ocurre lo mismo con cada afirmación detrás de “habría”, “estaría”, “podría”, porque transmiten incertidumbre o desconocimiento, lo opuesto al periodismo riguroso, como en estos recientes casos: “…los gastos (de una fiesta) habrían sido cubiertos por la farmacéutica Pfizer” (17 de junio); “el músico (Cecilio G.) se habría bajado los pantalones y masturbado delante de una chica” (día 18); “…Luis Carlos (hijo el candidato colombiano Rodolfo Hernández) habría pactado una millonaria comisión…” (18); “la dirección habría otorgado...” (28); “…habría dicho el republicano” (29).

Esos condicionales sobre hechos pasados están “terminantemente prohibidos” por el Libro de estilo porque restan crédito a las informaciones. En general, el condicional es poco asertivo y por eso se aconseja usarlo con prudencia. Aun así, en un texto del día 6 de junio había 20.

Desconfianza también la que transmiten aseveraciones basadas en fuentes genéricas o fórmulas de fácil recurso (“según observadores”, por ejemplo) para esconder opiniones no atribuidas a nadie y, por tanto, carentes de valor.

Este último mes se han publicado datos sobre cimientos tan inestables como “hay voces que defienden…” (6 de junio), “algunos achacan su carácter reservado a…”, (11), “en algunos ámbitos del PP…” (el mismo día), “los observadores coinciden…” (21), “según han trasladado a EL PAÍS fuentes cercanas” (28) , “algunos medios…” (28), “un observador internacional…” (28), “fuentes españolas…” (30), “algunos analistas opinan…” (1 de julio).

Aún más preocupante resulta la presencia de informaciones sin fuente alguna, con detalles copiados de agencias u otros medios sin citarlos. A veces, con frases entrecomilladas, declaraciones o anécdotas sin respetar el derecho del lector a saber de dónde proceden.

La lectora Asun Sagredo escribió hace tiempo para quejarse de un texto sobre la estancia en Ibiza de Elsa Pataky y su pareja. Se precisaba qué restaurantes visitaron, con quiénes se vieron o con qué amigos coincidieron, pero sin citar fuente al respecto. “De dónde salen esas noticias? ¿Hace la periodista el viaje con la familia Pataky?”, se preguntaba la lectora.

Otras veces, el periódico ha publicado noticias ocurridas a cientos o miles de kilómetros de los lugares en los que están datadas sin mencionar su procedencia. Datadas en Madrid, pero sin saber de dónde salen, hay piezas con detalles sobre la vida de empresarios extranjeros, personajes de familias reales o declaraciones entrecomilladas de mandatarios extranjeros hechas en sus países.

“Es inmoral apropiarse de noticias de autoría ajena”. Está en juego la credibilidad, la fiabilidad, la confianza. O sea, lo más sagrado.

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Sobre la firma

Carlos Yárnoz

Es Defensor del Lector, llegó a EL PAÍS en 1983 y ha sido jefe de Política, subdirector o corresponsal en Bruselas y París. El periodismo y Europa son sus prioridades. Como es periodista, siempre ha defendido a los lectores. Ahora, oficialmente.

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