editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Uber frente al espejo

La retórica de la innovación digital no puede servir en ningún caso para ocultar las peores prácticas empresariales

Mark MacGann, el ex-ejecutivo de Uber que filtró más de 124,000 documentos al periódico británico The Guardian.
Mark MacGann, el ex-ejecutivo de Uber que filtró más de 124,000 documentos al periódico británico The Guardian.David Levene/The Guardian

Gracias a la filtración de un antiguo directivo, y con el esfuerzo del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, del que EL PAÍS es un medio colaborador, la opinión pública mundial ha tenido acceso a los denominados Uber Files, más de 124.000 documentos que recogen las comunicaciones, estrategias y contactos de esta multinacional estadounidense, especializada en ofrecer servicios de transporte de viajeros a través de una aplicación móvil. Aun sin conocer todo el alcance de los documentos, los archivos que han salido a la luz muestran un compendio de maniobras agresivas para instalarse en distintos lugares, tácticas ilícitas de presión sobre políticos y responsables públicos, compra de voluntades y opiniones, instrumentalización de la violencia que se produjo contra sus chóferes en las protestas de aquellos a quienes perjudicaban, fomento de rencillas entre ciudades y, finalmente, una estrategia dirigida a deslegitimar la posición de aquellos que más tenían que perder con su aparición, el sector del taxi.

Uber, que irrumpió en la última década como una de las start-ups con mayor influencia en la narrativa sobre el éxito de la economía digital nacida en Silicon Valley, se convierte ante el espejo de la opinión pública tras esta filtración como una empresa capaz de cualquier cosa con tal de ganar un hueco en el mercado, el suficiente para terminar haciendo inevitable una regulación que le permitiera seguir actuando y creciendo. Con una estrategia perfectamente delimitada, Uber se establecía en un país o en una ciudad sin el menor respeto por las regulaciones locales, al tiempo que presionaba a los poderes públicos para lograr una legislación adecuada a sus intereses. Con una creciente base de clientes conseguidos gracias a estas políticas agresivas, la presión de la opinión pública y, al parecer, parte de la opinión publicada, haría el resto.

Las prácticas de Uber, cuyas comunicaciones internas muestran abiertamente que en muchas ocasiones rayaban la ilegalidad, son un buen ejemplo sobre cómo, detrás de un relato anclado en las oportunidades que ofrece la digitalización y la innovación, anidaba el modelo más depredador de expansión empresarial, aquel que observa poco o ningún respeto por las legislaciones locales en materia de transporte o relaciones laborales, presiona sobre los gobiernos y las instituciones y busca destruir las razones de aquellos que, frente a esta expansión, defienden sus legítimos intereses.

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De poco sirve que la dirección de la firma haya encapsulado esas prácticas en el pasado, como si esa política de hechos consumados no tuviera que ver con el tamaño y presencia de los que actualmente goza la compañía. No será muy difícil delimitar cuánto ha contribuido ese comportamiento a la expansión de la empresa a escala mundial. Uber, además, va a tener que enfrentarse al riesgo de una multitud de litigios que derivan directamente de estas filtraciones. La disrupción digital escondía en este caso las viejas —y peores— costumbres del capitalismo más salvaje.


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