de mar a mar
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Columbia descubre América

Encabezada por Stiglitz, impera una izquierda económica postbolivariana, que gestiona los planes de Colombia y Chile y que acaba de frustrarse en la Argentina. ¿Una guía para Lula?

El premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz, en Madrid, en 2019.
El premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz, en Madrid, en 2019.EFE

Columbia, la prestigiosa universidad del norte de Manhattan, está cumpliendo con el mandato de su nombre. Está descubriendo América. Un entramado de economistas ligados a esa casa de estudios se ha vuelto protagónico en la vida pública de la región en esta etapa de la historia. El sol de ese sistema es el premio Nobel Joseph Stiglitz. Las vinculaciones se extienden hasta la Secretaría del Tesoro de los Estados Unidos y, cruzando el Atlántico, llegan a la Santa Sede, en Roma.

El más destacado de los economistas latinoamericanos que integran esa red es el más observado: José Antonio Ocampo, designado ministro de Hacienda por Gustavo Petro en Colombia. Ocampo vuelve al cargo que ocupó durante la presidencia de Ernesto Samper, exsecretario y, si se quiere, sepulturero de la Unasur, entidad que en los tiempos más activos del bolivarianismo quiso reemplazar a la OEA. O constituir una OEA rebautizada, en la que la expulsión no caiga sobre Cuba sino sobre los Estados Unidos.

Ocampo tiene varias biografías. La de funcionario colombiano lo llevó también al Ministerio de Agricultura en la presidencia de César Gaviria. Se prolongó luego en organismos internacionales: fue secretario general de la CEPAL y, más tarde, secretario adjunto de la ONU para cuestiones sociales y económicas. Ha desarrollado también una brillante carrera académica. Formado en Estados Unidos, en la Universidad de Notre Dame y en Yale, Ocampo es profesor en la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de Columbia. Pero quizá más importante para su inserción en los circuitos de poder es que, en la misma casa, se desempeña como copresidente de la Iniciativa para el Diálogo Político (IPD, por su denominación en inglés). El otro copresidente es Stiglitz.

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Si se pone la lupa en esa institución se advierten detalles que iluminan muy bien la escena regional. La directora del programa de Planeamiento Financiero es Stephany Griffith-Jones, venida al mundo, en Praga, como Stepanka Novy Kafka. Esta sobrina nieta de Franz Kafka pasó casi toda su vida en Chile. Acompañó a Gabriel Boric en su marcha hacia el poder, razón por la cual Sebastián Piñera la postuló, antes de irse de La Moneda, como consejera del Banco Central. Allí Griffith-Jones convive con Rosanna Costa Costa, la primera mujer en presidir ese Banco. Costa Costa también fue postulada por Piñera cuando el anterior titular de la entidad, Mario Marcel, fue convocado por Boric para convertirse en Ministro de Hacienda de Chile.

Al mismo staff de la IPD pertenece Martín Guzmán. Es el director del Programa de Reestructuración de Deuda. Hace nueve días Guzmán renunció a su cargo de ministro de Economía de la Argentina. La ironía es que uno de los factores principales de su salida ha sido una crisis de deuda. Stiglitz fue, con declaraciones y artículos académicos, el padrino internacional de la gestión de Guzmán.

Como suele suceder, estos profesionales que conviven en un mismo ámbito institucional y académico, están relacionados también por la bibliografía. Stiglitz y Ocampo publicaron juntos varios libros. Uno es Stability with Growth: Macroeconomics, Liberalization and Development. En ese trabajo aparece también la pluma de Ricardo Ffrench-Davis, un chileno que es interlocutor habitual de Boric y que, por eso, dio lugar a especulaciones sobre una candidatura a ministro de Hacienda de su país.

Stiglitz y Ocampo escribieron también Time for a Visible Hand: Lessons from the 2008 World Financial Crisis. Aquí aparece de nuevo Chile, porque Griffith-Jones es coautora del libro. Este club académico es más numeroso. Stiglitz obtuvo el Premio Nobel junto a George Akerlof, el esposo de la actual secretaria del Tesoro de los Estados Unidos, Janet Yellen.

Las conexiones entre ellos llegan hasta el Vaticano. Benedicto XVI designó a Stiglitz miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias. El año pasado el argentino Jorge Bergoglio, Francisco, incorporó a esa misma institución a su compatriota Guzmán. En una disertación en aquella Academia durante el pico de la crisis bancaria de 2008, Stiglitz sedujo al obispo Marcelo Sánchez Sorondo, canciller de la institución, con esta frase: “Los banqueros transgredieron no uno, sino dos mandamientos: mintieron y robaron”. La fobia de Bergoglio a la versión más liberal del capitalismo, la que rige al negocio financiero, explica bien su fascinación por intelectuales como Stiglitz.

Si se recorren los títulos de la bibliografía de estos profesores aparece clarísima su orientación. Debe haber una mano “visible”, la del Estado, que corrija las imperfecciones de la mano “invisible” del mercado, que entusiasmaba a Adam Smith. Más todavía: el mercado solo puede cumplir con sus promesas de eficiencia en un marco de regulaciones claras gestionadas por el sector público. Este es el núcleo de la teoría del desarrollo a la que dedican sus esfuerzos estos investigadores liderados por Stiglitz. Un artículo del colombiano Ocampo y la chilena adoptiva Griffith-Jones expresa bien esta perspectiva: Por qué el mundo necesita bancos nacionales de desarrollo. Lo publicaron en Project Syndicate en mayo de 2019.

La proyección de estas ideas sobre la política latinoamericana enfrenta grandes desafíos. Estos economistas se ubican a sí mismos en un campo distinto del bolivariano, que imperó a comienzos de siglo, bajo el reinado de Chávez, Kirchner, Correa o Evo Morales. No son populistas, es decir, no profesan la creencia de que la sociedad debe ser organizada desde el Estado, obedeciendo a la tutela iluminada del caudillo. Pero creen que no hay desarrollo sin intervención del sector público. No son estatistas, pero son intervencionistas. Esta posición inspira su militancia, más o menos estridente, contra los planes de ajuste elaborados por el Fondo Monetario Internacional.

La corriente que levanta estas consignas es denominada, como explicó Ocampo en la excelente entrevista con Juan Diego Quesada para EL PAÍS, neoestructuralismo. Tiene exponentes en Europa, como la italiana Mariana Mazzucato, que enseña en Londres, o Thomas Piketty, que lo hace en París. Todos ellos saludaron con un documento la llegada de Boric a la presidencia de Chile y bendijeron su programa.

El problema más complejo es el peso que se asigna al equilibrio de las cuentas públicas en la ecuación general de una política económica. Es una incógnita conceptual, que se vuelve urgente por el momento histórico. A Petro, en Colombia, y a Boric, en Chile, les toca gobernar durante un período anticíclico. La bonanza que se inició a partir de 2002, asociada a la expansión asiática que impulsó hacia arriba el precio de las materias primas, terminó en algún momento del año 2013. Desde entonces el dilema más acuciante de la región consiste en mantener los niveles de bienestar de aquella ola de prosperidad, sin contar con los recursos derivados de las exportaciones. La pandemia, el ataque de Rusia a Ucrania y la política antiinflacionaria de la Reserva Federal de los Estados Unidos, que ajusta la tasa de interés, ensombrecen más el panorama.

¿Se puede prescindir del equilibrio fiscal? Boric repite que no. Que la salud de las cuentas del Estado no puede ser una bandera regalada a la derecha. Petro intenta demostrar que piensa lo mismo. ¿Cómo alcanzar ese equilibrio sin degradar las prestaciones del Estado? Boric y Petro dan la misma respuesta: hay que subir los impuestos.

En Chile esa estrategia desata controversias. En Colombia instala uno de los grandes interrogantes sobre la suerte de Petro: ¿qué grado de tolerancia tendrá la burguesía colombiana al avance del Estado no solo sobre sus ganancias sino, también, sobre su patrimonio? Ocampo ya advirtió que pretende rebalancear el impuesto a los réditos de las sociedades, demasiado alto, con el de las personas, demasiado bajo. Y crear un tributo sobre la riqueza. Un propósito muy desafiante en una sociedad en la que los ricos, por razones no fiscales sino de seguridad, se han acostumbrado a defender sus propiedades con las armas. El ministro se ha fijado una barrera más exigente: prometió mostrar resultados en un año porque, pasado ese lapso, se retira.

La semana pasada Boric presentó su propia reforma tributaria, que incluye también un impuesto a las grandes fortunas de Chile. Además de un avance del fisco sobre la minería, que es la actividad más importante del país.

La región asiste a un experimento distinto del que se conoció a comienzos de la década pasada. Carente de los recursos de una expansión pocas veces vista, debe prestar atención al factor fiscal. Pero el ajuste no se piensa como un recorte de gastos sino, antes que nada, como un aumento de los ingresos. Es la manera de estos liberales de izquierda, o socialdemócratas, como se definió Ocampo ante Quesada, piensan armonizar la corrección macroeconómica con los compromisos electorales.

Va a ser muy importante saber cómo les va. Porque en poco tiempo se dará vuelta la baraja brasileña y se sabrá si, como dicen las encuestas, gana Lula da Silva. Él tendrá que lidiar con las mismas paradojas.

Para todos está la lección de uno de los propios: el argentino Guzmán. Vapuleado por una tormenta política que agita al peronismo, no pudo cumplir con su programa. El experto en reestructuraciones de la IPD hizo su propia reestructuración el año pasado, pero en estos días el índice de riesgo-país superó los 2700 puntos, como si estuviera por volver al default.

Nada que sorprenda. Es la brecha entre la teoría que se piensa en los gabinetes y la aspereza de la política, entre el PowerPoint y la calle. Le pasó también a Colón. Su principal talento fue disolver los motines de su primera navegación, desatados cuando la travesía se prolongaba mucho más de lo que habían prometido sus mapas imperfectos.

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