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Putin y el mar

Que la OTAN haya incluido el Flanco Sur en su Nuevo Concepto Estratégico en la cumbre de Madrid es un éxito para los aliados

Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, durante una rueda de prensa en la cumbre celebrada en Madrid.
Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, durante una rueda de prensa en la cumbre celebrada en Madrid.Claudio Álvarez

Los guardacostas italianos han seguido con preocupación las maniobras que la armada rusa ha desplegado en el Mediterráneo en el mes de junio. De hecho, ha habido movimientos preocupantes desde el momento en que Rusia lanzó su invasión de Ucrania, cuando los satélites de la Agencia Espacial Europea detectaron una extraña y compacta formación de su flota frente a las costas de Siria. Podrían querer dirigirse al mar Negro, pero el cierre turco al paso de barcos de guerra por los Dardanelos lo habría impedido. Más bien cabe pensar en ejercicios de demostración de fuerza con carácter disuasorio dirigidos a los aliados de la OTAN.

Desde su época imperial, Rusia siempre ha estado obsesionada con el Mediterráneo. Conseguir el acceso permanente a aguas calientes —con una inmensa costa norte congelada buena parte del año— y su conexión con el resto de los océanos, competir, entonces, en su propio terreno con el imperio otomano y proyectar su poder en todo el continente europeo han sido objetivos estratégicos a lo largo de su historia.

Putin, claro, no iba a ser menos en esa aspiración imperial. La guerra de Siria y su apoyo decidido a Bachar el Assad le ofrecieron una ocasión inigualable para reforzar su presencia y capacidad en el puerto de Tartús. También para recuperar, en 2013, el 5º Escuadrón Operativo, la formación de la armada rusa encargada de proyectar su poder en Oriente Medio y el Mediterráneo que había sido desmantelada en 1991.

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Según fuentes occidentales, desde que comenzó la guerra de Ucrania, Rusia podría haber duplicado o triplicado su capacidad naval en la zona, en número de destructores, fragatas y submarinos. Nadie, de momento, prevé una extensión del conflicto a las aguas del sur, pero en este juego de machos-alfa, mostrar quién tiene la flota más grande forma parte del manual. De momento, la de la OTAN es mucho mayor, pero la rusa ha acumulado en el Mediterráneo una capacidad destructiva, con una combinación de defensas aéreas y misiles de crucero, nada desdeñable.

Así pues, que la OTAN haya incluido el Flanco Sur en su Nuevo Concepto Estratégico en la cumbre de Madrid es un éxito para los aliados. Como si los desafíos de la región no fueran suficientes —terrorismo, tráfico de armas, drogas y personas, inestabilidad política, social económica…—, la creciente presencia de Rusia ha introducido una nueva dimensión. Y no se trata solo del mar. Su amplia penetración como proveedor de seguridad y energía en numerosos países africanos ha tenido su recompensa en los apoyos, en forma de abstención (Argelia, por ejemplo) o no votación (Marruecos), en las votaciones de la ONU contra la invasión de Ucrania. Allí ha encontrado terreno abonado para su narrativa anticolonialista y antioccidental, algo que la Vieja Europa y EE UU están teniendo problemas para contrarrestar. Una nueva retórica para una vieja aspiración imperial.

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