Columna
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Acusación en el espejo

En estos juegos de imágenes se fraguan los genocidios. Porque Rusia se cree en peligro, hay que destruir a Ucrania

El mercado central de Sloviansk (Ucrania), destruido por los atques rusos.
El mercado central de Sloviansk (Ucrania), destruido por los atques rusos.MIGUEL MEDINA (AFP)

Se asoma al espejo como si fuera una ventana que se abriera sobre el rostro de su enemigo. A quien quiere destruir le endosa la culpa del horror que la visión le sugiere, que es suya por entero. Con este doble y perverso instrumento justifica sus atrocidades y las atribuye a la víctima que va a sufrirlas.

En estos juegos de imágenes se fraguan los genocidios. Son del calibre de la guerra preventiva, que pretende anticiparse a un horror hipotético y futuro mediante el horror cierto y presente, juzgar y castigar intenciones ajenas con los actos criminales e impunes propios.

Porque Rusia se cree en peligro, hay que destruir a Ucrania. Para evitar un genocidio imaginado de la comunidad rusófona, hay que asesinar en masa a los ucranios y arrasar con la nación entera. Con el corolario de echar también las culpas a quien auxilia a la víctima, convertido en responsable de prolongar la agresión y el sufrimiento.

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En este espejo oscuro brillan los mitos y las palabras. El déspota sanguinario, nutrido de ideología nacionalista e imperial, se erige en heroico perseguidor de nazis y banderistas, la denominación peyorativa para el nacionalismo ucranio. Con la causa sacralizada del antifascismo como monopolio de Rusia, heredada entera del legado estalinista.

Por haber vencido al fascismo, cuantos se opongan a sus arcangélicas atrocidades serán unos fascistas. Como los trotskistas en la guerra de España, ahora los ucranios. La Rusia de Putin se define así como una nación eterna que combate al nazismo eterno, y lo que es más grave, la única nación a la que los nazis combaten.

La acusación en el espejo opone fascismo y antifascismo como si fueran púgiles de un combate mitológico e inmutable. No hay mejor defensa para el despotismo putinista. Ahora como en la época soviética, sigue deslumbrando a ciertas izquierdas henchidas de superioridad moral y siempre dispuestas a encontrar simetrías argumentativas para mantener su pureza.

Son antifascistas de salón, cazanazis de tertulia, afectados de una indulgencia hemipléjica hacia quienes conservan reminiscencias del lenguaje revolucionario y de la gesticulación izquierdista, aunque sean todo lo contrario, como Putin y su régimen de ultraderecha, el más violento y autoritario del siglo XXI, síntesis y combinación de lo peor del capitalismo y de los totalitarismos, el fascista y el comunista.

Las acusaciones en el espejo vienen de lejos y han pasado a los manuales de propaganda, recomendadas incluso como técnicas por los genocidas, desde Goebbels hasta los dirigentes hutus. En ellas se leen las intenciones criminales. Detectarlas no es tan solo una cuestión de comprensión de los mecanismos de la agresión, sino que interesa también cuando se trata de fundamentar la acusación ante los tribunales.

Si algo caracteriza al crimen de crímenes es la intención explícita de exterminar a un pueblo o colectividad como tal, declarada culpable por el mero hecho de existir, de ser lo que es.

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Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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