Columna
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El don de la curiosidad

Cuando las mismas soluciones violentas de hace cuatro mil años llenan la agenda de nuestros líderes, resulta más necesario que nunca que nos lleguen las voces de afuera

Manifestantes protestan contra las muertes de inmigrantes en Melilla en la plaza de Callao en Madrid el 1 de julio.
Manifestantes protestan contra las muertes de inmigrantes en Melilla en la plaza de Callao en Madrid el 1 de julio.Andrea Comas

Una de las más llamativas consecuencias de la aceleración del tiempo en nuestra era es la precipitación de los lutos. Disfrutamos de una esperanza de vida más larga que la de nuestros predecesores, pero no por ello han descendido las angustias, el estrés y el sentido de la futilidad de la existencia, más bien al contrario. En el caso del luto, lejana queda aquella simbología que se alargaba durante meses, por la cual todo el mundo conocía las casas donde se había vivido una pérdida. Ahora, incluso el miedo al agujero negro recomienda retomar la actividad al día siguiente de la tragedia. Un poco al modo en que nuestra barbarie laboral exige a una madre reincorporarse a la oficina dos días después de perder a un hijo. Por extensión hemos desplazado el luto íntimo a una esfera insensible, como si la tristeza fuera una enfermedad, en lugar de un estado de ánimo necesario y que al atravesarlo con rigor y entereza nos hace más fuertes y, sobre todo, más sólidos. Pero pelear contra la sociedad en que nos ha tocado vivir es ingrato. No va a ser largo y significativo el luto que el mundo teatral va a guardar por Peter Brook. Pese a ser uno de sus más elevados representantes, hay que llenar las butacas esta noche y ahí no caben sentimentalismos. Sin embargo, el director británico, afincado durante años en un París de acogida cultural, merecería un recordatorio significativo.

En especial es muy destacable que alguien como Brook, pese a estar instalado en la industria teatral de manera conveniente, se inclinara alcanzada una edad por reflejar las leyendas y fábulas de otros lugares. A finales de los años sesenta comenzó a incorporar actores de lejanas nacionalidades y en particular a viajar por el mundo tratando de ampliar los límites del teatro no ya fuera de la sala, sino fuera de Occidente. De este modo, África, India y Persia se convirtieron en protagonistas de algunos de sus montajes más memorables, de cuya dramaturgia se ocupaba en muchos casos Jean Claude Carrière, que terminó casado con la escritora iraní Nahal Tajadod. Itinerantes y cargados de revisiones de mitos locales, se fueron sucediendo títulos como Los ik, Mahabharatta, Tierno Bokar, La muerte de Krishna, La conferencia de los pájaros. En ellos una simple tela se transformaba en serpiente, fantasma y río sin solución de continuidad, acercando al espectador europeo de colmillo afilado a la sencillez sabia de los niños cuando escuchan los primeros cuentos de su vida.

Hoy, las vallas y las porras policiales son el recurso de último modelo para demostrar que el avance de la tecnología no significa el menor avance de nuestra inteligencia social. Cuando las mismas soluciones violentas de hace cuatro mil años llenan la agenda de nuestros líderes, resulta más necesario que nunca que nos lleguen las voces de afuera, las lejanas narraciones que nos demuestran que el arte y la poesía no es un patrimonio de nuestra tradición. Que el emigrante tiene una historia detrás y hay vida sensible más allá de nuestro ombligo y la versión del éxito que nos hemos autoimpuesto. Escuchar los cuentos que vienen de otra civilización nos acerca a ella, por más separación que nos quieran imponer. Brook fue un esforzado ingeniero de trasvases que gozamos en las mejores veladas teatrales. Por eso al morir él nos preguntamos, ¿dónde está el otro mundo?, ¿dónde está la otra cultura?, ¿dónde la curiosidad?

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